ESTUDIO

Comosión Internacional de Teología

LA ESPERANZA DE SALVACIÓN PARA LOS NIÑOS QUE MUEREN SIN SER BAUTIZADOS

(Traducción particular no oficial desde el inglés. Texto original y oficial: THE HOPE OF SALVATION FOR INFANTS WHO DIE WITHOUT BEING BAPTISED)

La Comisión Teológica Internacional ha estudiado la cuestión del destino de los niños no bautizados, teniendo presente el principio de la “jerarquía de verdades” y los otros principios teológicos del designio universal salvador de Dios, la unicidad y la insuperabilidad de la mediación de Cristo, la sacramentalidad de la Iglesia en el orden de la salvación, y la realidad del pecado original. En el contexto contemporáneo de relativismo cultural y de pluralismo religioso el número de niños no bautizados ha crecido considerablemente, y por tanto la reflexión sobre la posibilidad de salvación de estos niños ha llegado a ser urgente. La Iglesia es consciente que esta salvación es accesible sólo en Cristo a través del Espíritu. Pero la Iglesia , como madre y maestra, no puede dejar de reflexionar sobre el destino de todos los hombres, creados a imagen de Dios, y de una manera más particular sobre el destino de los miembros más débiles de la familia humana y de aquellos que todavía no son capaces de usar su razón y libertad.

Está claro que la enseñanza tradicional en este aspecto se ha concentrado sobre la teoría del limbo, entendido como un estado que incluye las almas de los niños que mueren sujetos al pecado original y sin el bautismo, y que, además, ni merecen la visión beatífica, ni están sujetos a ningún castigo, porque no son culpables de ningún pecado personal. Esta teoría, elaborada por teólogos de comienzos de la Edad Media , nunca entró dentro de las definiciones dogmáticas del Magisterio, aún cuando ese mismo Magisterio mencionara a veces la teoría en sus enseñanzas ordinarias antes del Concilio Vaticano Segundo. Permanece no obstante una posible hipótesis teológica. Sin embargo, en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), la teoría del limbo no se menciona. Además, el Catecismo enseña que los niños que mueren sin el bautismo son confiados por la Iglesia a la misericordia de Dios, como se enseña en el rito funeral específico para tales niños. El principio de que Dios desea la salvación de todos los hombres comporta la esperanza de que hay un camino para la salvación de los niños que mueren sin el bautismo (cf. CCC , 1261), y por tanto también para el deseo teológico de encontrar una conexión coherente y lógica entre las diversas afirmaciones de la fe Católica: la voluntad universal salvadora de Dios; la unicidad de la mediación de Cristo; la necesidad del bautismo para la salvación; la acción universal de la gracia en relación a los sacramentos; el nexo entre el pecado original y la privación de la visión beatífica; la creación del hombre “en Cristo”.

La conclusión de este estudio es que existen razones teológicas y litúrgicas para esperar que los niños que mueren sin el bautismo pueden salvarse y alcanzar la felicidad eterna, aunque no haya sobre esta cuestión una enseñanza explícita fundamentada en la Revelación. Sin embargo, ninguna de las consideraciones propuestas en este texto para motivar un nuevo acercamiento a la cuestión se puede usar para negar la necesidad del bautismo, ni para retrazar la administración del sacramento. Además, hay razones para esperar que Dios salvará a estos niños precisamente porque no fue posible hacer por ellos lo que hubiera sido más deseable- bautizarlos en la fe de la Iglesia e incorporarlos visiblemente en el Cuerpo de Cristo.

Finalmente es necesaria una observación sobre la metodología del texto. El procedimiento de este tema se debe realizar dentro del desarrollo histórico de la fe. De acuerdo con la Dei Verbum 8 , los factores que contribuyen a este desarrollo son la reflexión y el estudio de la fe, la experiencia de las cosas espirituales, y la enseñanza del magisterio. Cuando la cuestión de los niños que mueren sin el bautismo se trató por primera vez en la historia del pensamiento cristiano, es posible que la naturaleza doctrinal de la cuestión o sus implicaciones no fueran plenamente entendidas. Esta cuestión específica encuentra su propio contexto dentro de la doctrina católica sólo cuando se considera a la luz del desarrollo histórico de la teología en el correr del tiempo hasta el Concilio Vaticano II. Sólo en este camino –y guardando el principio de la jerarquía de las verdades mencionadas en el Decreto del Concilio Vaticano Segundo Unitatis redintegratio (#11) - el tema se debe reconsiderar explícitamente bajo el horizonte global de la fe de la Iglesia. Este Documento, desde el punto de vista de la teología especulativa como desde la perspectiva práctica y pastoral, constituye un instrumento útil y oportuno en orden a profundizar en nuestro conocimiento del problema, que no es sólo materia de doctrina sino también de prioridad pastoral en la edad moderna.

* NOTA PRELIMINAR: El tema “la esperanza de la salvación para los niños que mueren sin ser bautizados” fue puesto bajo estudio de la Comisión Teológica Internacional. Para preparar este estudio, se formó un comité compuesto por el Reverendísimo Ignazio Sanna y el Reveredísimo Basil Kyu-Man Cho, el Reverendo Peter Damian Akpunonu, el Reverendo Adalbert Denaux, el Reverendo Gilles Emery O.P., Monseñor. Ricardo Ferrara, Monseñor István Ivancsó, Monseñor Paul McPartlan, el Reverendo Don Dominic Veliath S.D.B. (presidente del Comité) y Sra. Sara Butler M.S.B.T. El Comité también recibió la colaboración del Reverendo Luis Ladaria S.J., Secretario General de la Comisión Teológica Internacional, y Sra. Guido Pozzo, ayudante al ITC, así como otros miembros de la Comisión. La discusión general sobre el tema tuvo lugar durante las sesiones plenarias del ITC, llevadas a cabo en Roma, en Octubre de 2005 y Octubre de 2006. Este actual texto era aprobado in forma specifica por los miembros de la Comisión , y fue sometido posteriormente a su presidente, el Cardenal William Levada que, después de recibir la aprobación del Santo Padre en una audiencia concedida el 19 de enero de 2007, aprobó el texto para la publicación.

INTRODUCCIÓN

1. San Pedro anima a los cristinos a estar siempre preparados para dar razón de la esperanza que habita en ellos (cf. 1Pet 3, 15-16). [1] Este documento trata sobre la esperanza que los cristianos pueden tener por la salvación de los niños que mueren sin bautizar. Indica cómo tal esperanza se ha desarrollado en las décadas presentes y cuáles son sus fundamentos, de modo que permitan que se dé una razón de tal esperanza. Si bien a primera vista pudiera parecer que este tema es periférico a los temas teológicos, cuestiones de gran profundidad y complejidad están involucradas en su propia explicación, y tal explicación es exigida hoy día por necesidades pastorales urgentes.

2. En estos tiempos, el número de los niños que mueren sin bautizar está creciendo grandemente. Esto es debido en parte a causa de los padres, que no son practicantes, influenciados por el relativismo cultural y el pluralismo religioso, pero también es en parte una consecuencia de la fecundación in vitro y el aborto. Dados estos antecedentes, la cuestión sobre el destino de tales niños ha surgido con nueva urgencia. En tal situación, los caminos por los que se puede alcanzar la salvación aparecen todavía más complejos y problemáticos. La Iglesia , fiel guardián del camino de la salvación, sabe que la salvación se puede alcanzar sólo en Cristo, a través del Espíritu Santo. Sin embargo, como madre y maestra, no puede dejar de reflexionar sobre el destino de todos los seres humanos creados a imagen de Dios, [2] y en especial de los más débiles. Siendo dotados de razón, conciencia y libertad, los adultos son responsables de su propio destino en la medida que acepten o rechacen la gracia de Dios. No obstante los niños, que no tienen todavía el uso de razón, conciencia y libertad, no pueden decidir por sí mismos. Los padres experimentan gran pena y sentimientos de culpa cuando no tienen la certeza moral de la salvación de sus hijos, y la gente encuentra cada vez más dificultad en aceptar que Dios es justo y misericordioso si excluye a los niños, que no tienen pecados personales, de la felicidad eterna, aunque sean cristianos o no. Desde el punto de vista teológico, el desarrollo de la teología de la esperanza y de la eclesiología de comunión, ambas con un reconocimiento de la grandeza de la divina misericordia, cuestionan una visión excesivamente restrictiva de la salvación. De hecho, la universal voluntad salvífica de Dios y la correspondientemente mediación universal de Cristo significan que todas las nociones teológicas que últimamente ponen en duda la verdadera omnipotencia de Dios y su misericordia en particular, son inadecuadas.

3. La idea del Limbo, que la Iglesia ha usado durante muchas centurias para designar el destino de los niños que mueren sin el Bautismo, no tiene claro fundamento en la revelación, aún cuando haya sido utilizado largamente en la enseñanza tradicional teológica. Además, la noción de que los niños que mueren sin el Bautismo son privados de la visión beatífica, que ha sido durante mucho tiempo considerada como la doctrina común de la Iglesia , da lugar a numerosos problemas pastorales, de tal manera que muchos pastores de almas han pedido una reflexión más profunda en los caminos de salvación. La reconsideración necesaria de las cuestiones teológicas no puede ignorar la trágica consecuencia del pecado original. El pecado original implica un estado de separación de Cristo, y eso excluye la posibilidad de la visión de Dios para aquellos que mueren en esa situación.

4. Reflexionando sobre la cuestión del destino de los niños que mueren sin el Bautismo, la comunidad cristiana debe tener en cuenta que Dios es más bien el sujeto que el objeto de la teología. El primer cometido de la teología es por eso escuchar la Palabra de Dios. La teología escucha la Palabra de Dios expresada en las Escrituras en orden a comunicarla con amor a todos los pueblos. Sin embargo, en lo que se refiere a la salvación de aquellos que mueren sin el Bautismo, la Palabra de Dios dice poco o nada. Es por eso necesario interpretar la reticencia de la Escritura en este tema a la luz de los textos acerca del plan universal de salvación y los caminos de salvación. Resumiendo, el problema para la teología y para la atención pastoral es cómo salvaguardar y reconciliar los dos grupos de las afirmaciones bíblicas: aquellos que conciernen a la voluntad universal salvífica de Dios (cf.1Tim 2, 4) y aquellos que ven la necesidad del Bautismo como el camino para liberarse del pecado y conformarse a Cristo (cf. Mc 16, 16; Mt 28, 18-19).

5. En segundo lugar, teniendo en cuenta el principio lex orandi, lex credendi , la comunidad cristiana observa que no hay mención del limbo en la liturgia. De hecho, la liturgia contiene la fiesta de los Santos Inocentes, que son venerados como mártires aún cuando ellos no estaban bautizados, porque se les mató “por causa de Cristo”. [3] Aunque ha habido un desarrollo litúrgico importante a través de la introducción de los funerales para los niños que murieron sin bautismo. No rogamos por aquellos que fueron condenados. El Misal Romano de 1970 introdujo una Misa Funeral por los niños sin bautizar cuyos padres tenían intención de presentarlos para el Bautismo. La iglesia confía a la misericordia de Dios a esos niños que mueren sin bautizar. En su Instrucción sobre el Bautismo de los niños de 1980 , la congregación para la doctrina de la fe reafirmó esto: “con respecto a los niños que mueren sin la recepción de bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia de Dios, como ella hace de hecho en el rito funeral establecido para ellos”. [4] El Catecismo de la iglesia católica (1992) agrega esto: “la gran misericordia de Dios que desea que todos los hombres se salven [1Tim 2:4], y la ternura de Jesús hacia los niños que le llevaron a decir: ‘ Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis ' (Mc 10,14), permite que esperemos que hay un camino de salvación para los niños que han muerto sin el Bautismo”. [5]

6. En tercer lugar, la iglesia no puede dejar de animar la esperanza de salvación para los niños que mueren sin el Bautismo por el mismo hecho de que ella “ruega que nadie se pierda”, [6] y ruega en la esperanza para que “todos se salven”. [7] En la base de una antropología de la solidaridad, [8] consolidada por una comprensión eclesial de la personalidad corporativa, la Iglesia conoce la ayuda que se puede dar por la fe de los creyentes. El evangelio de Marcos describe realmente una ocasión en la que la fe de uno fue eficaz para la salvación de otro (cf. Mc 2,5). Así pues, mientras que sabe que la manera normal de alcanzar la salvación en Cristo es por el Bautismo i n re , la iglesia espera que pueda haber otras maneras de alcanzar el mismo fin. Porque, por su Encarnación, el Hijo de Dios “en cierta manera se unió” con cada ser humano, y porque Cristo murió por todos y todos de hecho están “llamados a uno y mismo destino, que es divino”, la iglesia cree que “el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de ser hechos partícipes, de una manera conocida para Dios, en el misterio pascual” ( GS 22). [9]

7. Finalmente, al reflexionar teológicamente en la salvación de los niños que mueren sin el Bautismo, la Iglesia respeta la jerarquía de verdades y por lo tanto comienza claramente reafirmando la primacía de Cristo y de su gracia, que tiene prioridad sobre Adán y el pecado. Jesucristo, en su existencia para nosotros y en el poder redentor de su sacrificio, murió y resucitó por todos. Durante toda su vida y enseñanza, él reveló la paternidad de Dios y de su amor universal. Mientras que la necesidad del Bautismo es de fide , la tradición y los documentos del magisterium que ha reafirmado esta necesidad, necesitan ser interpretados. Mientras que es verdad que la voluntad universal salvífica de Dios no está opuesta a la necesidad del Bautismo, es también verdad que los niños, por su parte, no ponen ningún obstáculo personal en el camino de la gracia redentora. Por otro lado, el Bautismo se administra a los niños, que están libres de pecados personales, no sólo para liberarlos del pecado original, sino también para insertarlos en la comunión de la salvación que es la Iglesia , por medio de la comunión en la muerte y la resurrección de Cristo (cf. ROM 6, 1 - 7). La gracia es totalmente libre, porque es siempre un regalo puro de Dios. La condenación, sin embargo, se merece, porque es la consecuencia de la opción humana libre. [10] El niño que muere con el Bautismo se salva por la gracia de Cristo y por la intercesión de la Iglesia incluso sin la cooperación de él o de ella. Se puede preguntar si el niño que muere sin el Bautismo, pero para quien la iglesia en su rezo expresa el deseo de salvación, puede ser privado de la visión de Dios incluso sin la cooperación de él o de ella.

1 . Historia quaestionis

Historia y Hermenéutica de la enseñanza católica

1.1 Fundamentos bíblicos

8. Una investigación teológica sana debería comenzar con un estudio de los fundamentos bíblicos de cualquier doctrina o práctica eclesial. Por lo tanto, en lo que concierne al tema bajo discusión, la pregunta se debería hacer si las Santas Escrituras tratan de un modo u otro la cuestión del destino de los niños no bautizados. Incluso una mirada rápida a través del Nuevo Testamento, sin embargo, deja claro que las comunidades cristianas tempranas no se habían todavía enfrentado con la cuestión de si los infantes o los niños que habían muerto sin el Bautismo pudieran recibir la salvación de Dios. Cuando el Nuevo testamento menciona la práctica del Bautismo, señala generalmente el Bautismo de adultos. Pero la evidencia del Nuevo Testamento no imposibilita la posibilidad de infantes que son bautizados. En las casas ( oikos ) donde el Bautismo se menciona en el libro de los Hechos 16, 15 y 33 (cf. 18, 8) y 1 Cor 1, 16, los niños pudieron haber sido bautizados junto con adultos. La ausencia de la evidencia positiva se puede explicar por el hecho de que los escritos del Nuevo Testamento están comprometidos principalmente con la extensión inicial del cristianismo en el mundo.

9. La carencia de una enseñanza positiva dentro del Nuevo Testamento con respecto al destino de los niños no bautizados no significa que la discusión teológica de esta cuestión no sea informada por un número de doctrinas bíblicas fundamentales. Éstas incluyen:

(i) Dios quiere salvar a todos los pueblos (cf. Gen 3, 15; 22, 18; 1 Tim 2, 3 - 6), a través de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte (cf. Ef 1, 20 - 22; Fil 2, 7 - 11; Rom 14, 9; 1 Cor 15, 20 - 28);

(ii) el pecado universal de los seres humanos (cf. Gen 6, 5 - 6; 8, 21; 1 Re 8, 46; Ps 130, 3), y su ser nacido en pecado (cf. Ps 51, 7; Sir 25, 24) desde Adán, y por lo tanto su ser destinado a la muerte (cf. Rom 5, 12; 1 Cor 15, 22);

(iii) la necesidad, para la salvación, de la fe del creyente (cf. Rom 1, 16), por un lado, y del Bautismo (cf. Mc 16, 16; Mt 28, 19; Act 2, 40 - 41; 16, 30 - 33) y de la Eucaristía (cf. Jn 6, 53) administrados por la iglesia, por otro lado;

(iv) La esperanza cristiana va completamente más allá de la esperanza humana (cf. Rom 4, 18 - 21); la esperanza cristiana es que el Dios viviente, el Salvador de toda la humanidad (cf. 1 Tim 4, 10) compartirá su gloria con toda la gente y que todos vivirán con Cristo (cf. 1 Tes 5, 9 - 11; Rom 8, 2 - 5.23-25), y los cristianos deben estar preparados para dar razón de la esperanza que tienen (cf. 1 Pe 3, 15);

(v) la iglesia debe hacer “súplicas, rezos e intercesiones… para todos” (1 Tim 2, 1 - 8), basada en la fe de que para el poder creativo de Dios “nada es imposible” (Jb 42, 2; Mc 10, 27; 12,24.27; Lc 1, 37), y en la esperanza de que la creación entera finalmente participará en la gloria de Dios (cf. Rom 8, 22 - 27).

10. Parece que hubiera tensión entre las dos doctrinas bíblicas antes mencionadas: la voluntad universal salvífica de Dios por un lado, y la necesidad del Bautismo sacramental por otro. Lo último parece limitar la extensión de la voluntad salvífica universal de Dios. De ahí que se necesita una reflexión hermenéutica sobre cómo los testigos de la tradición (Padres de la Iglesia , el magisterium, los teólogos) leyeron y utilizaron los textos y las doctrinas bíblicas con respecto al problema que está siendo tratado. Más específicamente, uno tiene que clarificar qué clase de “necesidad” se demanda con respecto al sacramento del Bautismo para evitar una comprensión equivocada. La necesidad del Bautismo sacramental es una necesidad de segundo orden comparada con la necesidad absoluta del acto salvador de Dios a través de Jesucristo para la salvación final de cada ser humano. El Bautismo sacramental es necesario porque es el medio ordinario con el que una persona participa de los efectos beneficiosos de la muerte y resurrección de Jesús. En lo que sigue, estaremos atentos a la manera en que los testimonios de la Escritura se han utilizado en la tradición. Por otra parte, al tratar los principios teológicos (capítulo 2) y nuestras razones de la esperanza (capítulo 3), discutiremos en mayor detalle las doctrinas bíblicas y los textos implicados.

1.2. Los Padres Griegos

11. Muy pocos Padres Griegos trataron sobre el destino de los niños que mueren sin bautizar porque en el Oriente no había controversia sobre esta materia. Además, tenían una visión diferente de la condición presente de la humanidad. Para los padres Griegos, como consecuencia del pecado de Adán, los seres humanos heredaron corrupción, posibilidad, y mortalidad, de lo que podían ser rehechos por un proceso de deificación hecho posible por la obra redentora de Cristo. La idea de una herencia de pecado o culpa – común en la tradición occidental – era extraña en esta perspectiva, toda vez que en su punto de vista el pecado solo podía ser un acto libre, personal. [11] De aquí, no muchos Padres Griegos trataron explícitamente el problema de la salvación de los niños no bautizados. Sí discuten, sin embargo, sobre el estado o situación – pero no el lugar – de estos niños después de su muerte. En este aspecto, el principal problema que trataron es la tensión entre la voluntad universal salvífica y la enseñanza del Evangelio acerca de la necesidad del Bautismo. El pseudo Atanasio dice claramente que una persona no bautizada no puede entrar en el Reino de Dios. Afirma también que los niños no bautizados no entrarán en el Reino, pero ninguno se perderá, porque ellos no han pecado. [12] Atanasio de Sinaí expresa esto incluso más claramente: Para él los niños no bautizados no van al infierno. Pero no se atreve a decir más; no expresa una opinión acerca de donde van, sino que deja su destino al juicio de Dios. [13]

12. Solamente entre los Padres Griegos, Gregorio de Nisa escribió expresamente un trabajo sobre el destino de los niños que mueren, De infantibus praemature abreptis libellum . [14] La angustia de la Iglesia aparece en las cuestiones que él se pone: el destino de estos niños es un misterio “algo mucho más grande que el pensamiento humano puede abarcar”. [15] Expresa su opinión en relación a la virtud y a su recompensa; según él, no hay razón para que Dios conceda lo que se espera como una recompensa. La virtud no vale nada si aquéllos que dejan la vida prematuramente sin haber practicado la virtud son inmediatamente acogidos en la santidad. Continuando en esta línea, Gregorio pregunta: “¿Qué sucederá a uno que termina su vida a una tierna edad, que no ha hecho nada, bueno o malo? ¿Es digno de premio?” [16] Contesta: “La esperanza de santidad pertenece a los seres humanos por naturaleza, y se llama una recompensa solo en cierto sentido”. [17] El gozo de la vida verdadera ( zoe y no bios ) corresponde a la naturaleza humana, y se posee en la medida en que la virtud es practicada. Puesto que un niño inocente no necesita purificación de pecados personales, participa en esta vida según corresponde a su naturaleza en una especie de progreso regular, de acuerdo con su capacidad. Gregorio de Nisa distingue entre el destino de los niños y el de los adultos que viven una vida virtuosa. “La muerte prematura de niños recién nacidos no provee una base para el presupuesto de que sufran tormentos o que estén en la misma situación que aquellos que se han purificado en esta vida por todas las virtudes”. [18] Finalmente ofrece esta perspectiva para la reflexión de la Iglesia : “La contemplación apostólica fortifica nuestra investigación, porque Aquel que ha hecho todo bien, con sabiduría (Sal 1º4, 24), es capaz de sacar el bien desde el mal”. [19]

13. Gregorio Niacianzeno no escribe acerca del lugar y la situación después de la muerte de los niños que mueren sin el Bautismo sacramental, sino que agranda el tema con otra consideración. A saber, escribe que estos niños no reciben elogio ni castigo del Juez Justo, porque han sufrido daño antes que provocarlo. “El que no merece castigo no es por ese hecho digno de elogio, y el que no merece elogio no es por ese hecho merecedor de castigo”. [20] La enseñanza profunda de los Padres Griegos puede resumirse en la opinión de Atanasio de Sinaí: “No debería ser conveniente probar con nuestras manos los juicios de Dios”. [21]

14. Por un lado, estos Padres Griegos enseñan que los niños que mueren sin el Bautismo no sufren condenación eterna, si bien ellos no alcanzan el mismo estado que aquellos que han sido bautizados. Por otro lado, no explican a qué es semejante su situación o a dónde van. En esta materia, los Padres Griegos exhiben su típica sensibilidad apofática.

1.3. Los Padres latinos

15. El destino de los niños no bautizados llegó primeramente a ser la materia de reflexión teológica mantenida en Occidente durante las controversias antipelagianas de la temprana quinta centuria. San Agustín dirigió la cuestión porque Pelagio estaba enseñando que los niños podían salvarse sin el Bautismo. Pelagio cuestionó si la carta de San Pablo a los Romanos realmente enseñó que todos los seres humanos pecaron “en Adán” (Rom 5, 12) y que la concupiscencia, el sufrimiento, y la muerte fueran una consecuencia de la Caída. [22] Desde que negó que el pecado de Adán se trasmitió a sus descendientes, consideró a los niños recién nacidos como inocentes. Pelagio prometió a los niños muertos sin bautizar la entrada en la “vida eterna” (no, sin embargo, en el Reino de Dios” [Jn 3, 5]), razonando que Dios no condenaría al infierno a aquellos que no fueran personalmente culpables de pecado. [23]

16. Teniendo en cuenta a Pelagio, San Agustín fue inducido a afirmar que los niños que mueren sin el Bautismo están consignados al infierno. [24] Apeló al precepto del Señor, Jn 3, 5, y a la práctica litúrgica de la Iglesia. ¿Por qué son traídos a la fuente bautismal los niños pequeños, especialmente los niños en peligro de muerte, sino para asegurarles la entrada en el Reino de Dios? ¿Por qué son sujetos de exorcismo y de insuflaciones si ellos no necesitan ser librados del diablo? [25] ¿Por qué son nacidos de nuevo si ellos no necesitan ser hechos nuevos? La práctica litúrgica confirma la creencia de la Iglesia que todos heredan el pecado de Adán y que se debe pasar desde el poder de la oscuridad al reino de la luz (Col 1, 13). [26] Sólo hay un Bautismo, el mismo para niños y adultos, y es para perdón de los pecados. [27 ] Si los niños son bautizados, entonces, es porque son pecadores. Aunque no sean claramente culpables de pecado personal, de acuerdo con Romanos 5, 12 (en traducción del latín disponible para San Agustín), ellos han pecado en “Adán”. [28 ] “¿Por qué Cristo murió por ellos si ellos no son culpables?” [29] Todos necesitan a Cristo como su Salvador.

17. En opinión de Agustín, Pelagio socavó la creencia en Jesucristo, el único Mediador (1Tim 2, 5), y en la necesidad de la gracia salvadora que él ganó en la Cruz. Cristo vino a salvar a los pecadores. Él es “el Gran Médico” que ofrece incluso a los niños la medicina del Bautismo para salvarlos del pecado heredado de Adán. [30] El único remedio para el pecado de Adán, transmitido a cada uno a través de la generación humana, es el Bautismo. Aquellos que no están bautizados no pueden entrar en el Reino de Dios. En el juicio, aquellos que no entren en el Reino (Mt 25, 34) serán condenados al infierno. No hay un “espacio medio” entre el cielo y el infierno. “No hay dejado un lugar medio, en el que puedas poner los niños” [31] Todo “el que no está con Cristo debe estar con el diablo” [32]

18. Dios es justo. Si condena a los niños no bautizados al infierno, es porque son pecadores. Aunque estos niños son castigados al infierno, sufrirán sólo la “más suave condena” (“ mitissima poena ”), [33] “el más leve castigo de todos”, [34] porque hay diversos castigos en proporción a la culpa del pecado. [35] Estos niños estaban impedidos para ayudarse a sí mismos, pero no hay injusticia en su condena porque todos pertenecen a la “misma masa”, la masa destinada a la perdición. Dios no hace injusticia a aquellos que no son elegidos, ya que todos merecen el infierno. [36] ¿Por qué es esto que unos son vasos de cólera y otros vasos de misericordia? Agustín admite que “no puede encontrar una respuesta satisfactoria y digna”. Solo puede exclamar con San Pablo: “Qué inescrutables los juicios [de Dios], e infranqueables sus caminos” [37] Antes que condenar la autoridad divina, da una interpretación restrictiva de la voluntad universal salvífica de Dios. [38] La Iglesia cree que si alguien es redimido, es sólo por la misericordia inmerecida de Dios: pero si alguien se condena es por su bien merecido juicio. Descubriremos la justicia de la voluntad de Dios en el mundo venidero. [39]

19. El Concilio de Cartago del 418 rechazó la enseñanza de Pelagio. Condenó la opinión que los niños “no contraen de Adán indicio alguno de pecado original que deba ser expiado por el baño de la regeneración que conduce a la vida eterna”. Positivamente, este Concilio enseñó que “incluso los niños que no hayan todavía cometido por sí mismos algún pecado son verdaderamente bautizados para remisión de los pecados, de manera que por regeneración puedan ser limpios de aquello que contrajeron por generación”. [40] También fue añadido que no existe un “lugar intermedio u otra morada feliz para los niños que han dejado esta vida sin el Bautismo, sin el cual ellos no pueden entrar en el reino de los Cielos, esto es, la vida eterna”. [41] Este Concilio, sin embargo, no rubricó explícitamente todos los aspectos de la visión rígida de Agustín acerca del destino de los niños que mueren sin el Bautismo.

20. No obstante, la autoridad de Agustín en Occidente fue tan grande que los Padres Latinos (e.g. Jerónimo, Fulgencio, Avito de Viena, y Gregorio el Grande) adoptaron su opinión. Gregorio el Grande afirmó que Dios condena incluso aquellos con el solo pecado original en sus almas; incluso los niños que jamás han pecado por su propia voluntad deberán ir a “los tormentos que no se acaban”. El cita a Job 14, 4-5 (LXX), Juan 3, 5, y Efesios 2, 3 sobre nuestra condición en el nacimiento como “hijos de la cólera”. [42]

1.4. Los Escolásticos Medievales

21. Agustín fue el punto de referencia para los teólogos latinos durante la Edad Media en esta materia. Anselmo de Cantérbury es un buen ejemplo: él cree que los niños pequeños que mueren sin el Bautismo están condenados a causa del pecado original y para mantener la justicia de Dios. [43] La doctrina común fue recopilada por Hugo de San Víctor: los niños que mueren sin bautizar no pueden salvarse (1) porque no han recibido el sacramento, y (2) no pueden hacer un acto personal de fe que supliría el sacramento. [44] Esta doctrina implica que uno necesita justificarse durante nuestra vida terrena en orden a entrar en la vida eterna después de la muerte. La muerte pone fin a la posibilidad de elección de aceptar o rechazar la gracia, esto es, adherirse a Dios o cambiar el camino de él; después de la muerte, las disposiciones fundamentales de la persona ante Dios no recibe ulterior modificación.

22. Pero la mayoría de los autores medievales más tardíos, desde Pedro Abelardo en adelante, subrayan la bondad de Dios e interpretan “el más leve castigo” de Agustín como la privación de la visión beatífica ( carentia visionis Dei ), sin la promesa de obtenerla, pero sin penas adicionales. [45] Esta enseñanza, que modificó la estrecha opinión de San Agustín, fue propagada por Pedro Lombardo: los niños pequeños no sufren otra pena que la privación de la visión beatífica de Dios. [46] Esta posición condujo la reflexión teológica del siglo trece a asignar a los niños no bautizados un destino esencialmente diferente de aquel de los santos en el cielo pero también particularmente diferente de aquel que tienen los rechazados con los que de ningún modo están asociados. Esto no impidió que los teólogos medievales mantuvieran la existencia de dos (y no tres) posibles salidas para la existencia humana: la felicidad del cielo para los santos, y la privación de esta felicidad celestial para los condenados y para los niños que mueren sin bautizar. En el desarrollo de la doctrina medieval, la pérdida de la Visión Beatífica ( poena damni ) se entendía ser castigo apropiado para el pecado original, mientras que “los tormentos del infierno eterno” constituían el castigo para los pecados mortales cometidos de hecho. [47 ] En la Edad Media , el magisterio eclesiástico afirmó más de una vez que aquellos “que mueren en pecado mortal” y aquellos que mueren “con el pecado original solamente” reciben “diferentes castigos”. [48]

23. Porque los niños antes de la edad de la razón no han cometido pecado de hecho, los teólogos llegaron a la visión común que esos niños sin bautizar no sienten castigo en absoluto, o incluso que disfrutan una total felicidad natural a través de su unión con Dios en todos los bienes naturales (Tomás de Aquino, Duns Scoto). [49] La contribución de esta última tesis consiste especialmente en el reconocimiento de una auténtica alegría entre los niños que mueren sin el Bautismo sacramental: Poseen una verdadera forma de unión con Dios proporcionada a su condición. La tesis permanece dentro de una cierta vía de concepto de la relación entre los órdenes natural y sobrenatural, y, en particular, la orientación hacia lo sobrenatural; no se debe confundir, sin embargo, con el más reciente desarrollo de la idea de “naturaleza pura”. Tomás de Aquino, por ejemplo, insistió que la fe sola nos permite conocer que el fin sobrenatural de la vida humana consiste en la gloria de los Santos, esto es, en la participación en la vida de Dios Trino a través de la visión beatífica. Toda vez que este fin sobrenatural transciende el conocimiento humano natural, y toda vez que los niños sin bautizar carecen del sacramento que les hubiera dado la semilla de tal conocimiento sobrenatural, Aquino concluyó que los niños que mueren sin el Bautismo no conocen aquello de lo que han sido privados, y por tanto no sufren por la privación de la visión beatífica. [50] Incluso cuando adoptaron tal visión, los teólogos consideraron la privación de la visión beatífica como una aflicción (“castigo”) dentro de la economía divina. La doctrina teológica de una “felicidad natural” (y la ausencia de cualquier sufrimiento) se puede entender como un intento de contar con la justicia y misericordia de Dios que tiene consideración por los niños que no han cometido ninguna falta real, dando así más peso a la misericordia de Dios que en la visión de San Agustín. Los teólogos que mantuvieron esta tesis de una felicidad natural para los niños que murieron sin el Bautismo manifiestan un sentido muy vivo de la gratuidad de la salvación y del misterio de la voluntad de Dios que el pensamiento humano no puede abarcar plenamente.

24. Los teólogos que enseñaron de una forma o de otra, que los niños sin bautizar son privados de la visión de Dios generalmente mantuvieron al mismo tiempo una doble afirmación: a) Dios quiere que todos se salven, y b) Dios, que quiere que todos se salven, quiere igualmente los dones y los medios que él mismo ha establecido para esta salvación y que nos lo ha dado a conocer por su revelación. La segunda afirmación, por sí misma, no excluye otras disposiciones de la economía divina (como es claro, por ejemplo, en el testimonio de los Santos Inocentes). Así en la expresión “Limbo de los Niños”, que se olvidó en el cambio del siglo 12 – 13, para designar “lugar de descanso” de tales niños (el “borde” de la región inferior). Sin embargo los teólogos podían discutir esta cuestión sin usar la palabra “Limbo”. Sus doctrinas no se deberían confundir con el uso de la palabra “Limbo”.

25. La principal afirmación de estas doctrinas está en que aquellos que no fueron capaces de un acto libre por el que pudieran acceder a la gracia, y quienes murieron sin haber sido regenerados por el sacramento del Bautismo, son privados de la visión de Dios a causa del pecado original que heredaron a través de la generación humana.

1.5. La Era Moderna y Post-tridentina

26. El pensamiento de Agustín disfrutó de un renacimiento en el siglo XVI, y con él su teoría que trata sobre el destino de los niños no bautizados, como, por ejemplo, da testimonio Roberto Belarmino. [51] Una consecuencia de este resurgimiento del Agustinismo fue el Jansenismo. Junto con teólogos Católicos de la escuela agustiniana, los jansenistas se opusieron rotundamente a la teoría del limbo. Durante este período los papas (Pablo III, Benedicto XIV, Clemente XIII) [52] defendieron el derecho de los católicos a enseñar la severa opinión de Agustín que los niños que mueren sólo con el pecado original sólo son condenados y castigados con el tormento perpetuo del fuego del infierno, aunque con la “más pequeña pena” (Agustín) comparada con la que era sufrida por adultos que fueron castigados por sus pecados mortales. Por otro lado, cuando el sínodo jansenista de Pistoya (1786) denunció la teoría medieval del “Limbo”, Pío VI defendió el derecho de las escuelas católicas a enseñar que aquellos que murieron con la culpa del pecado original solamente son castigados con la carencia de la Visión Beatífica (“castigo de privación”), pero no con penas sensibles (el castigo del “fuego”). En la Bula “Auctorem fidei” (1794), el Papa condenó como “falsa, imprudente, injuriosa a las escuelas católicas” la enseñanza jansenista “que rechaza como una fábula pelagiana [fábula pelagiana] ese lugar en las más bajas regiones (que los fieles llaman el “Limbo de los Niños”) en el que las almas de aquellos que parten con la sola culpa del pecado original son castigadas con el castigo de los condenados, sin la pena del fuego, justamente como si quienquiera que quita el castigo del fuego de ese modo introduce ese lugar medio y estado libre de culpa y de castigo entre el Reino de Dios y el daño eterno del que los pelagianos hablan ociosamente”. [53] Así que la intervención papal durante este período protegió la libertad de las escuelas católicas para luchar contra esta cuestión. Ellos no aprobaron la teoría del Limbo como una doctrina de fe. El Limbo, sin embargo, fue la enseñanza común católica hasta la mitad del siglo XX.

1.6. Desde el Vaticano I hasta el Vaticano II

27. Antes del Concilio Vaticano Primero, y de nuevo antes de Concilio Vaticano Segundo, había un fuerte interés en algunos ambientes por definir la doctrina católica en esta materia. Este interés fue evidente en el esquema revisado de la constitución dogmática De doctrina católica , preparada por el Concilio Vaticano Primero (pero no votada por el Concilio), que presentó el destino de los niños que murieron sin el Bautismo como entre aquel de los condenados, por un lado, y aquel de las almas del purgatorio y de los bienaventurados, por otro lado: “Etiam qui cum solo originali peccato mortem obeunt, beata Dei visione in perpetuum carebunt” [54] En el siglo XX, sin embargo, los teólogos buscaron el derecho de imaginar nuevas soluciones incluyendo la posibilidad que la plena salvación de Cristo alcance a esos niños. [55]

28. En la fase preparatoria del Vaticano II, existía el deseo por parte de algunos de que el Concilio afirmara la doctrina común que los niños no bautizados no pueden alcanzar la Visión Beatífica , y así cerrar la cuestión. La Comisión Central preparatoria, que era consciente de los muchos argumentos en contra de la doctrina tradicional y de la necesidad de proponer una solución de acuerdo con el desarrollo del sensus fidelium se opuso a este movimiento. Porque se había pensado que la reflexión teológica sobre esta materia no estaba aún madura, la cuestión no fue incluida en la agenda del Concilio; no entró en las deliberaciones del Concilio y se dejó abierta para investigación futura. [56] La cuestión levantó un número de problemas cuyo resultado se ha debatido entre los teólogos, en modo particular: la situación de la enseñanza tradicional de la Iglesia que atañe a los niños que mueren sin el Bautismo; la ausencia de una indicación explícita en la Escritura Santa sobre este punto; la conexión entre el orden natural y la vocación sobrenatural de los seres humanos; el pecado original y la universal voluntad salvífica de Dios; y las “sustituciones” por el Bautismo sacramental que se pueden invocar para los niños.

29. La creencia de la Iglesia Católica de que el Bautismo es necesario para la salvación fue poderosamente expresada en el Decreto para los Jacobitas en el Concilio de Florencia en 1442: “No hay otro camino para llegar al auxilio (de los niños pequeños) que el sacramento del Bautismo por el que son arrebatados del poder del diablo y adoptados como hijos de Dios”. [57] Esta enseñanza implica una percepción muy intensa del favor divino mostrado en la economía sacramental instituida por Cristo; la Iglesia no conoce ningún otro camino que dé ciertamente a los niños el acceso a la vida eterna. Sin embargo, la Iglesia tradicionalmente ha reconocido también algunas sustituciones del Bautismo de agua (que es la incorporación sacramental dentro del misterio de Cristo muerto y resucitado), a saber, el Bautismo de sangre (incorporación a Cristo por el testimonio de los mártires por Cristo) y el Bautismo de deseo (incorporación a Cristo por el deseo o hambre por el Bautismo Sacramental). Durante el siglo XX, algunos teólogos, desarrollando las tesis teológicas verdaderas más antiguas, propusieron reconocer para los niños o una cierta clase de Bautismo de sangre (tomando en consideración el sufrimiento y la muerte de estos niños), o una cierta clase de Bautismo de deseo (invocando un “inconsciente deseo” por el Bautismo en aquellos niños orientados hacia la justificación, o el deseo de la Iglesia ). [58] Sin embargo, las propuestas invocando una especie de Bautismo de deseo o Bautismo de sangre, conllevaron ciertas dificultades. Por un lado, el acto de deseo de un adulto por el Bautismo apenas se puede atribuir a los niños. Un niño es apenas capaz de suplir totalmente el acto personal plenamente libre y responsable que constituiría una sustitución del sacramento del Bautismo; tal acto del todo libre y responsable está enraizado en el juicio de la razón y no se puede propiamente realizar antes de que la persona humana haya alcanzado un uso de razón suficiente y apropiado ( aetas discretionis : edad de la discreción). Por otro lado es difícil entender cómo la Iglesia podría propiamente “suplir” por los niños sin bautizar. El caso del Bautismo Sacramental, por el contrario, es totalmente diferente porque el Bautismo sacramental, administrado a los niños, obtiene la gracia en virtud de la que es específicamente propia al sacramento como tal, esto es, un cierto don de regeneración por el poder de Cristo mismo. Esto es por lo que el Papa Pío XII, haciendo presente la importancia del Bautismo sacramental, expuso en la “Alocución a las Matronas Italianas” en 1951: “El estado de gracia es absolutamente necesario para la salvación: sin él la felicidad sobrenatural, la visión beatífica de Dios, no se puede obtener. En un adulto un acto de amor puede bastar para obtener para él la gracia santificante y así suplir la carencia del Bautismo; para el niño todavía no nacido, o apenas nacido, esta vía no está abierta”. [59] Esto motivó entre los teólogos a una reflexión renovada sobre las disposiciones de los niños con respecto a la recepción de la gracia divina, sobre la posibilidad de una configuración extra-sacramental a Cristo, y sobre la posibilidad maternal de la Iglesia.

30. Es igualmente necesario notar, entre las cuestiones debatidas con una relación sobre esta materia, aquello de la gratuidad del orden sobrenatural. Antes del Concilio Vaticano Segundo, en otras circunstancias y teniendo en cuenta otras cuestiones, Pío XII había traído con vigor esto al conocimiento de la Iglesia explicando que se destruye la gratuidad del orden sobrenatural si se afirma que Dios no pudiera crear seres inteligentes sin ordenarlos y llamarlos a la Visión Beatífica. [60] La bondad y la justicia de Dios no implican que la gracia se dé necesaria y “automáticamente”. Entonces entre los teólogos la reflexión sobre el destino de niños no bautizados implicó desde ese tiempo hacia delante una consideración renovada de la gratuidad absoluta de la gracia, y de la ordenación de todos los seres humanos a Cristo y a la redención que él ganó para nosotros.

31. Sin responder directamente a la cuestión del destino de los niños no bautizados el Concilio Vaticano Segundo trazó muchas vías para guiar la reflexión teológica. El Concilio señaló muchas veces la universalidad de la voluntad salvadora de Dios que se extiende a todas las personas (1Tim 2, 4). [61] Todos “participan un común destino, a saber, Dios. Su providencia, bondad evidente, y los designios salvadores se extienden a toda la humanidad”. ( NA 1 cf LG 16) En un rasgo más particular, presentando una concepción de la vida humana fundada sobre la dignidad del ser humano creado a imagen de Dios, la constitución Gaudium et Spes recalca que “la dignidad humana descansa sobre todo en el hecho de que la humanidad es llamada a la comunión con Dios”, especificando que “la invitación a dialogar con Dios se dirige a los hombre y a las mujeres tan pronto como nacen” ( GS 19). Esta misma constitución proclama con fuerza que solo en el misterio de la Palabra Encarnada toma luz el misterio del ser humano. Además, existe la renombrada declaración del Concilio que afirma: “desde que Cristo murió por todos, y desde que todos están de hecho llamados a un único y mismo destino, que es divino, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de ser hechos partícipes, en el camino conocido por Dios, del misterio pascual” (GS 22). Aunque el concilio no aplicó expresamente esta enseñanza a los niños que mueren sin el Bautismo, estos pasajes abren una vía a dar razón de esperanza a su favor. [62]

1.7. Conclusiones de naturaleza hermenéutica

32. El estudio de la historia muestra una evolución y un desarrollo de la enseñanza católica que afecta al destino de los niños que mueren sin el Bautismo. Este progreso compromete algunos principios doctrinales fundamentales que continúan permanentes, y algunos elementos secundarios de valor desigual. En efecto, la revelación no comunica directamente de manera explícita el conocimiento del plan de Dios para los niños no bautizados, pero ilumina a la Iglesia al considerar los principios de fe que deben guiar su pensamiento y su práctica. Una lectura teológica de la historia de la enseñanza católica hasta el Vaticano Segundo enseña en particular que tres afirmaciones principales que pertenecen a la fe de la Iglesia aparecen en el núcleo del problema del destino de los niños no bautizados. (i) Dios quiere que todos los hombres se salven. (ii) Esta salvación se da sólo por la participación en el misterio pascual de Cristo, esto es, a través del Bautismo para el perdón de los pecados, ya sacramental, o en alguna otra vía. Los seres humanos, incluyendo los niños, no se pueden salvar a no ser por la gracia de Cristo derramada por el Espíritu Santo. (iii) Los niños no entrarán en el Reino de Dios sin haber sido librados del pecado original por la gracia redentora.

33. La historia de la Teología y de la enseñanza del magisterio enseñan en particular un desarrollo que afecta a la manera de entender la voluntad salvadora universal de Dios. La tradición teológica del pasado (la antigüedad, la Edad Media , el comienzo de los tiempos modernos), en particular la tradición agustiniana, presenta muchas veces lo que por comparación con los desarrollos modernos de la teología hubiera parecido ser una concepción “restrictiva” de la universalidad de la voluntad salvadora de Dios. [63] En la investigación teológica, la percepción de la voluntad divina de salvar como “cuantitativamente” universal es relativamente reciente. En el nivel del magisterio, esta percepción más amplia se afirmó progresivamente. Sin señalar una fecha exactamente, uno puede observar que apareció muy claramente en el siglo XIX, especialmente en la enseñanza de Pío IX sobre la salvación posible de aquellos que sin culpa por su parte, fueron inconscientes de la fe católica: aquellos que “llevaron una vida virtuosa y justa, pueden, con la ayuda de la luz y gracia divina, obtener la vida eterna; porque Dios, que entiende perfectamente, escudriña y conoce las mentes, las almas, pensamientos y hábitos de todos, en su grandísima bondad y paciencia, no permitirá a ninguno que no es culpable de una falta voluntaria ser castigado con los tormentos eternos”. [64] Esta integración y maduración en la doctrina católica mientras tanto motivó una reflexión renovada sobre los caminos posibles de salvación para los niños sin bautizar.

34. En la Tradición de la Iglesia , la afirmación que los niños que murieron sin bautizar son privados de la visión beatífica ha sido durante mucho tiempo “doctrina común”. Esta doctrina común continuó sobre una cierta vía de reconciliar los principios recibidos de la revelación, pero no poseyó la certeza de una declaración de fe, o la misma certeza como otras afirmaciones cuyo rechazo supondría la negación de un dogma divinamente revelado o de una enseñanza proclamada por un acto definitivo del magisterio. El estudio de la historia de la reflexión de la Iglesia sobre esta materia enseña que es necesario hacer distinciones. En este sumario distinguimos primeramente las declaraciones de fe y lo que pertenece a la fe; en segundo lugar, la doctrina común; y en tercero, la opinión teológica.

35. a) La interpretación pelagiana del acceso de los niños no bautizados a “la vida eterna” debe ser considerada como contraria a la fe católica.

36. b) La afirmación que “el castigo del pecado original es la pérdida de la visión beatífica”, formulada por Inocencio III, [65] pertenece a la fe; el pecado original es por sí mismo un impedimento para la visión beatífica. La gracia es necesaria en orden a ser purificados del pecado original y ser elevados a la comunión con Dios de manera que estemos capacitados para entrar en la vida eterna y disfrutar de la visión de Dios. Históricamente la doctrina común aplicó esta afirmación al destino de los niños no bautizados y concluyó que estos niños carecen de la visión beatífica. Pero la enseñanza del Papa Inocencio, en su contenido de fe, no necesariamente implica que los niños que mueren sin el bautismo sacramental estén privados de la gracia y condenados a la perdida de la visión beatífica; esto nos permite esperar que Dios que quiere que todos se salven, provea algún remedio misericordioso para su purificación del pecado original y su acceso a la visión beatífica.

37. c) En los documentos del magisterio en la Edad Media , la mención de “diferentes castigos” para aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el pecado original (“En cuanto a las almas de aquellos que mueren en pecado mortal o con solo el pecado original, van inmediatamente al infierno para ser castigadas, aunque con diferentes castigos”) [66] se debe interpretar de acuerdo con la enseñanza común de la época. Históricamente, estas afirmaciones se han aplicado ciertamente a los niños no bautizados, con la conclusión que estos niños sufren el castigo del pecado original. Se debe observar sin embargo que, en general, la finalidad de estos pronunciamientos de la Iglesia no fue sobre la ausencia de salvación para los niños no bautizados, sino sobre la inmediatez del juicio particular después de la muerte y del destino de las almas al cielo o al infierno. Estas declaraciones magisteriales no obligan a pensar que estos niños necesariamente mueren con el pecado original, de manera que no hubiera otra vía de salvación para ellos.

38. d) La Bula “Auctorem fidei” del Papa Pío VI no es una definición dogmática de la existencia del Limbo: la Bula papal se limita a rechazar el ataque jansenista que el “Limbo” enseñado por los teólogos escolásticos es idéntico con la “vida eterna” prometida a los niños no bautizados por el antiguo Pelagio. Pío VI no condenó a los jansenistas porque negaron el Limbo, sino porque mantuvieron que los defensores del Limbo fueron culpables de la herejía de Pelagio. Manteniendo la libertad de las escuelas católicas al proponer diferentes soluciones al problema del destino de los niños no bautizados, la Santa Sede defendió la enseñanza común como una opción aceptable y legítima, sin rubricarla.

39. e) “ La Alocución de Pío XII a las Comadronas Italianas”, [67] que establece que aparte del Bautismo “no hay otros medios de comunicar la vida (sobrenatural) al niño que no tiene el uso de razón”, expresó la fe de la Iglesia teniendo en cuenta la necesidad de la gracia para alcanzar la visión beatífica y la necesidad del Bautismo como medio para recibir tal gracia. [68] La especificación que los niños (no adultos) no están capacitados para actuar en su propio provecho, esto es, son incapaces de un acto de razón y libertad que pudiera “suplir por el Bautismo” no constituyó un pronunciamiento en el contexto de las teorías teológicas de la época y no prohibió la búsqueda teológica de otros caminos de salvación. Pío XII señaló además los límites dentro de los que el debate puede tener lugar y reafirmó firmemente la obligación moral de procurar el Bautismo a los niños en peligro de muerte.

40. En resumen: la afirmación que los niños que mueren sin el Bautismo sufren la privación de la visión beatífica ha sido durante mucho tiempo doctrina común de la Iglesia , que se debe distinguir de la fe de la Iglesia. En cuanto a la teoría de que la privación de la visión beatífica es su solo castigo, para la exclusión de cualquier otra pena, esta es opinión teológica, a pesar de su larga aceptación en el Occidente. La tesis teológica particular concerniente a una “felicidad natural” atribuida algunas veces a estos niños también constituyó opinión teológica.

41. Por tanto, además de la teoría del Limbo (que permanece como una posible opinión teológica) pueden haber otros caminos para integrar y salvaguardar los principios de la fe cimentados en la Escritura : la creación del ser humano en Cristo y su vocación a la comunión con Dios; la voluntad universal salvífica de Dios, la transmisión y las consecuencias del pecado original; la necesidad de la gracia en orden a entrar en el Reino de Dios y alcanzar la visión de Dios; la unidad y universalidad de la mediación salvadora de Cristo Jesús; y la necesidad del Bautismo para la salvación. Estos otros caminos no se logran modificando los principios de la fe, o elaborando hipotéticas teorías; es más, ellos buscan una integración y reconciliación coherente de los principios de la fe bajo la guía del magisterio eclesiástico, dando más peso a la universal voluntad salvífica de Dios y a la solidaridad en Cristo (cf. GS 27) en orden a contar con la esperanza que los niños que mueren sin el Bautismo podrían disfrutar de la vida eterna en la visión beatífica. Manteniendo con el principio metodológico que lo que es menos conocido se debe investigar por la vía de lo que es mejor conocido, aparece que el punto de partida para considerar el destino de estos niños debería ser la voluntad salvífica de Dios, la mediación de Cristo y el don del Espíritu Santo, y una consideración de la condición de los niños que reciben el bautismo y se salvan a través de la acción de la Iglesia en el nombre de Cristo. El destino de los niños no bautizados sigue siendo, sin embargo, un caso límite bajo el aspecto de búsqueda teológica: los teólogos deberían pensar en la perspectiva apofática de los Padres Griegos.

2. Inquirere vias Domini:

Buscando distinguir los caminos de Dios – Principios teológicos

42. Toda vez que la materia en consideración se refiere a un tema para el que no hay una respuesta explícita directamente disponible desde la revelación como expresada en la Sangrada Escritura y la Tradición , el creyente católico debe recurrir a unos ciertos principios teológicos subyacentes que la Iglesia , y específicamente el magisterio, guardián del depósito de la fe, ha articulado con la ayuda del Espíritu Santo. Como el Vaticano II afirma: “En la doctrina católica existe un orden o “jerarquía” de verdades puesto que varían en su relación con el fundamento de la fe cristiana” ( UR 11). Ningún ser humano puede en última instancia salvarse a sí mismo o a sí misma. La salvación viene sólo de Dios el Padre a través de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta verdad fundamental (de la “absoluta necesidad” del acto salvador de Dios hacia los seres humanos) ha sido expuesta en la historia a través de la mediación de la Iglesia y su ministerio sacramental. El ordo tractandi que adoptaremos aquí sigue al ordo salutis , con una excepción: hemos puesto la dimensión antropológica entre las dimensiones trinitaria y eclesiológica-sacramental.

2.1. La voluntad universal salvadora de Dios como realizada a través de la única mediación de Jesucristo en el Espíritu Santo.

43. En el contexto de la discusión sobre el destino de aquellos niños que mueren sin el Bautismo, el misterio de la voluntad universal salvífica de Dios es un principio fundamental y central. La profundidad de este misterio es reflejado en la paradoja del amor divino que se manifiesta como universal y preferencial.

44. En el Antiguo Testamento, Dios es llamado el salvador del pueblo de Israel (cf. Ex 6, 6; Dt 7, 8; 13, 5; 32, 15; 33, 29; Is 41, 14; 43, 14; 44, 24; Sal 78; 1Mac 4, 30). Pero su amor preferencial por Israel tiene un campo preferencial, que se extiende a los individuos (cf.2 Sam 22,18,44,49: Sal 25, 5; 27, 1), y a todos los seres humanos: “Tú amas todo lo que existe, y no sientes repugnancia por ninguna de las cosas que has hecho, porque tú no hubieras hecho nada si tú lo hubieras odiado” (Sab 11, 24). A través de Israel las naciones gentiles encontrarán la salvación (cf. Is 2, 1-4; 42, 1; 60, 1-14). “Yo os enviaré como una luz a las naciones, para que mi salvación pueda alcanzar hasta el fin de la tierra (Is 49, 6).

45. Este amor preferencial y universal de Dios se entrelaza y realiza de una manera única y ejemplar en Jesucristo, que es el único Salvador de todo (cf. Act 4, 12), pero particularmente de cualquiera que se hace pequeño o humilde ( tapeinôsei ) como “un niño”. En verdad, así Jesús, que es manso y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), mantiene una afinidad misteriosa y solidaria con ellos (cf. Mt 18, 3-5; 10, 40-42; 25, 40, 45). Jesús afirma que el cuidado de estos pequeños es confiado a los ángeles de Dios (cf. Mt 18, 10). “Así no es la voluntad de mi Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18, 14). Este misterio de su voluntad, de acuerdo con el beneplácito del Padre, [69] es revelado a través del Hijo [70] y distribuido por el don del Espíritu Santo. [71]

46. La universalidad de la voluntad salvadora de Dios Padre como realizada a través de la única y universal mediación de su Hijo, Jesucristo, se expresa plenamente en la primera carta a Timoteo: “Esto es bueno y aceptable a la mirada de Dios nuestro Salvador, que quiere ( thelei ) que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque hay un único Dios, y hay un único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo como rescate por todos, testimonio para el que nació en el tiempo apropiado” (1Tim 2, 3-6). La enfática reiteración de “todos” (vv. 1, 4, 6), y la justificación de esta universalidad en la base de la unidad de Dios y de su mediador que él mismo es un hombre, sugiere que nadie es excluido de su voluntad salvífica. En la medida que es el objeto de súplica (cf. 1Tim 2, 1), esta voluntad salvadora ( thelèma ) se refiere a una voluntad que es sincera por parte de Dios, pero, a veces, es resistida por los seres humanos. [72] Por lo tanto necesitamos pedir a nuestro Padre de los Cielos que su voluntad ( thelèma ) pueda hacerse en la tierra como se hace en el Cielo (cf. Mt 6, 10).

47. El misterio de esta voluntad, revelado a Pablo como “el más pequeño de todos los santos” (Ef 3, 8 y ss), tiene sus raíces en el propósito del Padre de hacer a su único Hijo no sólo “el primer nacido entre muchos hermanos” (Rom 8, 20) sino también “el primer nacido de toda la creación… [y] de la muerte” (Col 1, 15, 18). Esta revelación permite a uno descubrir en la mediación del Hijo dimensiones universales y cósmicas, que superan todas las divisiones (cf. GS 13). Con respecto a la universalidad de la humanidad, la mediación del Hijo vence (i) las diversas divisiones culturales, sociales y de género: “ya no hay judío ni griego… ni esclavo ni libre… ni hombre ni mujer” (Gal 3, 28); y (ii) las divisiones causadas por el pecado, tanto internas como interpersonales (cf. Ef 2, 14): “Así como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de un solo hombre muchos serán hechos justos” (Rom 5, 19). Con respecto a las divisiones cósmicas, Pablo explica que “Porque en él se dignó habitar toda la plenitud de Dios, y a través de él reconciliar consigo todas las cosas, así en la tierra como en los cielos, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1, 19-20). Ambas dimensiones son traídas juntas en la carta a los Efesios (1, 7-10): “En él tenemos la redención por su sangre, el perdón de nuestros pecados… de acuerdo con su propósito que él ha expuesto en Cristo… de unir todas las cosas en [Cristo], en los cielos y en la tierra”.

48. Ciertamente no vemos todavía la plenitud de este misterio de salvación, “porque en esta esperanza fuimos salvados” (Rom 8, 24). En verdad el Espíritu Santo testifica que no se ha realizado aún, y al mismo tiempo anima a los cristianos orar y esperar por la resurrección final: “Sabemos que toda la creación gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no solo la creación, sino nosotros mismos, que tenemos los primeros frutos del Espíritu, gemimos interiormente mientras esperamos por la adopción como hijos, la redención de nuestros cuerpos… Del mismo modo, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque nosotros no sabemos cómo pedir según conviene, sino el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 22ss., 26). Por tanto el gemido del Espíritu no sólo ayuda nuestras oraciones sino que abarca por así decirlo las penas de todos los adultos, de todos los niños, de toda la creación. [73]

49. El Sínodo de Quiercy (853) dice: “Dios todopoderoso desea que todos los hombre sin excepción se salven (1Tim 2, 4), aunque no todos se salvan. Sin embargo el hecho de que algunos se salvan es un don del Salvador, mientras que el hecho que otros perezcan es culpa de aquellos que perecen”. [74] Deletreando las implicaciones positivas de esta declaración bajo el aspecto de la solidaridad universal de todos en el misterio de Jesucristo, el sínodo afirma además que: “Como no hay hombre que haya existido, existe o existirá, cuya naturaleza no haya sido asumida en él (el Señor Jesucristo), así no hay uno que existió, existe o existirá, por el que no haya sufrido, incluso no todos (objetivamente) son redimidos por su pasión” [75]

50. Esta convicción cristocéntrica ha encontrado toda su expresión a través de la tradición católica. San Ireneo, por ejemplo, cita el texto paulino afirmando que Cristo volverá “para unir todas las cosas en él” (Ef 1, 10) y que toda rodilla se doblará en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra y que toda lengua confesará que Jesucristo es Señor. [76] Sobre esta parte, Santo Tomás de Aquino, una vez más basándose en el texto paulino, tiene esto que decir: “Cristo es el Mediador perfecto de Dios y de los hombres por razón de que él ha reconciliado por su muerte el género humano con Dios”. [77]

51. Los documentos del Vaticano II, no sólo citan el texto Paulino en su integridad (cf. LG 60, AG 7), sino también se refieren a él (cf. LG 49), y además repetidamente usan la designación Unicus Mediator Christus ( LG 8, 14, 62). Esta afirmación central de la fe cristológica encuentra también expresión en el magisterio papal postconciliar: “Y no hay salvación en ningún otro, porque no hay ningún otro nombre dado bajo los cielos entre los hombres por el que debemos ser salvos” (Act 4, 12). Esta declaración… tiene valor universal, desde que para todos los pueblos… la salvación sólo puede venir desde Jesucristo”. [78]

52. La Declaración Dominus Jesús sucintamente concretó la convicción y posición católica: “Se debe creer como una verdad de la fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios único y trino es ofrecida y llevada a cabo de una vez y para todos en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios”. [79]

2.2 La universalidad del pecado y la necesidad universal de salvación

53. La voluntad universal salvífica de Dios por Jesucristo, en una misteriosa relación con la Iglesia , se orienta a todos los hombres, que, de acuerdo a la fe de la Iglesia , son pecadores con necesidad de salvación. Ya en el Antiguo Testamento, la naturaleza totalmente impregnada del pecado humano se menciona en casi todos los libros. El libro del Génesis afirma que el pecado no encontró su origen en Dios sino en los seres humanos, porque Dios creó todo y vio que era bueno (cf Gn 1, 31). Desde el momento que el género humano empezó a aumentar sobre la tierra, Dios debió contar con el pecado de la humanidad: “El Señor vio que la maldad del hombre era grande en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón eran sólo el mal continuamente”. Estaba incluso “triste porque había hecho al hombre sobre la tierra”, y ordenó un diluvio para destruir toda cosa viviente, excepto Noé que encontró favor a sus ojos (cf. Gn 6, 5-7). Pero incluso el diluvio no cambió la inclinación humana al pecado: “No maldeciré nunca más la tierra a causa del hombre, porque el deseo del corazón del hombre es perverso desde su juventud” (Gn 8, 21). Los escritores del Antiguo Testamento están convencidos que el pecado está profundamente enraizado y omnipresente en la humanidad (cf. Prov 20, 9; Ecl 7, 20.29). De aquí las frecuentes peticiones por la indulgencia de Dios, como en el Salmo 143, 2: ”No entres en juicio con mi siervo; porque ningún hombre viviente es justo ante ti”, o en la oración de Salomón: “Si ellos pecan contra ti – porque no hay hombre que no peque - … si se arrepienten con todo su pensamiento y con todo su corazón… entonces escucha tú en el cielo lugar de tu morada su oración… y perdona a tu pueblo que pecó contra ti” (1 Re 8, 46ss.). Hay algunos textos que hablan del pecado desde el nacimiento. El salmista afirma: “Considera, he sido engendrado en la iniquidad, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 55, 7). Y la declaración de Elifaz: “¿Qué es el hombre, que puede ser limpio? ¿O el nacido de mujer, que puede ser justo?” (Job 15, 14: cf. 25, 4), está de acuerdo con las propias convicciones de Job (cf. Job 14, 1-4) y con las de los otros escritores bíblicos (cf. Sal 58, 3; Is 48, 8). En la literatura de la Sabiduría hay incluso un principio de reflexión sobre los efectos del pecado de los antepasados, Adán y Eva, sobre la totalidad de la humanidad: “Pero a través de la envidia del diablo la muerte entró en el mundo, y aquellos que pertenecen a su partido la experimentan” (Sab 2, 24; “Por el pecado de la mujer tuvo su principio, y a causa de ella todos nosotros morimos” (Sir 25, 24). [80]

54. Para Pablo, la universalidad de la redención traída por Jesucristo encuentra su contrapartida en la universalidad del pecado. Cuando Pablo en su carta a los Romanos afirma “que todos, judíos y gentiles, están bajo el poder del pecado” (Rom 3, 9) [81 ] y que nadie puede ser excluido de este juicio universal, él basa naturalmente esto en la Escritura : “Como está escrito: nadie es justo, no, ni uno; nadie entiende, nadie busca a Dios. Todos se han extraviado, todos han ido al mal; nadie hace el bien, ni siquiera uno” (Rom 3, 10-12 citando el Ecl 7, 20 y el Sal 14, 1-3 que es idéntico al Sal 53, 1-3). Por un lado, todos los seres humanos son pecadores y necesitan ser liberados a través de la muerte redentora y resurrección de Jesucristo, el nuevo Adán. No las obras de la Ley , sino sólo la fe en Jesucristo puede salvar a la humanidad, judíos y gentiles. Por otro lado, la condición pecadora de la humanidad está unida al pecado del primer hombre, Adán. Esta solidaridad con el primer hombre, Adán, se expresa en dos textos paulinos: 1 Cor 15, 21 y especialmente Rom 5, 12: “En consecuencia así como el pecado entró en el mundo por un solo hombre y la muerte por el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombre porque [Gr. Eph´hô : otra posible traducción ´sobre la base de que` o ´con el resultado que`] [82] todos los hombres pecaron…” En este anacoluto…, la primera causalidad para la condición pecadora y mortal de la humanidad se atribuye a Adán, ninguna razón por la que uno entiende la frase eph´hô. La causalidad universal del pecado de Adán se propone en Rom 5, 15ª, 17ª, 18ª y claramente expresado en 5, 19ª: “por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron hechos pecadores”. Sin embargo, Pablo nunca explica cómo el pecado de Adán se transmite. Contra Pelagio, que pensó que Adán influyó en la humanidad por darle mal ejemplo, Agustín objetó que el pecado de Adán fue transmitido por generación o herencia, y por tanto llevó la doctrina del “pecado original” a su expresión clásica. [83] Bajo la influencia de Agustín, la Iglesia Occidental casi unánimemente interpretó Rom 5, 12 en el sentido de “pecado” hereditario. [84]

55. Siguiendo esto, el Concilio de Trento en su Quinta Sesión (1546), definió: “Si alguien afirma que el pecado de Adán sólo le dañó a él y no a sus descendientes y que la felicidad y justicia recibida de Dios que él perdió fueron perdidas sólo para él y no para nosotros también; o que, manchado por el pecado de desobediencia, transmitió a toda la humanidad sólo la muerte y los sufrimientos del cuerpo pero no el pecado que es también la muerte del alma, sea anatema” . Por tanto, él contradice las palabras del apóstol: “El pecado entró en el mundo por un hombre y la muerte por el pecado, y así [la muerte] se extendió a todos de modo que todos los hombres pecaron en el” [Rom 5, 12 vulg .]. [85]

56. Como El Catecismo de la Iglesia Católica lo pone: “La doctrina del pecado original es, por así decirlo, el ´lado contrario` de la Buena Nueva que Jesús es el salvador de todos los hombres, que todos necesitan la salvación y que la salvación se ofrece a todos por Cristo. La Iglesia , que tiene el espíritu de Cristo, sabe muy bien que no podemos alterar la revelación del pecado original sin socavar el misterio de Cristo”. [ 86]

2.3. La necesidad de la Iglesia

57. La tradición católica ha afirmado constantemente que la Iglesia es necesaria para la salvación como mediación histórica de la obra redentora de Jesucristo. Esta convicción encontró su expresión clásica en el adagio de San Cipriano: “ Salus extra Ecclesiam non est ”. [87] El Concilio Vaticano Segundo ha reiterado esta convicción de fe: “Basándose en la Escritura y Tradición, (el concilio) enseña que la Iglesia , peregrina ahora en la tierra, es necesaria para la salvación: solo Cristo es mediador y camino de salvación; él está presente para nosotros en su cuerpo que es la Iglesia. Él mismo afirmó explícitamente la necesidad de la fe y del Bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), y de ese modo confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia en la que los hombres entran por el Bautismo como por una puerta. Por tanto no podrán ser salvos quienes, conociendo que la Iglesia Católica fue fundada como necesaria por Dios a través de Cristo, rehusaran entrar en ella, o perseverar en ella” ( LG 14). El Concilio expone el misterio de la Iglesia extensamente: “ La Iglesia , en Cristo, es como [un] sacramento, o sea, - un signo e instrumento de comunión con Dios y de unidad entre los hombres” ( LG 1); “justamente como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres” ( LG 8). “Saliendo de la muerte (cf. Rom 6, 9) él (Cristo) envió su Espíritu dador de vida sobre sus discípulos y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia como sacramento universal de salvación” ( LG 48). Lo que es llamativo en estas citas es el alcance universal del papel mediador de la Iglesia en la salvación ministerial de Dios: “la unidad entre todos los hombres”, “salvación de [todos] los hombres”, “sacramento universal de salvación”.

58. Ante los nuevos problemas y situaciones y de una interpretación exclusiva del dicho: “ Salus extra Ecclesiam no est ”, [88] el magisterio ha articulado recientemente una interpretación más matizada de modo que se puede realizar una relación salvadora con la Iglesia. La Alocución del Papa Pío IX, Singulari Quadam (1854) establece claramente las conclusiones implicadas: “Por consiguiente, se debe mantener como una materia de fe que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede ser salvo, que la Iglesia es la única arca de salvación, y que cualquiera que no entre en ella, perecerá en el diluvio. Por otro lado, se debe mantener igualmente como verdadero que aquellos que viven en la ignorancia de la verdadera religión, si tal ignorancia es invencible, no están sujetos a ninguna culpa en esta materia ante los ojos del Señor”. [89]

59. La carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston (1949) ofrece ulteriores especificaciones. “Para ganar la salvación eterna, no siempre se requiere que una persona esté incorporada en realidad (reapse) como un miembro de la Iglesia , sino que es necesario que uno pertenezca a ella al menos en deseo y ansia (voto et desiderio). No es siempre necesario que este deseo sea explícito como sucede con los catecúmenos. Cuando uno es invenciblemente ignorante, Dios también acepta un deseo implícito, así llamado porque se contiene en la buena disposición del alma por la que una persona quiere que la voluntad de él o de ella sea conforme a la voluntad de Dios” [90]

60. La voluntad universal salvadora de Dios, realizada por Jesucristo, en el Espíritu Santo, que incluye a la Iglesia como sacramento universal de salvación, encuentra expresión en el Vaticano II: “Todos los hombres están llamados a esta unidad católica que prefigura y promueve la paz universal. Y en diferentes caminos pertenecen a ella, o están relacionados: todos los fieles católicos, los otros que creen en Cristo y finalmente toda la humanidad llamada por la gracia de Dios a la salvación” ( LG 13). Que la única y universal mediación de Jesucristo se realiza en el contexto de una relación con la Iglesia es ampliamente reiterado por el magisterio papal postconciliar: Hablando de aquellos que no han tenido la oportunidad de llegar a conocer o aceptar la revelación del Evangelio – incluso en este caso, la encíclica Redemptoris Missio tiene esto que decir: “La salvación en Cristo es accesible por virtud de la gracia… que tiene una relación misteriosa a la Iglesia ”. [91]

2.4. La necesidad del Bautismo Sacramental

61. El Dios Padre pretende configurar todos los seres humanos a Cristo por el Espíritu Santo, que los transforma y los llena de poder por su gracia. Ordinariamente, esta configuración a Jesucristo tiene lugar por el Bautismo sacramental, por el que uno es configurado a Cristo, recibe el Espíritu Santo, es liberado del pecado y llega a ser miembro de la Iglesia.

62. Las numerosas expresiones bautismales en el Nuevo Testamento, en su variedad, articulan las diferentes dimensiones del significado del Bautismo como se entendió por la temprana comunidad cristiana. En primer lugar, el Bautismo es designado como el perdón de los pecados, como purificación (cf. Ef 5, 26), o como aspersión que limpia el corazón de la conciencia del mal (cf. Heb 10, 22); 1 Pe 3, 21)). “Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hec 2, 38; cf. Hec 22, 16). Los bautizados son de esta manera configurados a Jesucristo: “Habíamos sido sepultados por tanto con él por el Bautismo en la muerte, para que del mismo modo que Cristo ha surgido de la muerte por la gloria del Padre, nosotros también podamos caminar en la novedad de la vida” (Rom 6, 4).

63. Además, la actividad del Espíritu Santo en conexión con el Bautismo está repetidamente referida (cf. Ti 3, 5). Es la creencia de la Iglesia que el Espíritu Santo es concedido con el Bautismo (cf. 1 Cor 6, 11; Ti 3, 5). Cristo resucitado está activo a través de su Espíritu, que nos hace hijos de Dios (cf. Rom 8, 14), seguros de llamar a Dios Padre (cf. Gal 4, 6).

64. Finalmente, hay en el contexto del Bautismo expresiones acerca de ser “agregado” al Pueblo de Dios, de ser bautizado “en un solo cuerpo” (Act 2, 41). El Bautismo tiene como resultado la incorporación de la persona humana en el Pueblo de Dios, en el Cuerpo de Cristo y en el templo espiritual. Pablo habla de “ser bautizado en un solo cuerpo” (1 Cor 12, 13). Lucas, a su vez, de “ser agregado” a la Iglesia por el Bautismo (Hec 2,41). Por el Bautismo, el creyente no es sólo individual, sino que llega a ser miembro del Pueblo de Dios. Él o ella llega a ser miembro de la Iglesia que Pedro llama” una raza elegida, sacerdocio real, nación santa, único pueblo de Dios” (1 Pe 2, 9).

65. La tradición de administrar el Bautismo sacramental se extiende a todos, incluso a los niños. Entre los testimonios del Nuevo Testamento de Bautismo cristiano, en el libro de los Hechos de los Apóstoles hay casos de “bautismos familiares” (cf. Hech 16, 15; 16, 33; 18, 8), que posiblemente incluían niños. La antigua práctica de bautizar niños, [92] rubricado por los Padres y el magisterio de la Iglesia , es aceptada como una parte esencial de la comprensión de la fe de la Iglesia Católica. El Concilio de Trento afirmará: “De acuerdo con la tradición apostólica, incluso los niños que no pueden todavía haber cometido por sí mismos un pecado son verdaderamente bautizados para remisión de los pecados, de manera que por la regeneración ellos pueden ser limpios de lo que contrajeron por generación. Porque “si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios [Jn 3, 5]”. [93]

66. La necesidad del sacramento del Bautismo se proclama y profesa como integrante de la comprensión de la fe cristiana. En la base del mandamiento como se encuentra en Mt 28, 19ss. y en Mc 16, 15, y de la prescripción puesta en Jn 3, 5, [94] la comunidad cristiana ha creído desde los primeros tiempos en la necesidad del Bautismo para la salvación. Al considerar el Bautismo sacramental necesario como medio ordinario establecido por Jesucristo para configurar los seres humanos con él, la Iglesia nunca ha enseñado la “absoluta necesidad” del Bautismo sacramental para la salvación; hay otras vías por las que se puede realizar la configuración con Cristo. Ya en la primera comunidad cristiana, fue aceptado que el martirio, “Bautismo de sangre”, era un sustituto del Bautismo sacramental. Además, estaba el reconocimiento del Bautismo de deseo. En este aspecto, las palabras de Tomás de Aquino son pertinentes: “El sacramento del Bautismo puede ser falto para alguien en dos caminos. Primero, ya en la realidad ya en el deseo; como en el caso con aquellos que ni están bautizados, ni desean ser bautizados… Segundo, el sacramento del Bautismo puede ser falto para alguien en la realidad pero no en deseo… Así un hombre puede obtener la salvación sin estar actualmente bautizado a cuenta de su deseo por el Bautismo”. [95] El Concilio de Trento reconoce el “Bautismo de deseo” como una vía por la que uno puede ser justificado sin la actual recepción del sacramento del Bautismo: “Después de la promulgación del Evangelio, esta transición (del pecado a la justicia) no puede tomar lugar sin el baño de la regeneración o el deseo de él como ha sido escrito: “Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5)”. [96]

67. La afirmación de la fe cristiana acerca de la necesidad del Bautismo sacramental para la salvación no se puede agotar en su significado existencial reduciéndola a una afirmación meramente teórica. Por otro lado, la libertad de Dios sobre los medios salvíficos dados por él debe ser igualmente tenida en cuenta. Consiguientemente, uno debe evitar cualquier intento de oponerse al Bautismo sacramental, al Bautismo de deseo y al Bautismo de sangre como antitéticos. Ellos no son sino expresiones de la polaridad creativa dentro de la realización de la voluntad universal salvífica a favor de la Humanidad , que incluye una posibilidad real de salvación, y un diálogo salvífico dentro de la libertad con la persona humana. Es precisamente este dinamismo el que empuja a la Iglesia , como sacramento universal de salvación, a incitar a todos al arrepentimiento, a la fe y al Bautismo sacramental. Este diálogo en la gracia es obtenido sólo cuando la persona humana es esencialmente capaz de una respuesta en lo concreto – que no es el caso con los niños. De aquí la necesidad para los padres y padrinos de hablar a favor de los niños que son bautizados. ¿Pero qué de los niños que mueren sin el Bautismo?

2. 5. Esperanza y oración por la salvación universal

68. Los cristianos son personas de esperanza. Han puesto su esperanza “en el Dios viviente, que es el salvador de todos, especialmente de aquellos que creen” (1 Tim 4, 10). Desean ardientemente que todos los seres, incluidos los niños no bautizados, puedan participar en la gloria y vida de Dios con Cristo (cf. 1 Tes 5, 9-11; Rom 8, 2-5; 23-35), de acuerdo con la recomendación de Teófilo: “Si él (nuestro Dios) quiere que todos los hombres se salven, tú deberías también quererlo, e imitar a Dios”. [97] Esta esperanza cristiana es una “esperanza… contra la esperanza” (Rom 4, 18), yendo mucho más allá de cualquier forma de esperanza humana. Toma su ejemplo desde Abrahán, nuestro padre en la fe. Abrahán puso gran confianza en las promesas que Dios le había dado. Confió (“esperó”) en Dios contra toda evidencia o posibilidades humanas (“contra la esperanza”). Por eso los cristianos, incluso cuando no vean cómo se pueden salvar los niños no bautizados, sin embargo se atreven a esperar que Dios los acogerá en su misericordia salvadora. Están también dispuestos a responder a cualquiera que los requiera de dar razón de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 Pe 3, 15). Cuando encuentran madres y padres en angustia porque sus hijos murieron antes o después de nacer, sin ser bautizados, se sienten urgidos a explicarles la razón por la que su propia esperanza de salvación puede también extenderse a esos infantes o niños. [98]

69. Los cristianos son personas de oración. Guardan en su corazón la admonición de Pablo: “Entonces, lo primero de todo que yo les urjo es que se hagan súplicas, oraciones intercesiones, y acción de gracias por todos” (1 Tim 2, 1). Esta oración universal es aceptable a Dios que “desea que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), y a su poder creativo “nada es imposible” (Job 42, 2; Mc 10, 27; 12, 24-27; Lc 1, 37). Se basa en la esperanza de que toda la creación participará finalmente en la gloria de Dios (cf. Rom 8, 22-27). Tal oración está en conformidad con la admonición de San Juan Crisóstomo: “Imitad a Dios. Si él quiere que todos se salven, entonces, es razonable que uno debería rezar por todos”. [99]

3. Spes orans

Razones para la esperanza

3.1. El nuevo contexto

70. Los dos capítulos anteriores, al considerar la historia de la reflexión cristiana sobre el destino de los niños no bautizados [100] y los principios teológicos que están presentes en esta materia, [101] respectivamente, han presentado un claroscuro. Por un lado, de muchas maneras, los apuntalados principios cristianos teológicos parecen favorecer la salvación de los niños no bautizados de acuerdo con la universal voluntad salvífica de Dios. Por otro lado, sin embargo, no se puede negar que ha habido una tradición doctrinal demasiado permanente (cuyo valor doctrinal no es sin duda definitivo), que, en su preocupación por salvaguardar y no comprometer otras verdades del edificio teológico cristiano, ha expresado una cierta reticencia en este aspecto, o incluso un cierto rechazo a imaginarse la salvación para estos niños. Hay una continuidad fundamental en la reflexión de la Iglesia sobre el misterio de la salvación de generación en generación bajo la guía del Espíritu Santo. Dentro de este misterio, la cuestión del destino eterno de los niños que mueren sin bautizar es “una de las mayores dificultades a resolver en la estructura de la Teología ”. [102] Es un “caso-límite” donde los contenidos vitales de la fe, especialmente la necesidad del Bautismo para la salvación y la universal voluntad salvadora de Dios, pueden fácilmente aparecer en tensión. Con respecto a la sabiduría y fidelidad de aquellos que han investigado esta dificultosa materia antes, pero también con una aguda conciencia que el magisterio de la Iglesia ha optado específica y quizás providencialmente, en momentos claves de la doctrina, [103] no definir que estos niños son privados de la visión beatifica sino mantener la cuestión abierta, hemos considerado cómo el Espíritu puede estar guiando a la Iglesia en este momento de la historia a reflexionar de nuevo en esta materia excepcionalmente delicada (cf. DV 8).

71. El Concilio Vaticano Segundo llamó a la Iglesia a leer los signos de los tiempos y a interpretarlos a la luz del Evangelio (cf. GS 4, 11) “en orden a que la verdad revelada pueda ser más profundamente penetrada, mejor entendida, y más convenientemente presentada” ( GS 44). En otras palabras, el compromiso con el mundo por el que Cristo sufrió, murió y resucitó, es siempre para la Iglesia , que es el Cuerpo de Cristo, una ocasión a profundizar su comprensión del mismo Señor y de su amor, y en verdad de sí misma, una ocasión a comprender más profundamente el mensaje de salvación que le ha sido confiado. Es posible identificar diversos signos de nuestros tiempos modernos que sugieren una nueva conciencia de aspectos del Evangelio que particularmente se relacionan con la cuestión en consideración. De algún modo, ellos proveen un nuevo contexto para su consideración al comienzo del siglo 21.

72. a) Las guerras y disturbios del siglo 20, y el anhelo de la humanidad por la paz y la unidad, manifestado por la fundación, por ejemplo, de la Organización de las Naciones Unidas, la Unión Europea , la Unión Africana , han ayudado a la Iglesia a entender más profundamente la importancia del tema de la comunión en el mensaje del Evangelio y así a desarrollar una eclesiología de Comunión (cf. LG 49; UR 2; GS 12, 24).

73. b) Muchas personas hoy día tratan de resolver la tentación a desesperar. La crisis de esperanza en el mundo contemporáneo conduce a la Iglesia a una más profunda apreciación de la esperanza que es central para el Evangelio cristiano. “Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu pues que habéis sido llamados a una sola esperanza que os pertenece” (Ef.4, 4). Los cristianos están particularmente llamados hoy día a ser testigos de esperanza y ministros de esperanza en el mundo (cf. LG 48, 49; GS 1). La Iglesia en su universalidad y catolicidad es la portadora de esperanza que se extiende a toda la humanidad, y los cristianos tienen una misión que ofrecer que es la esperanza para todos.

74. c) El desarrollo de las comunicaciones mundiales, sobre alumbrando gráficamente todos los sufrimientos en el mundo, ha sido una ocasión para la Iglesia a entender más profundamente el amor de Dios, la misericordia y la compasión, y para apreciar la primacía de la caridad. Dios es misericordioso, y, mirado con la enormidad de la pena del mundo, aprendemos a confiar y a glorificar a Dios “que por el poder en su obrar con nosotros es capaz de hacer mucho más copiosamente de lo que pedimos o pensamos” (cf. 3, 20).

75. d) Las personas en todas partes están escandalizadas por el sufrimiento de los niños y quieren que los niños sean capaces de adquirir su potencial. [104] En tal situación, la Iglesia naturalmente recuerda y medita de nuevo varios textos del Nuevo Testamento expresando el amor preferencial de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí… porque a ellos pertenece el Reino de los cielos” (Mt 19, 14; cf. Lc 18, 15-16); “Quien reciba a uno de estos en mi nombre a mí me recibe” (Mc 9, 37): “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3); “Quien se hace pequeño como este niño, es el mayor en el reino de los cielos” (Mt 18, 4); “Quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran una piedra de molino en su cuello y lo arrojaran al mar” (Mt18, 6); “Mira de no despreciar a uno de estos pequeños; porque yo te digo que en los cielos sus ángeles siempre presencian el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10). Por tanto la Iglesia renueva su compromiso de manifestar el propio amor de Cristo y el cuidado por los niños (cf. LG 11; GS 48, 50).

76 e) Incrementados el viajar y el contacto entre los pueblos de diferentes credos y el gran aumento de diálogo entre pueblos de diferentes religiones han animado a la Iglesia a desarrollar una mayor conciencia de los múltiples y misteriosos caminos de Dios (cf. NA 1, 2), y de su propia misión en este contexto.

77. El desarrollo de una eclesiología de comunión, de una teología de la esperanza, de una apreciación de la divina misericordia, juntamente con una preocupación renovada por el bienestar de los niños y una conciencia creciente que el Espíritu Santo opera en las vidas de todos “en modo conocido por Dios” ( GS 22), todos esos rasgos de nuestra edad moderna constituyen un nuevo contexto para el examen de nuestra cuestión. Este puede ser un momento providencial para su reconsideración. Por la gracia del Espíritu Santo, la Iglesia en su compromiso con el mundo de nuestro tiempo ha conseguido conocimientos más profundos dentro de la revelación de Dios que pueden arrojar nueva luz en nuestra cuestión.

78. La esperanza es el contexto que lo abarca todo en nuestra reflexión e informe. La Iglesia de hoy responde a los signos de nuestros propios tiempos con renovada esperanza para el mundo en general y, con mirada particular a nuestra cuestión, hacia los niños que mueren sin bautizar. [105] Debemos aquí y ahora dar razón de esta esperanza (cf. 1 Pe 3, 15). En los últimos cincuenta años más o menos, el magisterio de la Iglesia ha enseñado una apertura creciente a la posibilidad de salvación de los niños no bautizados, y el sensus fidelium parece haber estado desarrollándose en la misma dirección. Los cristianos constantemente experimentan, intensísimamente en la liturgia, la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, [106] la misericordia infinita de Dios, y la afectuosa comunión d