MENSAJE DEL PADRE GIOVANNI
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Movimiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Navidad 2003
“Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”
 (Jn 10, 10)

Durante el período navideño nos enternece el contemplar el pobre pesebre en el que nació Jesús, el Hijo de Dios, el Rey del universo. Y muchas veces hemos comparado las condiciones de este humilde nacimiento de Cristo con las condiciones en las que nacen muchos niños en nuestros tiempos, en nuestros países del Tercer Mundo. Yo también con mis pobres ojos he podido ver a numerosos niños de la Cordillera nacer en peores condiciones que las que sufrió el Niño Jesús en las afueras de Belén.
La Teología nos recuerda que «todo que lo que fue asumido por el Hijo de Dios fue redimido». Y, efectivamente, el Hijo de Dios, al hacerse Hombre, sanó y salvó al Hombre en su raíz, en todo lo que constituye el ser hombre: cuerpo y espíritu, conocimiento, voluntad, libertad, sentimientos, etc. Pero, entonces, nos viene espontáneo preguntar: ¿Si Dios, haciéndose Hombre, ya redimió con su nacimiento el nacimiento de todo niño, porqué hasta hoy siguen naciendo tantos niños en condiciones de miseria, sin hablar de otros muchos males?
La repuesta es que redimir no significa eliminar el sufrimiento ni las demás limitaciones de la naturaleza humana, sino darles sentido y canalizarlos hacia un final feliz (la vida íntima en el seno de la Trinidad santísima). Sobre todo no significa eliminar o menoscabar la libertad humana, el bien más esencial del ser humano, sin el cual el hombre no sería sino un títere o un robot. Dios redimió también la libertad del hombre, pero no la suprimió, motivo por el cual muchas veces la usamos mal (por ejemplo, cuando no hacemos el bien que podríamos hacer), lo cual tiene sus repercusiones negativas en nuestra vida personal y en nuestra sociedad. La suma de todas nuestras opciones negativas (grandes y pequeñas) atenta contra el bienestar material y espiritual de todos, especialmente de los más débiles y más desprovistos de recursos, los pobres y, entre ellos, aún más, los niños. Nosotros, como Siervos de los pobres del Tercer Mundo, no podemos reducir nuestro trabajo a solamente una asistencia social (educativa, médico-sanitaria, etc.), para que estos niños nazcan y crezcan en mejores condiciones materiales. Sería demasiado poco, y sería una traición a nuestra misión. Muchos niños, aun naciendo en mejores condiciones, no son felices. Esto se debe a que la vida del hombre no es sólo biológica. Pero hoy, desafortunadamente, se piensa que lo importante es alargar y mejorar la vida natural, «hacer la vida llevadera», «tener salud», etc., demostrando claramente cuáles son las preocupaciones primordiales de nuestros días. Pero, ¿acaso no hay algo mucho más importante que todo esto?
La respuesta nos viene de cómo contestemos a otra pregunta: ¿Qué vino a hacer ese Niño Dios hace 2000 años? Vino para que tuviéramos vida, y la tuviéramos en abundancia. No cualquier vida, sino una vida divina, y abundante. El niño que yace en el pesebre de Belén es Dios y Hombre verdadero, y nos revela el modo de actuar divino; pero Él no nos enseña «desde afuera», como nosotros, que no podemos meternos en el corazón de los hombres para cambiarlos: Él instruye los corazones desde sus fibras más profundas, dándoles la luz interior y la fuerza vital para que puedan ser hombres según el proyecto de Dios.
Cristo vino a poner a Dios en el hombre, a insertar la vida del hombre en su vida divina. La buena noticia de la Navidad no es simplemente que se trata del cumpleaños de Jesús; la buena noticia es que Dios se ha hecho Hombre y ha puesto su morada entre nosotros (cfr. Jn 1, 14). Sólo así, puesto entre Dios y los hombres, Dios y Hombre al mismo tiempo, Cristo podía restaurar al hombre, elevándolo para que adquiriera una nueva dignidad: la filiación divina.
Nuestra principal preocupación, entonces, es «dar a luz» a los hombres en la vida divina; hacer que nazcan hijos de Dios y vivan como tales. Recordemos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).
¿De qué serviría que nosotros pudiéramos dar todas las condiciones para que los pobres a los que servimos crecieran y se desarrollaran, si finalmente no tuvieran la fuerza interior necesaria para hacerlo? ¿De qué serviría presentarles la ley de Dios, la voluntad de Dios, si no les transmitiéramos al mismo tiempo la gracia divina, la sola que los hace capaces de cumplirla toda y de forma habitual?
En efecto, sabemos que sólo con la gracia divina, es decir, con la misma vida que hay en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con todo el séquito de dones que ésta trae consigo, el hombre puede actual al modo divino, como actuó Jesucristo, al estilo de las Bienaventuranzas. Muchas veces vemos que al hombre, por su fragilidad y debilidad, le cuesta un tremendo esfuerzo vivir como Dios nos mostró; esto sucede cuando quiere proceder con sus propias fuerzas, por sus propios medios, sin pensar que es precisamente la gracia divina la que, elevándonos a la vida trinitaria, insertándonos en ella y sanándonos, nos capacita interiormente para que nuestro ser y nuestros actos sean conformes a la voluntad de Dios, y a los pensamientos y sentimientos de Cristo. Sólo así el hombre crece como persona y como cristiano; sólo así crece en santidad, y se da cuenta de que su vida adquiere un sentido, porque comprende que es una historia que construye con Dios, ese acompañante silencioso que lo está vivificando constantemente con la savia de su vida y con su mirada llena de amor.
A esta vida divina nacemos todos con el Bautismo: por decirlo de alguna manera, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo entran en nosotros y se quedan ahí para siempre, transmitiéndonos su vida, a menos que con el pecado los expulsemos de nuestra alma. Para reparar esta calamidad, en el caso de que por desgracia sucediera, podemos acudir al sacramento de la Penitencia o Reconciliación, profundamente arrepentidos de haber ofendido a Dios y haberle dado la espalda. Incorporados a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, por el Bautismo, como hijos de Dios adquirimos el derecho de participar en los demás Sacramentos, que son grandes canales de gracia. Y podemos participar de las gracias y de los méritos de nuestros hermanos, miembros del mismo Cuerpo de Cristo.
Sería una pérdida de tiempo si nosotros trajéramos a los pobres únicamente un nuevo estilo de vida terrenal, instrucción, asistencia sanitaria, capacitación profesional, etc., y no les diéramos también la vida divina, de la que Dios nos ha hecho instrumentos con el sacramento del Orden sagrado; aquella vida que les da la fuerza y la alegría de vivir como lo propone el Evangelio. Perderíamos el tiempo, digo, porque les presentaríamos algo ideal, irrealizable, superior a sus posibilidades. Si en verdad queremos que la situación de los pobres mejore, tenemos que seguir el ejemplo de Jesús, quien no se limitó a enunciar la ley divina en su Sermón de (a Montaña, sino que dio al corazón del hombre, enviándole el Espíritu Santo, Espíritu de Amor, con todos sus dones, la capacidad de cumplirla de la forma que agrada a Dios y que lo santifique a él.
Cristo, en cuanto Hombre, cumplió perfectamente la voluntad de Dios, pero no se encarnó para vanagloriarse de que Él sí podía y nosotros no, por el pecado; se encarnó para escribir la nueva Ley en nuestros corazones, o, dicho de otra forma, para hacernos criaturas nuevas que, con su nueva dignidad de hijos de Dios, unidos a Él por la gracia, puedan realizar el proyecto que ha preparado para ellos desde toda la eternidad. Sólo con Dios y desde Dios los pobres encontrarán la fuerza y la capacidad para que todo lo que el Señor les ha mandado a través de nuestra obra evangelizadora llegue a su cumplimiento, se haga vida en ellos.
Sólo en Cristo y desde Cristo el hombre se realiza plenamente. ¿De qué nos serviría sacar a los pobres de su pobreza, si Cristo no habita en ellos para santificarlos y arrancarlos de la verdadera miseria que es el pecado? El Señor Jesús nos está invitando constantemente a la misión: «ld por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
De todos modos, aunque nuestra principal misión es la de dar la vida divina, no podemos quedar indiferentes ante la situación infrahumana en la que viven tantas personas en estas tierras lejanas, desde donde Dios, presente en los pobres, nos grita que necesita corazones generosos que quieran servirlo en esta misión privilegiada con sus pequeños.
Pidamos juntos al Señor que nos conceda no sólo recordar con alegría el nacimiento de Jesús, sino también, al celebrarlo en la sagrada liturgia, llenarnos de la vida divina que Él nos trajo con su Encarnación, y llegar a ser portadores de esta vida en abundancia, misioneros que lleven su vida, que no es una vida biológica, sino vida divina, vida eterna.
¡Les deseo una muy feliz Navidad! ¡Que Dios entre en sus corazones, y nunca más se aparte de ustedes!

Padre Giovanni Salerno, s .p. t. m.

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003