Comenzamos el mes de noviembre con la fiesta de «Todos los Santos», seguida de la conmemoración de los fieles difuntos. La Iglesia dispone así estas dos fiestas buscando que, de algún modo, resulten programáticas para el resto del mes, llevándonos a meditar de manera especial lo que se viene denominando con el nombre de los «Novísimos»:
la Muerte ,
el Purgatorio,
el Cielo y
el Infierno.
Como católicos, debemos reflexionar continuamente sobre estas realidades de las que el mundo no quiere saber, y que más bien rechaza a consecuencia de la mentalidad por la que considera esta vida terrena como la única posible, sin tener en cuenta que estamos llama-dos a una dimensión trascendente, a la Vida Eterna.
Sólo teniendo presente lo que constituye nuestra última y definitiva meta podremos determinarnos a vivir con un mayor compromiso nuestras responsabilidades en este mundo. El meditar en los «Novísimos» no es una evasión de las realidades presentes, sino todo lo contrario, porque nos llevará a vivir con más plenitud nuestros deberes en todos los ámbitos (familiar, laboral, eclesial y social en general): «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mt. 16,26), nos dice Jesús. Estos temas van estrechamente unidos al significado del tiempo de Adviento que hemos comenzado y que está llamado a ser un tiempo de especial gracia de Dios para cada uno de nosotros. El meditar en la venida al mundo de Jesús en carne mortal nos lleva a considerar lo que será la segunda y definitiva venida de Jesús, esta vez en gloria y majestad, el día que sólo el Padre celestial cono-ce: el momento en el que tendrán cumplimiento las promesas de Dios, con el fin de los tiempos y la consiguiente instauración definitiva del Reino de Dios en este mundo, el juicio final y la resurrección de la carne. Nosotros nos encontramos ahora entre la primera y segunda venida de Cristo.
Profundizamos el sentido de su primera venida y nos preparamos para la segunda y definitiva si sabemos descubrir sus «venidas intermedias» en nuestras vidas.
¿Cuáles son estas «venidas intermedias»? Fundamentalmente dos: en la Eucaristía (donde cada vez Jesús «se hace realmente presente» de nuevo en su cuerpo, alma y divinidad, bajo las apariencias del pan y del vino), y en el prójimo (que es el «próximo», las personas que están más cerca de nosotros), especialmente en los más pobres. con los que Él se ha querido identificar de un modo especial «Tuve hambre y sed; estuve desnudo, enfermo, en la cárcel... Cada vez que disteis de comer o de beber; etc. (...) o dejasteis de hacerlo a uno de estos mis pequeños hermanos, a mí me lo hicisteis o lo dejasteis de hacer» (Cfr. Mateo 25).
Se nos presenta, pues, la noble tarea de purificar y «agudizar» nuestra mirada interior, para saber descubrir y aprovechar estas visitas de Jesús a nuestra vida. Jesús es el «Dios escondido» (como lo llamaba Santa Teresa de Lisíeux). Le gusta «esconderse», dejándonos a nosotros la tarea de «descubrirle», descubriendo su divinidad escondida en su humanidad, su presencia eucarística real escondida en el blanco pan, su presencia humilde en los humildes y pobres, su providente mano escondida en los mil avatares y circunstancias de nuestra vida.
En este tiempo de Adviento, corno gracia especial suya para cada uno de nosotros, pidamos al Espíritu Santo que actúe en nuestro interior, educándonos para que nuestra mirada sepa ver la dulce presencia de Jesús en todo y en todos. Esto no es otra cosa sino buscar nuestra propia y continua conversión.
Purificando nuestra mirada purificaremos nuestro corazón, vaciándolo de todo lo que nos estorba en este trabajo de conversión. Y cuando Dios encuentra un corazón humilde y vacío de sí, siente la necesidad de llenarlo de su presencia, dándonos un nuevo corazón, el de su Hijo, y haciendo de nosotros «otros Cristus». Y esta es una presencia de Jesús no menos importante: la de Cristo en mí, en ti.
Esto es lo que le da su verdadero sentido a nuestra preparación para la Navidad , que no consiste en una mera celebración exterior, en el simple re-cuerdo de un importante acontecimiento de hace dos milenios, sino en un dejar que Jesús haga morada en nosotros: «Vino a su casa, y los suyos no le recibieron» (Juan 1,11).
«Estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apoc. 3,20). ¿Le vamos a dejar afuera esperando en vano?
Pidamos a nuestro Padre del Ciclo que como «otros Cristus» (siendo «presencias vivas suyas») sepamos servirle con fidelidad en los más pobres (sus «otras humildes presencias»), llevándoles no sólo el pan material, sino también, y sobre todo, el Pan que da la vida Eterna (su «escondida presencia eucarística»).
Padre Giovanni Salerno, sptm