En todo lugar en el que haya varias personas que convivan es inevitable que tengan, manifiesten y pongan por obra distintas concepciones sobre diversos temas a la hora de definir y dar servicio a las cosas. Las personas que quieran hacer valer únicamente su opinión harían insoportable toda convivencia. En nuestros tiempos uno de los mitos o tópicos es el de la tolerancia. El que quiera ser "políticamente correcto" tiene que ser tolerante, en el sentido de aquellos que dictan las modas. Por eso se impone primero pasar a definir lo que no es tolerancia, para po der comprender mejor lo que es.
No es tolerancia la actitud pasiva, ni mucho menos cobarde, que consista en renunciar a las propias ideas; tampoco quiere decir debilidad, falta de carácter o escasa firmeza en los planteamientos.
La virtud de la tolerancia no impide en ningún momento la manifestación clara y decidida de las propias convicciones. La persona tolerante sabe afirmar sus puntos de vista sin arrasar los ajenos. La tolerancia genuina no es permisiva, sino un sano pluralismo plenamente aceptado y vivido. Ser tolerante significa saber respetar todas las actitudes, las ideas, los programas que honradamente intentan construir el bien común.
La tolerancia es una cualidad cívica muy importante que en una sociedad democrática se hace cada vez más nece saria.
La tolerancia en el campo político
La tolerancia tiene que manifestarse con verdadero espíritu democrático. El político que se confiesa seriamente democrático no puede olvidar que tiene adversarios, pero no enemigos. Pero esta lección, ¡cuánto les cuesta aprenderla y vivirla a bastantes de nuestros políticos españoles! Al menos, por el tono hiriente de sus muchas declaraciones. Los políticos tolerantes tienen que ser más conscientes de lo que significa partido. Partido viene de "parte" y una parte no puede monopolizar todo. A la ciencia política nadie ni ningún grupo la posee en exclusiva. Una persona tolerante, por tanto, es siempre una persona básicamente humilde y sanamente relativizadora.
La tolerancia en el campo cristiano
La actitud de la tolerancia en este campo tiene que vivirse y hacer compatible la firmeza con la defensa de la misma convivencia, expresada de tal manera en la justicia que ésta alcance a todos conforme sus necesidades. Por otra parte, el amor no es debilidad, la tolerancia no es indiferencia ante el bien y el mal. La batalla de los políticos cristianos es la de trabajar constantemente por conseguir que en la sociedad actual se respeten los derechos humanos (nueva versión del antiguo derecho natural). Mucho más cuando esos derechos se están violando amparándose en el respeto a la ética individual o en los dictados de la mayoría cívica o parlamentaria. Verdaderamente estamos ante una corrupción del concepto de tolerancia y ante la degradación de la democracia.
No quisiera que esta afirmación, que vengo manifestando insistentemente desde los primeros años de nuestra democracia, se viera confirmada con los más variados argumentos y principios sensacionalistas. Cada vez más se pone de manifiesto que la sociedad más democrática y más tolerante necesita también límites que no se pueden franquear impunemente; de lo contrario estaremos sometidos a la ley del más fuerte, a la ley de la selva. Esta clase de tolerantes son los que reclaman el derecho a matar a los no nacidos y el de suicidarse legalmente cuando así lo decida el interesado. En el primer caso los tolerantes no tienen en cuenta la opinión del sujeto paciente y sufriente - el bebé que está custodiado y formándose en el vientre de su madre - mientras que en el segundo supuesto consideran que el interesado debe dar su permiso antes de que lo ejecute. Ser verdadero tolerante, oponiéndose así a eliminar la vida humana es estar contra el aborto, porque no sólo se vulnera la ley que salva a esos seres humanos según el Quinto Mandamiento de la Ley de Dios, sino que además se conculca el derecho a la vida. Aquí no bastan esas aplastantes mayorías para quitar la razón, pues como dijo el gran escritor France Anatole: "Una necedad sostenida por treinta millones de bocas no deja de ser una necedad". Pero aquí esa necedad supone seguir eliminando miles de vidas humanas por el aborto, ya sin límites, según la determinación del gobierno actual, aprovechando el poder que le da la fuerza de la mayoría. Si al ser humano no se le permite nacer, ¿para qué le sirven los demás derechos? ¡Que hoy tenga tan nefasto destino esa aplastante mayoría política, como testimonio de una democracia transparente! ¿Cabe mayor hipocresía en la defensa de los derechos del Ser Humano sin dejarle nacer? Un político auténticamente tolerante, y más si es cristiano, no puede permitir que el valor de un voto sirva para no dejar nacer al ser humano.
Es un grave error de aquellos que piensan que lo humano es extraño a lo divino, porque precisamente lo que Dios quiere es "hacer y mantener humana la existencia del hombre".
Nuestro gran sabio Luis Vives ha escrito: "Esto manda Dios, que el hombre ame al hombre por el mismo hecho de ser hombre, que no atienda a su raza ni a su condición, si no a la humanidad y a Dios. Cuando estos principios se desconocen o se olvidan o se rechazan bueno será apuntar el gran peligro que estamos corriendo de ser arrastrados por una corriente abiertamente degenerativa de la civilización que estamos alcanzando, como ha ocurrido tantas veces en la historia de los pueblos.
Fernando Lorente, capellán de la Clínica San Juan de Dios