MENSAJE

Movimiento Siervos de los Pobres del Tercer Mundo

La Cuaresma: Imitación de Cristo

¿Cuál es la finalidad de la Cuaresma ? ¿Por qué rezar, ayunar y compartir? ¿Qué placer le encuentra Dios en mandarnos hacer todo esto? En realidad, no hay sino un solo objetivo, que es el mismo de toda vida cristiana, y que es el de cumplir con el único mandamiento de Cristo: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. La Cuaresma no es sino una ocasión especial de practicar este mandamiento con mayor intensidad, como en una especie de prueba o ensa­yo piloto.

¿Cuál es la finalidad de la vida?

Como se sabe, la vida no tiene sentido sino en su perspectiva de eternidad. Si la vida aquí en la tierra no tiene una continuación en el más allá, entonces ¿para qué esforzarse, traba jar, sufrir, sacrificarse? ¿Para qué obedecer a Cristo tratando de amar a Dios y a nuestro prójimo? Seguramente la adhesión a Jesús y a su enseñanza tiene sus propias satisfacciones aun en la tierra: la paz del espíritu, una serena felicidad, una cierta «indiferencia» (en el sentido paulino de que, sea que vivamos, sea que muramos, si esto viene del Señor no le tememos a nada), frente a las pruebas que nos puedan sobrevenir, etc.; pero, al fin y al cabo, sabemos que nuestra vida aquí en la tierra, pase lo que pase, no durará para siempre... Sabemos que no es sino un «test», con una sola cuestión de fondo: «¿Me amas tú?»

Ésta es la pregunta a la que, muy a menudo sin saberlo o sin darnos cuenta, contestamos cada día. Por nuestra relación con Dios y con el mundo, nosotros decidimos día tras día si amamos a Dios, o no: «Sí, yo te amo porque rezo, recibo los sacramentos, comparto lo mío con los demás, quiero a mis amigos e incluso a los que se consideran mis enemigos...» O, por el contrario: «No, no te amo, pues prefiero el pecado, no creo lo que Tú has dicho o prometido, no quiero sino a mí mismo y no perdono a nadie la menor ofensa.»

Y es así que, en el transcurso del tiempo, vamos preparando la decisión final que determinará nuestra vida futura, nuestra vida por toda la eternidad. Dios, habiéndonos creado libres, no nos forzará a que lo amemos, ni a que compartamos con él la vida divina. Y, si no lo amamos, Él dejará que pasemos la eternidad solos, aunque esto le cueste aceptarlo. Hoy en día se oye decir cada vez más que el infierno no existe o que, si existe, está vacío, porque Dios nos quiere... Pensar de esta manera significa olvidar que el amor exige una respuesta libre del ser amado, y la respeta. ¿Qué amor sería el de Dios si, contrariando nuestra voluntad, nos forzara a amarlo por toda la eternidad? Es precisamente porque nos ama que Dios nos deja libres de no amarlo, si nosotros lo decidimos así. Él no puede forzarnos a aceptar la vida eterna: es el precio del verdadero amor el aceptar no ser aceptado.

Nuestra vida presente, entonces, es el tiempo que se nos da para una respuesta, positiva o negativa, al amor de Dios. En el juicio final, no será tanto Dios que nos aceptará o nos rechazará, cuanto nuestra propia decisión, fijada para siempre en el momento de la muerte, decisión que Él ratificará con su justo y definitivo veredicto.

La Cuaresma, tiempo de ensayo y de prueba piloto

La Cuaresma es, en cierto modo, un ensayo general o una prueba piloto. Nosotros no sabemos cuándo vamos a morir, pero sabemos cuándo Cristo muere y cuándo resucita, y también cuándo nosotros mismos vamos a revivir su muerte y su resurrección. Y la Cuaresma es, de alguna manera, un resumen de nuestra vida y de nuestra muerte con Él. Si estamos preparados en el momento de su muerte y de su resurrección, entonces el «test» ha tenido éxito. Habremos vivido, en resumen y de manera concentrada, lo que deberemos vivir a lo largo de los años que nos han sido asignados. Pero si la Pascua nos toma de sorpresa, sin que hayamos mejorado nada en nuestra vida; o, peor aún, si esta fiesta de Pascua nos halla en estado de pecado mortal (sí, de pecado mortal, porque ¡el pecado mortal existe!), entonces seremos no sotros los responsables de no estar preparados... Y sabremos cuál será el juicio que nos está reservado en el último día si no nos convertimos.

Lo que Dios quiere de nosotros

En el día del juicio final, Dios reconocerá en nosotros lo que le pertenece, y será esto lo que nos abrirá las puertas del Paraíso. Ésta será la respuesta, el «sí» que Él quiere encontrar en nosotros. Las palabras serán inútiles, y no podrán contrabalancear los actos y las obras. El último juicio sí tendremos un abogado, que será el Espíritu Santo; no será, sin embargo, como los juicios humanos, sujetos a argumentaciones. No se tratará de hallar una culpabilidad o una santidad, sino de “sacar cuentas”, de alguna manera, porque tendremos también algunos «ases» a nuestro favor (Dios conoce nuestra debilidad, y además no juzgará a aquellos que no han juzgado a sus hermanos durante su vida terrenal). Pero, aparte las ventajas de tener estas «cartas» favorables, ¿qué nos requerirá Dios? Bueno, lo que Jesús ya nos ha requerido: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Es ésta la «imagen y semejanza» que Dios quiere encontrar en nosotros de sarrollada. Y es allí donde intervienen los «preceptos» de la Cuaresma : la oración, antes que nada, que nos enseña a colocar a Dios sobre todas las cosas; luego, el ayuno, que, además de llevarnos a imitar lo que Jesús ha vivido du rante cuarenta días en el desierto, nos permite compartir lo nuestro con nuestros hermanos los más pobres. No se trata, en efecto, de someternos a un régi men o dieta especial para adelgazar o economizar, sino más bien de compar tir con los que tienen hambre lo que nosotros hubiéramos podido consumir o ahorrar para nuestro provecho egoísta.

El ayuno cuaresmal no es el Ramadán de los musulmanes: está indisolublemente unido a la práctica del amor al prójimo, sin el cual resulta estéril. Tiene además un valor ascético, un valor de reparación de nuestros pecados pasados. Mediante la ofrenda de aquello de lo cual nos privamos, «repara mos» las consecuencias de nuestros pecados y también de los ajenos, gracias a la comunión de los santos.

Finalmente, a través del ejercicio conjunto de la oración, del ayuno y del compartir, tratamos de imitar la vida terrenal de Jesús, para que el Padre, re conociendo en nosotros lo que ha reconocido en su Hijo, nos reciba en la vida eterna como le ha recibido a Él.

Un tiempo privilegiado

La Cuaresma es un tiempo de gracia. Es un tiempo de reparación y de pre paración, un tiempo particularmente bendecido por Dios, si nosotros aceptamos vivir su desafío.

Si nos damos el trabajo de vivir en estado de gracia, confesando eventuales pecados graves que hayamos cometido; si vivimos este tiempo como se nos lo propone, intensificando nuestra vida de oración, de sacrificio y de saber compartir; si aprovechamos bien de estas semanas, tratando de no irritarnos y no impacientarnos, sino de conservar una alegre esperanza en el corazón y en el rostro; si llegamos a la Pascua renovados por la gracia de Dios, con la cual habremos cooperado; entonces oiremos en el fondo de nuestro corazón el eco de aquellas cálidas palabras que Cristo nos dirigirá en el último día: «¡Venid, benditos de mi Padre: recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25, 34).

Padre Fabricio Chatelain, sptm

VOLVER

 
© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003