| Con frecuencia se oye aquello de que estamos
inmersos en la sociedad del ocio; es decir, que se tiende
a disminuir el tiempo dedicado al trabajo para aumentar el
que se invierte en diversión u ocupación reposada
en otras tareas que gusten a la persona que disfrute del dicho
ocio.
Ocurre que, como en muchas cosas que tienen que ver con la
actividad social, surgen los espabilados dispuestos a sacar
tajada de todo lo que se impone como moda o aparece en forma
de utilización masiva.
Así podemos observar como abundan cada vez más
los negocios estructurados para ofrecer al ciudadano ocioso
actividades que le permitan ocupar su tiempo libre. Negocios
que llenan los bolsillos de los que montan un tinglado para
pensar por nosotros, mostrándonos atractivas propuestas
de diversión.
Hacen con los adultos lo mismo que han llegado a hacer con
los niños. Si nos paramos a pensar, podemos comprobar
que se ha anulado la capacidad de inventiva y creatividad
del niño con los modernos juguetes; hasta el extremo,
en muchos casos, de que los niños se entretienen más
con la caja que contiene el juguete, que con el propio objeto
que le han regalado.
Todo vale con tal de ganar dinero; es el criterio de unos
pocos que cada vez tienen más. Y nosotros quedándonos
en una actitud pasiva, como embobados por la sutil y sibilina
droga del consumismo.
El ocio bien entendido tendría que ser el que cumpliera
los criterios de la definición que podemos encontrar
en cualquier diccionario mediano; es decir, una "diversión
u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio,
por descanso de otras tareas". O mejor esta otra definición:
"Obras de ingenio que uno forma en los ratos libres de
preocupaciones principales".
Teniendo en cuenta lo dicho, el ocio y el negocio entran en
contradicción. Paradójicamente, en la sociedad
actual entran en sociedad, van de la mano. Algunos han visto
en el ocio la mejor manera de sacar tajada económica,
premisa básica del negocio. Con todo esto, uno tiene
la impresión de que estamos perdiendo la personalidad
propia y de que nos estamos convirtiendo en un número
anónimo en medio de una masa social manipulada.
El tema es una propuesta de reflexión que dejamos caer
por si el lector se identifica con lo propuesto o por si quiere
debatir, en discrepancia, sobre el mismo. La revista está
abierta; por algo es "Punto de encuentro"
José
Antonio González Dávila. Periodista
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