OPINIÓN

Movimiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo.
Septiembre 2006

EL MENSAJE PARA TRANSMITIR ES CRISTO MISMO

 

Cristo el Señor es la «Buena Nueva», porque en Él se identifican el decir, el hacer y el ser. La fuerza de su predicación viene no sólo de que es Dios verdadero, sino que como hombre verdadero se identificaba total y plena-mente con el mensaje que anunciaba. Y no sólo eso, sus palabras y sus obras estaban íntimamente unidas de tal modo que siempre nos remitían a ver en él el rostro amoroso y misericordioso de su Padre celestial.

Por todo esto, la misión brota automáticamente en nuestra vida cuando descubrimos todo lo bello que puede hacer Cristo en nosotros y por nosotros (es decir, como sus siervos). Sólo cuan-do el Señor se convierte en el centro de mi vida, nace este deseo de «hacerlo» vivir en los otros, de tal modo que también ellos experimenten el gozo que invade mi corazón. Así como Cristo anunció e hizo en Palestina hace 2000 años, yo lo puedo experimentar vivo en mi persona. Él habita en mí predicando la buena noticia del Reino que produce en mí la conversión, el perdón de mis pecados y el alivio de tantos sufrimientos y dolores que me acechan. Está claro que esta presencia me ha sido dada por la gracia de Cristo, que me llega por medio de la Iglesia en el sacramento del Bautismo, y es ella, con su predicación y con los demás sacramentos, que me hace reconocer que quien actúa es Cristo. Pero si todo esto es cierto, ¿por qué hoy en día hay pocos misioneros y se piensa que sólo mandando ayuda material es suficiente`? Para responder a esta pregunta el Papa Juan Pablo II nos dio algunas pistas en su encíclica Redemptoris Missio, señalando tres causas:

1. La falta de fervor, que se manifiesta en el cansancio y en la desilusión de una fe «muerta» porque no tiene obras, en el conformismo de nuestra vida, en el desinterés y sobre todo en la falta de gozo y de esperanza en las obras que Cristo puede realizar. Hoy más que en otras épocas de la historia se poseen muchos bienes materiales y hay más insatisfacción; se tiene gran con-ciencia de la dignidad humana y se matan muchos niños en el seno de su madre; se implora paz en el mundo y no la podemos construir en nuestras casas, familias e incluso en nuestros corazones.

2. La descristianización de muchos países de milenaria tradición cristiana, que se manifiesta en el antitestimonio de los católicos y en una sociedad que vive como si Dios no existiera. Lo que el comunismo no logró lo está logrando el consumismo: sacar al Señor de la vida de los hombres.

3. El escaso interés por el com­promiso misionero es consecuencia de la mentalidad indiferentista: se piensa que una religión valga lo que otra, que es mejor dejarlos felices sin que conozcan a Cristo Jesús, o bien se llega a justificar el todo diciendo que también en nuestros países hacen falta misioneros.

Por todas estas causas, el Siervo de los Pobres se siente impulsado a aprender el estilo de Cristo siempre bajo la guía de nuestra Madre la Iglesia. De hecho es la Iglesia la continuadora de la misión de Cristo y sólo en el sentire eum Petro et sub Petro (sentir con Pedro y bajo Pedro) se puede ser siervos portadores de Cristo a los más pobres. De hecho es ella, la Iglesia , quien nos incorpora a su misión. Nuestras fuerzas no son suficientes, por eso no está de más repetir con la Iglesia que el protagonista de la misión es el Espíritu Santo. Saber esto no tendría que provocar una actitud de quietismo, creyendo que todo lo hace el Espíritu, sino todo lo contrario, crea una necesidad de unión íntima con el Señor para ser instrumentos dóciles de su Espíritu y que nuestras debilidades no sean obstáculo, sino que se conviertan en fuerza de Dios (cf. 2 Cor 12, 9. «Mi gracia te hasta, mi gracia se manifiesta perfecta en la debilidad»). El mismo Jesús se dejó mover por el Espíritu y no hubo nada en él que impidiera al Espíritu soplar (cf. Mt 4,1. «Entonces Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu»). Además, el Espíritu actúa al mismo tiempo en los misioneros y en los receptores del mensaje evangélico, de hecho es por su acción que el mensaje evangélico toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos.

Se nos ha confiado un mensaje concreto, pero que no está sólo limita-do a palabras. El mensaje es Cristo mismo, y cuando sus misioneros lo hacen presente con lo que dicen, con lo que hacen y con lo que son, se manifiesta el Reino de Dios. Ciertamente, Cristo es el Reino de Dios. Sabemos bien que este Reino no se vuelve realidad de modo violento y que se manifiesta en un modo silencioso, Este reino está destinado a todos los hombres y en modo privilegiado a los pobres que esperan poder vivir una experiencia de liberación, sea de su miseria material corno de la peor de las miserias: el pecado. Todo esto es posible sólo cuando el misionero se vuelve uno de ellos: el Señor «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9). En definitiva, la misión del Señor se caracterizó por dos gestos: sanar y perdonar. Él es el consolador, quien hizo siempre sentirse a los demás amados por Dios y descubrir su inmensa ternura. Según la encíclica Populorum Progressio, del Papa Pablo IV, esta liberación también incluye el progreso, pero en ningún momento ha de tener como objetivo el tener más. El Santo Padre escribe: «Así pues, el tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo en-cierra como en una prisión desde el momento que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse» (n. 19).

El Reino de Dios tiene por objetivo transformar las relaciones entre los hombres de tal modo que ellos dejen de justificar muchas actitudes, que si bien anticristianas se han llegado a asumir normalmente. Lo normal es lo que pertenece al hombre, pero no a un hombre pecador como nosotros. El modelo es Cristo, en Él se realiza el hombre en su plenitud y, aunque alcanzar ese grado de perfección implica un camino difícil, no es imposible. Nos parece imposible porque aparentemente nadie lo hace. Pero quienes se pare­cen al Señor en sus actitudes no hacen ruido, como él tampoco anunció con trompas y flautas su virtud. Los hombres estamos llamados a amarnos como el Señor nos ha amado, es decir, al punto de dar la vida unos por otros; también por los que están cerca de nosotros. A veces nos parecería más «fácil» dar la vida por gente que vive a kilómetros de distancia de mí, pero ¡nunca lo haría por un miembro de mi familia! Estamos llamados a perdonarnos. Sólo a través de Él nos podremos liberar de tantos males que acechan a la humanidad. Sólo el perdón puede librar nuestro corazón corrompido por el odio, el orgullo, el rencor; un corazón tan oscurecido que es capaz de pasar por alto la misericordia en nombre de la justicia, sentimientos y actitudes que están en el fondo de muchas tragedias actuales.

Estamos llamados a servirnos sin esperar nada a cambio... Esto es el Reino, el cambio de los corazones, el perdón como poderosa reacción al odio y a la injusticia, el servicio al prójimo como elocuente argumento de amor.

El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros, a la experiencia que a la doctrina, a la vida que a las teorías. Éste es el ideal del misionero: que sus palabras sean las de Jesús, que tenían la fuerza de la ternura y el perdón; que sus acciones, tales como oración y celebración de los sacramentos, sean un gesto concreto de quien se ha hecho pobre con los pobres; pero, sobre todo, que con su sola presencia refleje a Cristo, misionero no por lo que dice o ha-ce, sino por lo que es: hijo del Padre, en su Hijo Jesucristo, por obra del Espíritu Santo.

Padre Giovanni Salerno, sptm

 

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003