Durante el período navideño nos enternece
el contemplar el pobre pesebre en el que nació Jesús,
el Hijo de Dios, el Rey del universo. Y muchas veces hemos
comparado las condiciones de este humilde nacimiento de
Cristo con las condiciones en las que nacen muchos niños
en nuestros tiempos, en nuestros países del Tercer
Mundo. Yo también con mis pobres ojos he podido ver
a numerosos niños de la Cordillera nacer en peores
condiciones que las que sufrió el Niño Jesús
en las afueras de Belén.
La Teología nos recuerda que «todo que lo que
fue asumido por el Hijo de Dios fue redimido». Y,
efectivamente, el Hijo de Dios, al hacerse Hombre, sanó
y salvó al Hombre en su raíz, en todo lo que
constituye el ser hombre: cuerpo y espíritu, conocimiento,
voluntad, libertad, sentimientos, etc. Pero, entonces, nos
viene espontáneo preguntar: ¿Si Dios, haciéndose
Hombre, ya redimió con su nacimiento el nacimiento
de todo niño, porqué hasta hoy siguen naciendo
tantos niños en condiciones de miseria, sin hablar
de otros muchos males?
La repuesta es que redimir no significa eliminar el sufrimiento
ni las demás limitaciones de la naturaleza humana,
sino darles sentido y canalizarlos hacia un final feliz
(la vida íntima en el seno de la Trinidad santísima).
Sobre todo no significa eliminar o menoscabar la libertad
humana, el bien más esencial del ser humano, sin
el cual el hombre no sería sino un títere
o un robot. Dios redimió también la libertad
del hombre, pero no la suprimió, motivo por el cual
muchas veces la usamos mal (por ejemplo, cuando no hacemos
el bien que podríamos hacer), lo cual tiene sus repercusiones
negativas en nuestra vida personal y en nuestra sociedad.
La suma de todas nuestras opciones negativas (grandes y
pequeñas) atenta contra el bienestar material y espiritual
de todos, especialmente de los más débiles
y más desprovistos de recursos, los pobres y, entre
ellos, aún más, los niños. Nosotros,
como Siervos de los pobres del Tercer Mundo, no podemos
reducir nuestro trabajo a solamente una asistencia social
(educativa, médico-sanitaria, etc.), para que estos
niños nazcan y crezcan en mejores condiciones materiales.
Sería demasiado poco, y sería una traición
a nuestra misión. Muchos niños, aun naciendo
en mejores condiciones, no son felices. Esto se debe a que
la vida del hombre no es sólo biológica. Pero
hoy, desafortunadamente, se piensa que lo importante es
alargar y mejorar la vida natural, «hacer la vida
llevadera», «tener salud», etc., demostrando
claramente cuáles son las preocupaciones primordiales
de nuestros días. Pero, ¿acaso no hay algo
mucho más importante que todo esto?
La respuesta nos viene de cómo contestemos a otra
pregunta: ¿Qué vino a hacer ese Niño
Dios hace 2000 años? Vino para que tuviéramos
vida, y la tuviéramos en abundancia. No cualquier
vida, sino una vida divina, y abundante. El niño
que yace en el pesebre de Belén es Dios y Hombre
verdadero, y nos revela el modo de actuar divino; pero Él
no nos enseña «desde afuera», como nosotros,
que no podemos meternos en el corazón de los hombres
para cambiarlos: Él instruye los corazones desde
sus fibras más profundas, dándoles la luz
interior y la fuerza vital para que puedan ser hombres según
el proyecto de Dios.
Cristo vino a poner a Dios en el hombre, a insertar la vida
del hombre en su vida divina. La buena noticia de la Navidad
no es simplemente que se trata del cumpleaños de
Jesús; la buena noticia es que Dios se ha hecho Hombre
y ha puesto su morada entre nosotros (cfr. Jn 1, 14). Sólo
así, puesto entre Dios y los hombres, Dios y Hombre
al mismo tiempo, Cristo podía restaurar al hombre,
elevándolo para que adquiriera una nueva dignidad:
la filiación divina.
Nuestra principal preocupación, entonces, es «dar
a luz» a los hombres en la vida divina; hacer que
nazcan hijos de Dios y vivan como tales. Recordemos las
palabras de Jesús a Nicodemo: «En verdad, en
verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).
¿De qué serviría que nosotros pudiéramos
dar todas las condiciones para que los pobres a los que
servimos crecieran y se desarrollaran, si finalmente no
tuvieran la fuerza interior necesaria para hacerlo? ¿De
qué serviría presentarles la ley de Dios,
la voluntad de Dios, si no les transmitiéramos al
mismo tiempo la gracia divina, la sola que los hace capaces
de cumplirla toda y de forma habitual?
En efecto, sabemos que sólo con la gracia divina,
es decir, con la misma vida que hay en Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo, y con todo el séquito de
dones que ésta trae consigo, el hombre puede actual
al modo divino, como actuó Jesucristo, al estilo
de las Bienaventuranzas. Muchas veces vemos que al hombre,
por su fragilidad y debilidad, le cuesta un tremendo esfuerzo
vivir como Dios nos mostró; esto sucede cuando quiere
proceder con sus propias fuerzas, por sus propios medios,
sin pensar que es precisamente la gracia divina la que,
elevándonos a la vida trinitaria, insertándonos
en ella y sanándonos, nos capacita interiormente
para que nuestro ser y nuestros actos sean conformes a la
voluntad de Dios, y a los pensamientos y sentimientos de
Cristo. Sólo así el hombre crece como persona
y como cristiano; sólo así crece en santidad,
y se da cuenta de que su vida adquiere un sentido, porque
comprende que es una historia que construye con Dios, ese
acompañante silencioso que lo está vivificando
constantemente con la savia de su vida y con su mirada llena
de amor.
A esta vida divina nacemos todos con el Bautismo: por decirlo
de alguna manera, el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo entran en nosotros y se quedan ahí para siempre,
transmitiéndonos su vida, a menos que con el pecado
los expulsemos de nuestra alma. Para reparar esta calamidad,
en el caso de que por desgracia sucediera, podemos acudir
al sacramento de la Penitencia o Reconciliación,
profundamente arrepentidos de haber ofendido a Dios y haberle
dado la espalda. Incorporados a la Iglesia, Cuerpo místico
de Cristo, por el Bautismo, como hijos de Dios adquirimos
el derecho de participar en los demás Sacramentos,
que son grandes canales de gracia. Y podemos participar
de las gracias y de los méritos de nuestros hermanos,
miembros del mismo Cuerpo de Cristo.
Sería una pérdida de tiempo si nosotros trajéramos
a los pobres únicamente un nuevo estilo de vida terrenal,
instrucción, asistencia sanitaria, capacitación
profesional, etc., y no les diéramos también
la vida divina, de la que Dios nos ha hecho instrumentos
con el sacramento del Orden sagrado; aquella vida que les
da la fuerza y la alegría de vivir como lo propone
el Evangelio. Perderíamos el tiempo, digo, porque
les presentaríamos algo ideal, irrealizable, superior
a sus posibilidades. Si en verdad queremos que la situación
de los pobres mejore, tenemos que seguir el ejemplo de Jesús,
quien no se limitó a enunciar la ley divina en su
Sermón de (a Montaña, sino que dio al corazón
del hombre, enviándole el Espíritu Santo,
Espíritu de Amor, con todos sus dones, la capacidad
de cumplirla de la forma que agrada a Dios y que lo santifique
a él.
Cristo, en cuanto Hombre, cumplió perfectamente la
voluntad de Dios, pero no se encarnó para vanagloriarse
de que Él sí podía y nosotros no, por
el pecado; se encarnó para escribir la nueva Ley
en nuestros corazones, o, dicho de otra forma, para hacernos
criaturas nuevas que, con su nueva dignidad de hijos de
Dios, unidos a Él por la gracia, puedan realizar
el proyecto que ha preparado para ellos desde toda la eternidad.
Sólo con Dios y desde Dios los pobres encontrarán
la fuerza y la capacidad para que todo lo que el Señor
les ha mandado a través de nuestra obra evangelizadora
llegue a su cumplimiento, se haga vida en ellos.
Sólo en Cristo y desde Cristo el hombre se realiza
plenamente. ¿De qué nos serviría sacar
a los pobres de su pobreza, si Cristo no habita en ellos
para santificarlos y arrancarlos de la verdadera miseria
que es el pecado? El Señor Jesús nos está
invitando constantemente a la misión: «ld por
todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»
(Mc 16, 15).
De todos modos, aunque nuestra principal misión es
la de dar la vida divina, no podemos quedar indiferentes
ante la situación infrahumana en la que viven tantas
personas en estas tierras lejanas, desde donde Dios, presente
en los pobres, nos grita que necesita corazones generosos
que quieran servirlo en esta misión privilegiada
con sus pequeños.
Pidamos juntos al Señor que nos conceda no sólo
recordar con alegría el nacimiento de Jesús,
sino también, al celebrarlo en la sagrada liturgia,
llenarnos de la vida divina que Él nos trajo con
su Encarnación, y llegar a ser portadores de esta
vida en abundancia, misioneros que lleven su vida, que no
es una vida biológica, sino vida divina, vida eterna.
¡Les deseo una muy feliz Navidad! ¡Que Dios
entre en sus corazones, y nunca más se aparte de
ustedes!
Padre Giovanni Salerno, s .p. t. m.