NAVIDAD 2003 - INFANCIA FRÁGIL
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Revista Mundo Negro
Nº 480 Diciembre 2003


NO HAY POSADA PARA ELLOS: NIÑOS DE LA CALLE

Alrededor de 90 millones de niños viven en la calle, según la Organización Internacional del Trabajo, y una tercera parte hacen de la calle su casa estable. Sobreviven sobre los basureros públicos, en estaciones de ferrocarril o bajo los puentes de las carreteras en la mayoría de las grandes ciudades del Tercer Mundo.

Están sobre todo en Manila, Nueva York, Sao Paulo, Lima y Beijing. En Calcuta son 300.000. En Londres duermen en las estaciones del ferrocarril. La historia de los gamines es idéntica en las cuatro esquinas del globo: niños que engrosan los suburbios de las grandes ciudades, privados de todo, incluso de estado civil, se ganan su derecho a la vida al precio de pequeños trabajos y de robos.
La alarma ha sonado también en África. Se ha comenzado a hablar de niños de la calle en Johannesburgo, Nairobi, Dakar y Kinshasa. En la capital congoleña se les llama “comediantes”, “rateros” “ratones”. En el periódico Elima se decía hace unos meses: “El tráfico de menores ha invadido Kinshasa. Aumenta sin cesar... Marruecos ha ignorado siempre a los niños de la calle y, sin embargo, están ahí, invisibles. En las calles de Casablanca durante el día se dedican a la mendicidad; por la noche, a la prostitución... En Yamena, capital de Chad, hay 3.000 niños de la calle, huérfanos o abandonados por sus padres, víctimas de la guerra o de la miseria del campo”.
En un estudio reciente, titulado The Street Children in Africa (Los niños de la calle en África), el P. A. Shorter y E. Onyancha aseguran que en Kenia el número de niños de la calle no deja de aumentar, a pesar de que hay 300 organizaciones que se ocupan de ellos en todo el país. En Kenia hay unos 150.000, de ellos 60.000 en Nairobi.
Los especialistas clasifican a los niños de la calle en tres grupos: de 5 a 13 años, de 14 a 18 y más de 18 años. Patrik Shanahan, un misionero que trabaja con los niños de la calle de Accra, capital de Ghana, distingue entre niños “en la calle”, niños “de la calle” y niños “por la calle”. Los primeros entran en casa al anochecer; los segundos, en ruptura con su familia, no pueden o no quieren volver; viven todo el tiempo en la calle y allí duermen por la noche. Las dos categorías pueden llegar a ser “niños por la calle”.
“Los niños de la calle –dice el P. Shorter– forman parte de la clase de gente de la calle. Hay adultos de todas las edades: ambulantes, mendigos, parados, chalados... Los niños comparten las calles con ellos. Para sobrevivir, imitan a los adultos. Como ellos, se arriesgan a veces a trifulcas con la policía y luchan entre ellos por el espacio.
Causas
Los expertos opinan que los niños no eligen ir a la calle. Son víctimas de hogares rotos. Para el P. Nzuzi Bibaki, jesuita y director del Centro de Reinserción de Niños de la Calle en Kinshasa, el niño de la calle es la punta del iceberg de todas las crisis y de las miserias de nuestra sociedad urbana. En los pueblos de África no hay niños de la calle (que se llamarían, en cualquier caso, “niños de los senderos”). En las metrópolis modernas ha desaparecido la solidaridad, los lazos fraternales, la hospitalidad.
De la misma opinión es Kevin Ward, asistente social de Suazilandia: “La sociedad va perdiendo sus valores tradicionales de una red familiar con vínculos muy fuertes”. Los peores maltratos provienen de los padres o de los tutores: se les pega, se les priva de alimentos, se les insulta y, en general, se les abandona a su suerte. Todo esto empuja a los niños a huir de casa y a delinquir para sobrevivir.
Según una encuesta realizada en Malaui, de 170 jóvenes encarcelados –según la ley malauita, un joven es una persona con menos de 18 años– sólo 56, en el momento de su detención, provenían de una familia con padres, 65 de familias monoparentales, 39 tenían tutores y 10 vivían solos.
Otra causa es la pobreza. “Tengo hambre, dame 25 francos”, dicen los niños de Brazzaville. “Tengo hambre, dame 5 francos”, los de Kinshasa. “Tengo hambre, dame 5 chelines”, los de Nairobi. La cantidad es más o menos la misma, pero siempre son niños de siete u ocho años los que tienden la mano a quienes pasan a su lado.
“La crisis económica debido a las turbulencias políticas –ha escrito Dieudonné Likambo Kwadje en su estudio El trabajo de los niños pobres de Kinshasa– es la base de la desintegración continua de la familia. Las familias modernas no pueden repartir sus magros ingresos con el resto de su familia”.
La pobreza es también la responsable de la vertiginosa caída del índice de escolarización, que en la República Democrática de Congo, por ejemplo, ha evolucionado como sigue: en 1977, la escolarización en primaria era de un 94,1 por ciento; pasó al 72,3 por ciento en 1992 y en 1995 era de un 56 por ciento en los niños y un 53 por ciento en las niñas. Estos datos los sumimistró Unicef en 1999, poco después de la guerra civil de 1998. Actualmente, los índices de escolarización son todavía peores.
Guerra, trabajo...
La pobreza a menudo es una consecuencia de la guerra. En Ruanda había 150.000 huérfanos en 1998 y se debatían por sobrevivir en hogares sin cabeza de familia. Tres de cada cuatro de estos hogares estaban dirigidos por niñas. Las calles de Freetown y de Monrovia han visto emigrar a los niños “sin familia”. Incluso se han encontrado niños etíopes en las calles de Conakry.
En el mundo hay alrededor de 250 millones de niños menores de 15 años obligados a trabajar; de ellos, 80 millones están en África. En 2002 el Gobierno marroquí informó que los niños trabajadores de menos de 15 años eran 538.000. La experiencia demuestra que el niño que trabaja a la fuerza es a menudo maltratado. Si rechaza los tratos inhumanos o humillantes que le infligen, termina generalmente por escaparse. En varios países del África musulmana, muchos niños escapan de la escuela coránica dirigida por morabitos que les obligan a prestar toda clase de servicios: mendigar por las calles y trabajar sus campos.
La pobreza alimenta, asimismo, las redes de la prostitución. Aunque ilegal en todos los países del mundo, la prostitución infantil es una industria que cada año asegura a los traficantes y organizaciones criminales el equivalente a 5.000 millones de dólares.
Siempre se ha dicho que la reinserción social de los niños de la calle es la solución ideal. El P. Nzuzi Mbaki hace una llamada a los valores de la solidaridad y hospitalidad: “Es preciso acudir a un miembro de la familia para recuperar al niño gracias a la solidaridad del clan”.
He aquí los resultados positivos obtenidos por dos organismos que trabajan en la capital congoleña a favor de los niños de la calle. La ORPER (fundada en 1982) cuenta con seis casas de acogida y dos centros de atención con dispensario. Cobija a 183 niños de la calle: 143 niños y 40 niñas. Van a la escuela o aprenden un oficio. En los últimos años, 65 niños y jóvenes han sido recolocados en familias. Entre los 40 educadores de la ORPER, hay cinco que son antiguos de la calle. Unos 120 niños de la Obra han obtenido su diploma de albañilería o carpintería. La ORPER acompaña también a 500 niños y 150 niñas que prefieren estar en la calle. Tienen a su disposición una oficina de atención: dos pozos de agua y dos dispensarios. La OSEPER (Obra de Seguimiento y Encuadramiento y de Protección de los Niños de la Calle), a cargo de la Congregación de Servidores de la Caridad, asegura un punto de aprovisionamiento de agua y de atención, cuidados médicos, alfabetización y alimentación a decenas de niños entre 4 y 15 años. En 2002 se reintegraron a sus familias 19 niños.
Para resolver el problema de los niños de la calle, sería mejor prevenirlo y evitar que nuevos niños lleguen a la calle. Pero, mientras tanto, es preciso salvar a los que ya son niños de la calle. Las numerosas experiencias, tanto en La Paz como en Manila, en Bamako o en Kinshasa, confirman que se puede salvar a los niños de la calle.
Neno Contrán

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003