MENSAJE

Los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Septiembre 2005.

FIDELIDAD A LA IGLESIA ES FIDELIDAD A JESUCRISTO

Si alguien de nosotros no tuviera bien clara la idea de infinito y fuera en búsqueda de un esquema que se lo pudiera representar, podría hacer una rápida carrera entre las páginas de Internet a la voz de "religiones" o sinónimos; el resultado sería justamente una lista infinita de Iglesias, sectas, grupos religiosos, todos ellos dispuestos a ofrecer una gran variedad de iniciativas que podrían poner a dura prueba la paciencia de cualquiera.

Evidentemente, esta impresionante oferta de producto religioso responde a una impresionante demanda por parte del cliente. Es una demanda radical que mana de la exigencia insita en la naturaleza humana de tener que dar una sentido aceptable (lo más posible auténtico) a su propia vida, a su propia existencia, a su propio futuro. Se trata de una demanda, en muchos casos verdaderamente acongojada, del hombre contemporáneo, un hombre capaz de descubrir cada vez más los secretos del universo en campo científico, pero cada vez menos capaz, al menos aparentemente, de buscar con seriedad y descubrir el misterio de su propia persona.

El problema nace del hecho de que este hombre exige respuestas plena e inmediatamente satisfactorias, capaces de ofrecer caminos no demasiado comprometedores (utilizando en la vida espiritual el mismo criterio que rige la vida empresarial). El resultado lo conocemos todos: las innumerables sectas y los incontables grupos seudo-religiosos aparentemente dispuestos a ofrecer en abundancia tales productos.

Este contexto impide, o por lo menos dificulta fuertemente, el proceso de descubrir que la única respuesta plenamente satisfactoria a las inquietudes más profundas del hombre no es una doctrina, no es una idea, no es un estilo de vida en cuanto tal, sino que es una persona: Jesucristo.

Es Jesucristo, el Hijo de Dios, aquel Dios que en todas las maneras posibles continúa llamando al hombre para que caiga en la cuenta del inmenso amor con que lo cubre, un amor que, justamente porque es infinito, reconoce claramente la dignidad de la libertad humana que El mismo ha donado, parándose respetuosa-mente frente al sagrario de la conciencia personal.

Él es la Luz que en la noche de las noches vino para iluminar a la humanidad perdida en la oscuridad, para revelar personalmente al hombre, a cada hombre, la vocación sobrenatural a la cual es llamado.

La historia de la humanidad ha sido y es rica de personalidades excelentes, de guías espirituales capaces de arrastrar muchos adeptos, de individuos listos a poner en juego toda su vida para un ideal, pero uno solo es el Dios que se hace Hombre,la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que asume la naturaleza humana para sanarla y elevarla, uniéndose en cierto cual modo a cada hombre para ofrecerle el don inconmensurable de la participación en la Vida Divina que es Vida Eterna.

Este Hombre-Dios, Jesucristo, que hace dos mil años paseaba por los caminos de Galilea enseñando y curando, libremente eligió a algunos hombres, los instruyó viviendocon ellos y los envió con la promesa de la asistencia y de la acción reconfortante del Espíritu Santo para que continuaran la obra empezada con El y en El, vivificando y conduciendo a la humanidad entera hasta el final de los tiempos, cuando El regresará definitivamente.

Él mismo se preocupó de confiar a este pequeño grupo de hombres, los Apóstoles, el mandato de continuar su actividad, transmitiéndoles el poder divino necesario, no sólo para hablar y para obrar en su nombre, sino también para que "todo lo que ataran en la tierra resultara atado en el Cielo, ytodo lo que desataran en la tierra resultara desatado en el Cielo". (Cfr. Mt 18, 18).

Estos Apóstoles a su vez, siguiendo la indicación del mismo Cristo, han trasmitido este poder a los hombres que Dios, en diferentes maneras, indicabacomo aptos y por El escogidos para la misión, y este proceso ha continuado ininterrumpidamente hasta nuestros días, y continuará de la misma manera, ininterrumpidamente, hasta la consumación de los tiempos, como aseguró Jesús: "Yo estoy aquí con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Esto quiere decir que los Obispos que hoy rigen a la Iglesia son los sucesores de los primeros Apóstoles, entre los cuales Jesús eligió un punto de referencia especial, Pedro, cuyo sucesor es hoy el Obispo de Roma, el Papa.

La autoridad y el poder divino de estos sucesores, en cuanto no se basan en fuerzas humanas, sino en la misma Palabra de Dios, nos aseguran, hoy como hace dosmil años, que es Cristo quién por medio de su Iglesia nos guía, es Cristo quién por medio de su Iglesia nos reanima cuando caemos, es Cristo quién por medio de su Iglesia nos corrige cuando desviamos el recto camino.

Por ese motivo, independientemente de las diferentes características de los hombres designados como sucesores de los Apóstoles en la Iglesia, la fidelidad a Ella es fidelidad al mismo Cristo.

No seguir a la Iglesia cuando nos santifica, nos instruye, nos guía en nombre de Cristo, es no seguir a Cristo, es ser infieles a Cristo.

Nosotros como Siervos de los Pobres del TercerMundo somos conscientes de ser una pequeñarealidad en el seno de la Iglesia; pero, por cuanto pequeña pueda ser esta realidad, el aspecto importante que cambia sustancialmente la situación es la seguridad de pertenecer a Ella, hecho que nos transforma en misioneros suyos: es Cristo que nos envía por medio de Su Iglesia a evangelizar a los más pobres de los pobres.

Hace pocos meses nos hemos despedido con lágrimas en los ojos de Juan Pablo II "el grande"; el Vicario de Cristo que nos ha visto nacer como Movimiento misionero. Pero inmediatamente hemos empezado a pedir su intercesión en cuanto estamos seguros que desde el Cielo nos apoyará con todavía mayor fuerza y amor de Padre. Al mismo tiempo hemos saludado con grande emoción la elección a sucesor de Pedro, de Benedicto XVI, otro gran regalo de Dios a toda la Iglesia, a los pobres y a los Siervos de los Pobres.

Con Juan PabloII recorríamos las aldeas más alejadas para gritar al mundo entero "no tengáis miedo" Con Benedicto XVI entramos en las chozas de los Andes convencidos como él de ser humildes trabajadores en la viña del Señor. El nuevo Papa tendrá seguramente que sufrir mucho por las dificultades internas y externas que amenazan a la Iglesia, sin embargo, estamos seguros de que la Barca de Pedro puede tambalear pero no quebrantarse, somos llamados como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo a ofrecer aún con más fuerza nuestras oraciones y sacrificios por las intenciones del Santo Padre.

Hemos nacido para realizar entre los más pobres los deseos del Santo Padre, Vicario de Cristo y sucesor de Pedro. Los deseos del Santo Padre son los deseos de la Iglesia entera y, sobre todo, son los deseos de Cristo que llama a todos los hombres a la salvación.

Sea que nos encontremos en los pueblos alejados de la Cordillera andina, sea que nos encontremos en las parroquias de otras latitudes, es nuestro deber testimoniar con las palabras y con la vida nuestra fidelidad al Santo Padre, a la Iglesia Universal, en definitiva, a Cristo.

En cuanto hijos de la Iglesia, tenemos el deber de no rebajar las exigencias dictadas por Cristo [cuyo "yugo es suave y cuya carga es ligera" (Cfr. Mt 11, 30), si son llevados viviendo con El y en El] con el pretexto y la ilusión de que tal vez así, rebajando tales exigencias, podemos ser mejor "aceptados a nivel social" y podemos mejor servir a los pobres...Dos mil años de Cristianismo demuestran que los criterios del Reino de los Cielos no corresponden a los criterios del mundo.

En cuanto Siervos de los Pobres del Tercer Mundo, participamos del maravilloso e incansable esfuerzo de la Iglesia comprometida en hacer llegar al corazón de todo hombre y, en consecuencia, de todo pueblo, el verdadero tesoro de su misma Vida Divina, concedida gratuitamente y por esto llamada Gracia, en grado de transformar radicalmente al hombre y guiarle a su plena realización como hijo de Dios; plena realización queintegra armónicamente la plena realización de todos los niveles de la persona.

Así, por ejemplo, llegar en un país del Tercer Mundo anunciando y viviendo unos principios morales diversos de los que el Santo Padre y el Magisterio están constantemente defendiendo significa traicionar de raíz el mandato misionero de Jesucristo, obstaculizando el proyecto que Dios ha pensado para aquel determinado hombre y para aquel determinado pueblo.

No puede haber contradicción entre el Creador y las leyes que Él mismo ha establecido para la completa maduración de su creación y, de manera especial, de la joya de la creación, el ser humano. Entonces, si reconocemos a la Iglesia como al verdadero Cuerpo de Cristo y como a la autorizada intérprete de su Palabra, debemos escucharla y seguirla, cuando nos habla en nombre de Cristo, con el mismo entusiasmo y el mismo compromiso con el cual los primeros discípulos seguían y escuchaban a Jesús, viviendo lo que aprendían.

Para apoyar a los misioneros esparcidos por todo el mundo, un primer y decisivo paso personal es aquel de analizar seriamente nuestra vida como hijos de la Iglesia: nuestra capacidad de escuchar a la Esposa de Cristo; nuestra capacidad de dejarnos transformar por la Gracia que Cristo nos dona, a través de los Sacramentos por El instituidos y confiados a la Iglesia; nuestra capacidad de vivir luego lo que hemos escuchado.

Todo esto tendrá una primera y radical consecuencia en nuestra vida y automáticamente reforzará el empuje misionero de la Iglesia, dando nuevo vigor a muchos testigos del Evangelio, llamados cada día a dar razón de su esperanza, no en cuanto individuos movidos por nobles principios humanitarios, sino en cuanto miembros vivos del Cuerpo Místico enviados a anunciar la Buena Nueva a todas las naciones.

Padre Giovanni Salerno, sptm

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003