OPINIÓN

Moviemiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo.
Cuaresmas 2006

LA MISIÓN AD GENTES ESTÁ TODAVÍA EN SUS COMIENZOS

“Vayan, pues,
y hagan discípulos a todas
las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre
y del hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a guardar
todo lo que yo les he enseñado”

En las últimas décadas la actividad misionera de la Iglesia , conocida como Misión ad gentes (es decir, misión hacia los pueblos o hacia las naciones) se ha debilitado, a pesar de que el Santo Padre ha lanzado numerosas llamadas a la evangelización de los pueblos: «La misión ad gentes tiene ante sí una tarea inmensa que de ningún modo está en vía de extinción» (Encíclica Redemptoris missio , n. 35).

¿Cómo es posible que hasta tan sólo cincuenta años atrás la Iglesia ardiera de fervor misionero, y que ahora, por el contrario, haya tanta dificultad para que un joven decida generosamente donar la vida para anunciar el Evangelio a los pueblos que aún no lo conocen?

Para responder a esta pregunta debemos resolver otros problemas que se presentan cada vez más entre los hombres y, lamentablemente, entre los cristianos de hoy. Son problemas que atañen a la identidad de la Iglesia y de toda su obra evangelizadora.

Muchos, hoy en día, incluso dentro de la Iglesia , afirman, apoyándose en las más diversas especulaciones filosóficas y teológicas, que la misión no tiene ninguna razón de ser, porque cada religión es de por sí un camino de salvación; que la verdad no puede ser conocida; que la Iglesia no es necesaria para la salvación; que el hombre es naturalmente bueno y que sólo necesita ser educado, no salvado; y que Jesucristo es simplemente un per sonaje histórico, equiparable a los fundadores de otras religiones.

La fe que la Iglesia profesa desde siempre es otra cosa, muy diferente: la tradición misionera ya bimilenaria es una demostración concreta de ello; y, si queremos acudir a los documentos oficiales, encontraremos claras afirmaciones que muestran cómo la misión es esencial a la Iglesia , y que la Iglesia siempre ha invitado y aún hoy invita a sus hijos a ofrecer su propia vida para que Cristo sea conocido y amado por todos.

En general, los documentos anteriores al Concilio Vaticano II (1958-1965) son muy escuetos, pero fundamentan teológicamente el deber de todo cristiano de sentirse partícipe de la acción misionera de la Iglesia , alaban la actividad de los misioneros y consideran como obvio que es nece­sario anunciar el Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.

El Concilio Vaticano II ha dado a la Iglesia una ocasión para reflexionar sobre la fe y exponerla de una manera más accesible al hombre de hoy. Todo un Decreto del Concilio, el que lleva el título de «Ad gentes», está dedicado al tema de la actividad misionera de la Iglesia : en él se afirma que la Iglesia está llamada por su propia naturaleza a anunciar a Jesu­cristo a todos los pueblos, a instaurar todas las cosas en Cristo, a llamar a todos los pueblos a entrar a formar parte de la Iglesia mediante el Bautismo. Como siempre, la Iglesia ha enseñado que Jesucristo es el único salvador, el cual quiere hacer llegar su salvación a través de la Iglesia por él fundada; que fuera de Cristo y de la Iglesia no hay salvación; que la necesidad de la Iglesia para la salvación del hombre es absoluta; y que Cristo no es un simple fundador de una religión, sino el Hijo de Dios, verdadero Dios en la unidad del Padre y del Espíritu Santo, hecho hombre para salvar a los hombres de la condenación infligida por el pecado y elevarlos a la condición de hijos de Dios. ¡Es evidente que la Iglesia no se ha pronunciado de manera ambigua!

La gran aportación del Concilio fue la de aclarar la posición de aquellos que no han conocido el Evangelio, afirmando que el Espíritu Santo actúa más allá de los confines visibles de la Iglesia , dando a cada hombre la posibilidad de unirse al misterio Pascual de Jesucristo, esto es, de salvarse. En efecto, en la «Gaudium et spes» (n. 22) se afirma que quienes, sin su culpa, no han conocido a Jesucristo, si se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios siguiendo los dictados de la recta conciencia, pueden recibir la gracia de Dios, es decir, pueden salvarse. El Concilio aclara también que la situación de aquellos que no han conocido el Evangelio es de manifiesta inferioridad, no respecto de la dignidad personal, sino respecto de los medios de salvación. Porque, si es verdad que todo hombre de hecho puede salvarse, ¿cuántos serán aquellos que podrán vencer las insidias del pecado, presentes en la naturaleza humana herida, y las del demonio, sin la acción de la Gracia presente en los Sacramentos?

Además, frente al creciente fenómeno de la «descristianización» de los países de antigua tradición católica, el Concilio afirmó que no se puede equiparar la condición de quien nunca ha conocido el Evangelio con aquella de quien lo ha conocido y lo ha rechazado.

¿Qué ha sucedido después del Concilio? Una confluencia de dife­rentes factores –entre los cuales sobresalen la excesiva confianza en el progreso humano como fuente de salvación, la mejoría de la comunicación que ha hecho que los pueblos entren fácilmente en contacto entre sí, y el difundirse de teorías teológicas y filosóficas erróneas- provocó que se escogiera sólo una parte de la verdad anunciada por el Concilio Vaticano II, malinterpretándola: se comenzó afirmando que todos los hombres, por el solo hecho de serlo, ya son cristianos; que es suficiente que cada uno siga fielmente su propia religión para llegar a la salvación; que en realidad el hombre necesita no ser salvado, sino sólo ser educado, y que la misericordia de Dios es incompatible con el infierno.

¿Cuál es la consecuencia de estas posiciones? El relativismo –teoría según la cual no existe una verdad absoluta, con las consecuencias morales (no existe un comportamiento moral objetivo a seguir...) y religiosas (a los fines de la salvación, todas las religiones son iguales...)–, ya ampliamente difundido en los ambientes culturales, comenzó a penetrar en la sociedad y también en la Iglesia. El daño para la Iglesia fue enorme, tanto que Pablo VI, a los pocos años después de la conclusión del Concilio, tuvo que intervenir con fuerza para defender algunas verdades fundamentales de la fe que habían sido puestas en discusión utilizando como pretexto ciertos documentos conciliares. Nos dio así los documentos pontificios «Sacerdotalis coelibatus», «Humanae vitae», «Mysterium fadei» y «Evangeli nuntiandi», respectivamente, en defensa del celibato sacerdotal, de la verdad sobre la sexualidad humana, de la Eucaristía y de la necesidad de la Evangelización , y finalmente el «Credo del Pueblo de Dios», un compendio de las verdades fundamentales de nuestra fe, casi todas ellas puestas en discusión en aquel período.

Juan Pablo II tuvo que seguir, en parte, por ese mismo camino con los documentos pontificios «Libertatis conscientiae», contra la propagación de teorías erróneas conocidas bajo el nombre de Teologías de la Liberación , y «Redemptoris missio», sobre la necesidad perenne de la actividad misionera ad gentes de la Iglesia.

La encíclica «Redemptoris missio» denuncia una crisis de la actividad misionera de la Iglesia , que revela una crisis de fe, y reivindica el rol central y específico que tiene la misión ad gentes en el ámbito de toda la actividad eclesial en su conjunto.

¿Ha sido acaso suficiente todo esto? Parecería que no. En efecto, en el año 2000 la Santa Sede ha visto la necesidad de un documento, la Declaración Dominus Iesus, que reafirmara las verdades fundamentales acerca de la unicidad de la salvación en Cristo Jesús y en su Iglesia, junto con la voluntad de Dios misericordioso de salvar a todos los pueblos, pero nunca sin la mediación de Cristo y de la Iglesia , aunque esto suceda por caminos que Él solo conoce.

Del análisis de todos los documentos pontificios resultan claros los siguientes puntos respecto a la misión de la Iglesia : la presencia de los misioneros ad gentes en la Iglesia es señal de una fe viva; es señal de que todavía creemos en la fuerza del Evangelio para hacer del hombre un verdadero hombre; y es señal de que aún anhelamos que todo lo que Jesucristo realizó hace dos mil años en Judea sea conocido hasta los últimos confines de la tierra.

Toda la Iglesia es misionera, sin duda alguna, pero esto no quiere decir que la misión deba limitarse al ámbito local, impidiendo el envío a los pueblos que aún no han oído hablar de Jesucristo. La Iglesia debe educar a los jóvenes, a la sociedad, a las culturas, etcétera, pero, si olvidara la misión ad gentes, es decir, hacia los pueblos que todavía no conocen a Jesucristo, no sería la fiel Esposa de Aquel que ha derramado su sangre por todos, para el perdón de los pecados. Por eso la Iglesia no se cansa y jamás se cansará de proclamar a todos los hombres a Jesucristo Único Salvador, invitándolos a refugiarse en su seno materno mediante el Bautismo y llamando a sus hijos a proclamar la Buena Nueva a todos los pueblos.

En Europa, el Santo Padre Juan Pablo II hizo, en numerosas ocasiones, un llamado a la Nueva Evangelización , pero también dijo que no habrá evangelización posible sin una opción de generosidad de parte de los pueblos europeos hacia aquellos que más necesitan, y que no habrá Nueva Evangelización de los países europeos sin la misión ad gentes.

El relativismo, queridos amigos, no es un dogma, sino una mentira, una de las mayores mentiras: la Verdad absoluta existe; es una Persona; es Jesucristo. Se nos acusará de intolerancia y de muchas cosas más, pero nosotros debemos obedecer primero a Dios antes que a los hombres. ¡La actividad misionera se halla todavía en sus comienzos! (Cfr. Redemptoris missio, n. 1).

P. Giuseppe Cardamone, sptm

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003