OPINIÓN

Movimiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo.
Cuaresma 2007

"UN HOMBRE TENÍA DOS HIJOS"

Mensaje del Padre Giovanni Salerno, publicado en el Boletín "Cuaresma 2007" de los Misioneros Siervos de los Pobres el Tercer Mundo, Opus Christi Salvatoris Mundi.


El sacramento de la Penitencia o Reconciliación fue objeto, en 1984, de una Exhortación Apostólica en la que el Papa Juan Pablo II manifestaba toda su preocupación por una situación de creciente desinterés y desafección de los fieles hacia este don de Dios.

En definitiva, lo que denunció la Exhortación Apostólica «Reconciliatio et poenitentia» fue la progresiva pérdida del sentido del pecado. Hoy, después de más de veinte años, no podemos decir que la situación haya mejorado. El mundo sigue sufriendo dolorosas laceraciones (violencias, injusticias, contraposiciones de intereses económicos y políticos...), cuya raíz última reside siempre en el peca-do, que, desde el pecado original hasta los pecados personales de cada uno, es una herida en lo más íntimo del hombre.

Este hombre herido es identificado con el hijo pródigo de la parábola que nos propone el evangelista San Lucas (Le 15, 11-39): un hijo que quiso vivir su existencia lejos de su padre, que tanto lo amaba, hasta el punto de respetar su libertad, cuando, ingrato, reunió todas sus cosas y se marchó, dejándolo con su dolor. Su ingratitud, ¿no es acaso también la nuestra? ¿Cuántas veces darnos gracias a Dios por los bienes que cada día nos da y por los males de los que nos preserva? Su deseo de vivir una vida autónoma, centrada en sí, sin Dios, ¿no responde también, muchas veces, a nuestras actitudes? ¿No nos conformamos acaso con la mentalidad de este mundo, guiando nuestra vida según criterios terrenos?

A veces intentarnos tranquilizarnos pensando en la misericordia de Dios, pero entendiéndola a nuestra manera, corno la de un Dios que, simplemente, «cierra los ojos» para no ver nuestros pecados, para no pedirnos cuentas de nuestras culpas. Pues, no es éste el cuadro que nos presenta Jesús con la parábola del hijo pródigo. Más bien, lo que nos enseña con ella es que, si nos arrepentimos, si nos volvernos hacia el Padre con espíritu de verdadera conversión, con la intención de cambiar, de no reincidir en nuestros pecados, entonces, por graves que sean nuestros pecados, por grave que haya sido nuestro alejamiento de Él, siempre el Padre está dispuesto a perdonamos y siempre nos espera con los brazos abiertos. ¡Ahí está su misericordia! (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n.° 982.)

Claro, siempre en el capítulo 15 de San Lucas encontramos otras parábolas que conocemos muy bien, la de la oveja perdida (Le 15, 4-7) y la de la dracma perdida (Le 15, 8-10), donde aparece Dios, que no simple mente nos espera, sino que nos viene a buscar. Esto es lo que hizo Jesús, Nuestro Señor, quien se despojó del esplendor de su condición divina y se hizo hombre para venir en búsqueda de los pecadores, es decir, de cada uno de nosotros.

Dios sigue buscándonos como el Buen Pastor, y en el Sacramento del Perdón nos tiende la mano..., pero muchas veces nosotros ¿qué hacemos? Nos consideramos «sin pecado» (no mato, no robo, voy a misa cada domingo...) y, por tanto, nos consideramos sin ninguna necesidad de ser perdonados. Más bien nos identificamos con el «hijo mayor» de la parábola (o con el «fariseo» de Le 18, lo que da lo mismo): el pecador es siempre el «otro», el «vecino»..., nosotros no, nunca.

Si la conciencia nunca nos reprocha nada es el momento de recordarnos cómo la conciencia necesita también ser formada, y esto se consigue por medio de la oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de buenas lecturas (las vidas de los santos, sus obras)..., porque la conciencia de por sí no es infalible. Sobre todo, no es infalible en una sociedad como ésta en la que vivimos hoy, una sociedad pagana, descristianizada, donde muchos de los mensajes que nos bombardean continuamente poco tienen que ver con el espíritu auténticamente cristiano.

Pero Dios nos ha hecho libres, y a pesar de tantas presiones y condicionamientos nadie puede quitarnos nuestra libertad. Somos libres, y es nuestra responsabilidad si seguimos un camino que nos aparta cada vez más de Dios, o si, por el contrario, nos reconocemos pecadores, reconocemos que nos hemos alejado de la Casa del Padre y, arrepentidos (el arrepentimiento hay que pedirlo, puesto que se trata de un don de Dios), volver atrás, hacia Él, que dijo a los Apóstoles después de la Resurrección : «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).

Como nos recuerda el Magisterio de la Iglesia , «cuando celebra el Sacramento de la Penitencia , el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor, que busca la oveja perdida; el del Buen Samaritano, que cura las heridas; del Padre, que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta; del justo Juez, que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (Catecismo de la Iglesia Católica , 1465).
Deseo de todo corazón que esta Cuaresma sea una ocasión para re-correr el camino (corto o largo que sea) necesario para ponernos en el lugar del publicano, para reconocernos pecadores, necesitados de la misericordia del Padre, porque sólo así el día de Pascua seremos entre los elegidos que se sentirán llamados por su nombre, como María:
—«¡María!»—...; y como ella podremos exclamar, felices e íntimamente conmovidos: «¡Rabbuní?» («¡Mi Maestro y Señor!»)...

Padre Giovanni Salerno, sptm

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003