Nos cuenta el Evangelio, según S. Juan, que «seis días antes de la Pascua » (cf. Jn 12,1), el Señor Jesús se encontraba en casa de sus amigos Lázaro, Marta y María en una comida. En el transcurso de ésta, María tomó una libra de perfume de nardo y ungió con él los pies de Jesús, secándolos después con sus cabellos. Judas Iscariote ante tal hecho reacciona de un modo que nos podría parecer lógico e incluso justificado, dada la situación que hoy en día nos rodea: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» (Jn 12, 5). ¿Para qué tanto despilfarro? ¿No podría aprovecharse mejor el dinero? ¿Cuántas veces no lo hemos dicho nosotros? A estas preguntas que surgen espontáneamente se suma la sorpresa ante la respuesta de Jesús: «Pobres siempre tendréis con vosotros» (Jn 12, 8). ¡Parece que el Señor Jesús estuviera afirmando que, por más que trabajemos por combatir la pobreza, la habrá! ¡Y todavía más, parece que está justificando el despilfarro en su nombre! ¿Estará acaso afirmando el fracaso de nuestra misión? Si profundizamos en el paso evangélico descubriremos una riqueza inesperada y que «los caminos del Señor no son nuestros caminos».
Además, que encontraremos en el fondo el motivo principal de nuestra entrega por los más pobres y que nos hace falta «transformamos con la renovación de la mente» (Rm 12, 2).
Como siempre, la visión que el Señor Jesús tenía de los acontecimientos es mucho más amplia que la nuestra y por una sencilla razón: su mirada es simple. Nosotros cuando percibimos los acontecimientos nos impactan de un modo o de otro, dependiendo del «orden» que existe en nuestro interior. El Señor Jesús tenía todos sus sentimientos, sus pensamientos, sus obras y sus omisiones unidas íntimamente con el Padre por obra del Espíritu Santo, y esta unión íntima hacía que su mirada tocara lo más profundo de cada hombre que se le acercaba. La cercanía y la intimidad con el Señor nos hacen capaces de ver en lo profundo de los acontecimientos, evitando así tantos juicios superficiales y de crítica, que no conducen a nada. Uno de los frutos espirituales de la unión íntima con el Señor es que, de ser complicados para todo, nos volvemos simples como lo fue Jesús.
Volvamos a nuestro relato evangélico y tratemos de ver con los ojos de Jesús. ¿Quién era María además de la hermana de Lázaro? Es aquella que movió el corazón del Señor para que obrara el milagro de la resurrección de su hermano (cf. Jn 11, 33-37), fue la primera que se acercó al Sepulcro del Señor el primer día de la semana (cf. Jn 20, 1), anunció a los discípulos la Resurrección y se encontró con el Señor resucitado (cf. Jn 20, 2. 11-12). María es también aquella que escuchó a los pies del Señor su palabra, en una de las visitas que Jesús hizo a los hermanos de Betania, como cuenta el Evangelio de San Lucas (cf. 10, 39), y que mereció el elogio del Señor: «María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán» (Lc 10, 42). Es aquella de la que el Señor expulsó siete demonios (cf. Mc 16, 9). Por el gran amor que ella profesaba al Señor, por su suplica confiada, por su fe, por su mirada fija en él y sobre todo por la entrega de todo su ser a Jesús, que se reflejaba en los cuidados que tenía con él; ella sabía quién era su Señor y descubre en él algo que Judas no vio.
Judas era «el traidor», como lo llama el Evangelio, según S. Juan, y aunque ha pasado a la historia con este título, el Señor siempre le trató con amor, invitándole a vivir en comunión con él y a convertirse, pero había algo del amor que Jesús le dirigía, que él no aceptaba.
No acepta que quien él proclama Rey y Mesías le lave los pies (cf. Jn 13, 1-11), le dé su mismo pan después de mojarlo en el vino, signo que en la Biblia significa intimidad, y esto lo hace aun sabiendo que lo entregaría (cf. Jn 13, 26); el Señor nunca dejó de darle la oportunidad de que él tomara parte en la entrega de Cristo en la Cruz , pero no como el traidor, sino como Apóstol. Todavía en el último momento le da otra oportunidad: «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?» (cf. Lc 22, 48). Judas también tenía la bolsa del dinero... (cf. Jn 13, 29).
Ahora podemos dar un paso más en la meditación de la Palabra de Dios: la entrega de Judas a Cristo es una entrega calculada y que terne la sabiduría de la Cruz. Delante tiene al Rey que hace del servicio y de la entrega total su credencial de presentación, tiene delante de sí a Jesús de Nazaret: el Hijo Unigénito del Padre hecho hombre, su Rostro humano, la segunda persona de la Trinidad , que ha renunciado voluntariamente a sus privilegios de Hijo y que se abandona en las manos del Padre ofreciéndose en la Cruz , como Cordero llevado al matadero. Esta cerrazón de Judas, que no se llevó a cabo en un día, sino en un rechazo prolongado del estilo de Cristo, lo lleva a medir su relación con el Señor en términos monetarios (lo entrega por 30 monedas), poniendo un precio incluso a su ayuda a los pobres.
María, sin embargo, por su amor sin cálculos, sin importarle el precio de lo que tenga que pagar, descubre que Jesús es el más pobre de todos; es más, el único pobre a quien hay que servir, aquel que «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9). Al verter el perfume en los pies del Señor, éste se vuelve expresión de la entrega total de su vida, de este derroche de amor queda impregnada toda la habitación. Es signo también de la acogida del amor que Cristo nos entrega en la Cruz , es decir, de él mismo y que mueve a hacer vida este amor recibido: perfume que impregna su servicio al Pobre. Jesús no tiene en cuenta el precio del perfume, sino la disponibilidad del amor de María, pendiente siempre a la voz de su Señor. Por todo esto, si Jesús dice que a los pobres los tendremos siempre, no hemos de entenderlo al estilo de Judas, no habla en sentido material, sino como lo vivió María. En las palabras del Señor se podría parafrasear: entre vosotros siempre tendréis en quien reconocerme pobre, si no sabéis servirme primero e impregnar con el aroma del amor que me llevó a la Cruz toda vuestra vida, no os preocuparéis más que del bienestar material de los pobres, sin preocuparos de que lo más importante es que también por ellos voy a la Cruz y os envío a que con vuestro perfume traigáis a los pobres a mi Cruz para que puedan ser limpiados y santificados con los sacramentos del Iglesia que brotaron de mi costado, sangre y agua de salvación, para que también ellos Resuciten a una vida nueva. No hagamos del dinero la medida de nuestra ayuda a los pobres, dejémonos mover por el aroma que desprende la Cruz del Señor Glorioso, porque los pobres son exigentes y nos piden la vida, no solo lo que les podamos mandar.
P. Giovanni Salerno, sptm