MENSAJE

Movimiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo

EUCARISTÍA: PAN PARTIDO

El Papa Juan Pablo II, en la última encíclica que nos ha regalado, Ecclesia de Eucharistia, concluye diciendo: «Sigamos, queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos " contagia " y, por así decir, nos " enciende " » (n. 62). En pocas palabras, el Santo Padre nos dice que de una vida alimentada constantemente del Sacramento de la Eucaristía brotan rasgos muy particulares. Esto es debido a que la presencia del Señor en el Sacramento es una presencia real: está presente todo Cristo, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad. Además, lo está con un fin bien específico: el de darse a sus discípulos. Podríamos decir que el Resucitado va asumiendo rostros concretos en todos los que con devoción y con la debida disposición lo reciben en la Comunión.

En el Sacramento de la Eucaristía el Señor nos ha dejado el modo de tomar parte en su vida y en su amor, aquel mismo amor que lo llevó a la Cruz. Con las palabras del Señor podría mos subrayar uno de los aspectos más característicos de su misión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45). Entonces, el servicio más grande que hizo a todos los hombres fue el de dar su vida para rescatarnos, es decir, para reconciliarnos con Dios y hacernos partícipes de la vida divina, llevándonos hacia el Padre, con quien estábamos enemistados por el pecado y con quien volvemos a enemistarnos cada vez que, pecando, nos apartamos de él y le damos la espalda.

Pero, ¿qué tiene que ver la Eucaristía con el servicio a los demás? En el relato del Evangelio según San Juan acerca de la Ultima Cena , no encontramos la institución de la Eucaristía , sino el lavatorio de los pies. ¿Por qué? No es porque en este Evangelio no se hable de la Eucaristía , sino todo lo contrario: el evangelista nos ha dejado, en el capítulo VI, el bellísimo testamento de Jesús sobre el Pan bajado del Cielo: «El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51), palabras equivalentes a las palabras transmitidas por los demás evangelistas en el relato de la institución de la Eucaristía dentro de la Ultima Cena :

«Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros» (Lc 22, 14-20; cf. Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29). Pero queda todavía en pie nuestra pregunta sobre la relación de la Eucaristía con el servicio al prójimo.

Pues bien, vayamos a la palabra de Dios y dejemos que sea ella quien nos ilumine: «Antes de la fiesta de la Pascua , sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo. Durante la cena (...) se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido» (Jn 13, 1-2a. 4-5).

En el lavatorio de los pies, Jesús se presenta como Maestro de Servicio, ya que, una vez que lavó los pies a sus discípulos, dijo: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 13-15). Muchos exegetas están de acuerdo en pensar que si San Juan nos narra el lavatorio de los pies (lo que no hacen los demás evangelistas), es como si estuviera interpretando el sentido de la Eucaristía con ese gesto del Señor. Antes había dicho que Jesús «los amó hasta el extremo», es decir, que Jesús ya estaba contemplando su entrega en la Cruz , que sería total, en cumplimiento de la Voluntad de su Padre: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).

De este modo, iluminados por la palabra de Dios, podemos sacar algunas conclusiones: la presencia del Señor en la Eucaristía es una presencia fuerte, no es metafórica, ni depende de mi fe, sino que es real; y en ella se hace presente el Resucitado, que atrae a todos hacia él, para que su vida, su rostro y su servicio en la Cruz tomen rostros concretos en los que lo reciben en la Comunión.

La participación en la Santa Misa es participación en la Liturgia de la Iglesia , Liturgia que es «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza...» (Concilio Vaticano II. Constitución «Sacrosanctum Concilium» sobre la Sagrada Liturgia , n. 10). Asimismo, «la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo» (Allí mismo, n. 10 ). Justamente porque ella consiste en «comer el Cuerpo y beber la Sangre del Señor», imprime la vida de Jesús en quienes nos sabemos hijos de Dios. Cristo se hizo Pan Partido y, al dar su vida, «partido» en la Cruz , da a su Iglesia el pan y el vino que, comido y bebido, hacen al Hijo de Dios vivir en nosotros. Sólo así podemos dar el mismo culto que da Jesús a su Padre por medio del sacrificio de la Cruz , es decir, entregando nuestra vida por los demás, en actitud de siervos, tal y como lo hizo el Maestro del Servicio: «lavando los pies de los discípulos».

En un hermoso himno cristológico que encontramos en la Palabra de Dios y que nos ha sido transmitido por San Pablo en la Carta a los Filipenses (2, 5-11), el Apóstol exhorta a los cristianos con estas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo, el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se vació de sí mismo y tomó la condición de siervo... y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (F1p 2, 5-8).

Haciendo una síntesis muy breve de este pasaje bíblico decimos que el Señor Jesús, verdadero Dios, no se hizo carne tomando una forma gloriosa, es decir, no quiso gozar de forma narcisista y vanidosa de su condición de Dios, viniendo como amo, patrón, etc.; sino que, sin dejar de ser lo que era, es decir, Dios verdadero, también asumió el ser hombre como nosotros, pero sin ostentación de poderes terrenales, haciendo suyas todas nuestras debilidades (menos el pecado). Y, precisamente porque no quiso gozar de sus "privilegios divinos", tomó la condición de siervo.

De la misma forma, muchas veces nos podemos sentir merecedores de lo que tenemos, por haberlo ganado con nuestro esfuerzo; pero a menudo, desafortunadamente, nuestras riquezas (llámense dinero, dotes especiales, ideas brillantes, proyectos, etc.) nos hacen sentir superiores a los demás y nos hacen incapaces de vaciarnos de nosotros mismos y de ponernos a su servicio.

Por eso, un cristiano que participa en la Eucaristía , no por mero cumplimiento ni limitándose a estar presente como lo puede estar una columna o un mueble de la iglesia, sino ofreciéndose al Padre juntamente con Jesús, movido por el Espíritu Santo y recibiendo el Santísimo Cuerpo del Señor en la Comunión , debería estar dispuesto a que el Señor imprima en él los rasgos del rostro del Siervo por amor, «que no vino a ser servido sino a servir» (Mc 10, 45).

Así entenderemos cómo lo que se nos dio (que puede ser mucho e incluso muchísimo) se nos dio para que lavemos los pies a los demás, como signo de que nuestra vida se alimenta de la Eucaristía y que ésta, por el amor que imprime en nosotros, nos lleva a que nuestro servicio sea «hasta el extremo», es decir, hasta la Cruz.

Sólo asumiendo esta condición de servicio, este " empobrecimiento " de nosotros mismos, haremos ricos a los que servimos, ricos de amor, de misericordia, de perdón: ri cos del Señor.

No cabe duda que la Eucaristía es el alimento de la vida misionera, porque impregna nuestra entrega de la humildad del Siervo por Amor, de la generosidad y de la disponibilidad que tuvo Jesús para servir a sus hermanos, especialmente a los más pobres, sus predilectos.

Padre Vincent Minnelli, sptm

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003