Aún muchos de aquellos que se han alejado de Dios experimentan una honda confianza en lo que podría hacer la religión católica. El problema es que muchos de aquellos que han abandonado o rechazado la fe piensan que los cristianos no saben llevar a la práctica sus sublimes teorías, o que no se toman la molestia de experimentar su eficacia.
Detengámonos un momento a pensar si nuestro corazón, rebosante del amor de Dios, no tiene más remedio que predicar a Cristo no como fruto de un «esfuerzo» personal, sino como algo que brota espontáneamente desde lo más hondo de nuestro ser. Si así fuera, la imagen que el mundo tendría de nosotros sería totalmente diferente, y hasta se sentiría atraído a vivir como católico, mirando siempre a la santidad.
Lamentablemente son pocos los que, llenos de fe, de esperanza y de caridad aplican a las realidades de nuestros días, en este mundo tan agitado y escéptico, las verdades salvadoras de Cristo. Por eso, muchos llegan a la con clusión de que el Cristianismo es una mera antología de bonitas ideas o algo puramente utópico, irrealizable.
Esta constatación es una llamada que nos están haciendo tanto Dios como nuestro prójimo, para que tomemos la decisión de llenarnos de Cristo y ser lo más posible como él, sus imitadores; pero no a través de una imitación externa, o de un querer imitar a Cristo «a la carta», es decir, tomando de él únicamente lo que más nos gusta.
Este proyecto tiene que transformar lo más profundo de nuestro ser; tiene que convertirse en un seguimiento de Cristo, viéndolo no sólo como Maestro, sino más bien como modelo, molde y forma de nuestro corazón y de nuestra vida desde adentro, como lo es la vid para los sarmientos que de ella reciben la savia. Así tendremos los mismos sentimientos de Cristo (cfr. 1 Cor 2, 16; Flp 1, 8), y nuestro único deseo será el de hacer la voluntad del Padre y entregarnos al servicio de todos nuestros hermanos, especialmente de los más pobres.
Esperanza ante todo
Hoy en día existe en nuestro mundo un bombardeo de información que nos llega a través de la radio, la televisión, internet, etc. Desafortunadamente, llega a ma nipular de tal manera nuestra forma de pensar que nos hace casi imposible tener «nuestras propias ideas», empujándonos más bien hacia diferentes y peligrosas formas de «relativismo», «indiferentismo» y «subjetivismo». Nos enteramos de muchas ideologías, religiones, sistemas filosóficos, «collages» de ideas recopiladas de uno y otro lado sin organicidad alguna, principios «morales» (a menudo «inmorales» o incluso «amorales») sin mayor fundamento, que en definitiva sólo tratan de justificar un determinado comportamiento, siguiendo muchas veces la moda o los gustos de la época o el momento. Sin embargo, sabemos que nuestro pensamiento y comportamiento tiene que ser fruto de una profunda conformidad con la voluntad del Creador y, más precisamente, con la vida de Cristo, el Hijo predilecto del Padre, «imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas (...), todo fue creado por él y para él (...) y todo tiene en él su consistencia» (Col 1, 15-17).
Muchos piensan que el fin único de nuestra existencia se concentra en perseguir sin trabas y sin tregua el placer. Hay todavía otros que se aferran a la teoría de que «si una determinada conducta funciona bien para mi provecho, entonces es buena». Todos ellos, por desgracia, se olvidan de que el hombre nunca ha sido feliz si guiendo ciegamente sus pasiones o intentando olvidar la doctrina inmutable según la cual lo que de termina la bondad o maldad de un acto no es la presencia o ausencia de un provecho personal. Finalmente, sin Cristo no nos queda si no la resignación desesperada, y ésta pone en peligro nuestra salvación eterna.
A pesar de este panorama desolador, hoy todavía encontramos a gente que se entrega totalmente a Dios, para la misión que Él le ha confiado. Se dice que en nuestros días hay crisis de vocaciones, como si Dios no llamara el número suficiente de personas para realizar su plan. Pero no es cierto: Dios sigue llamando; sólo que, con tanto ruido y tantas distracciones que nos rodean, somos nosotros que ya no sabemos oír ni escuchar.
Estos hombres y mujeres generosos que hoy sirven a Dios encuentran el sentido de muchos males que aquejan este mundo. Ellos saben que al hombre sólo es posible interpretarlo desde Dios, como nos lo recuerda el Concilio Ecuménico Vaticano II: «Cristo, el Señor, el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre lo sublime de su vocación» (Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 22).
Hoy se habla mucho de «ayudar a los demás», y ha habido un impulso fortísimo a la labor social. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿por qué los pobres - son más pobres y los que se dedican a este servicio se sienten insatisfechos? Porque ninguna ayuda, donada o prestada sin Dios, prescindiendo de él, puede prosperar. Se puede dar ropa, medicinas, alimentos, etc., pero sin Cristo jamás se podrá dar una respuesta y un sentido a los paradigmas más radicales y a las interrogantes más cruciales que aquejan el corazón humano.
Por lo tanto, hay que escoger a Cristo, pues sólo con él se puede ser misioneros desde nuestra realidad concreta, se puede ser cristianos comprometidos en este mundo, se puede ser santos en nuestros días. Todas las cosas que acontecen en nuestra vida, aun las más pequeñas, son ocasiones para santificarnos, y esto no es otra cosa que elevarlo todo a Dios para su gloria (cfr. 1 Cor 10, 31) como ofrenda y como oración de adoración, alabanza, agradecimiento, propiciación, súplica, etc.
Recordemos que «el lugar» para llevar a cabo este proyecto es la Iglesia , y que el modelo es Cristo. Podemos ayudar a los pobres con nuestro ofrecimiento diario, con nuestra intensa oración, dejando en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro medio ambiente, el buen aroma de Cristo. Y encontraremos que, ayudando, nos santificaremos nosotros mismos y a la vez santificaremos también a los demás.
«Mirad que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3, 20). Sólo nos queda escuchar todo esto en nuestro corazón. También a nosotros el Señor nos pregunta: « ¿Quieres oír mi voz? ¿Quieres cenar conmigo?» Y, junto con Jesús, muchos pobres nos siguen mirando y esperando nuestra respuesta.
Padre Giovanni Salerno, sptm