CARTA DEL DIRECTOR

Punto de Encuentro. Septiembre 2004. Nº 20

La omnitolerancia

Ustedes ya saben lo que me gusta ir al meollo de los conceptos. Me preocupa bastante la progresiva dispersión y confusión de ideas claves para la vida ético-moral de las personas. Es parte del desarrollo (ya muy adelantado, según podemos comprobar) del relativismo actual, cuya receta es la siguiente: se crea un batiburrillo de ideas a las que se califica de progresistas, se mezclan y confunden adecuadamente, se bate todo bien como un gazpacho, y se lo traga uno sin darse cuenta, como una cervecita fresca en una mañana calurosa; de esta manera ya no hay quien se aclare; las personas vagamos por la vida sin saber exactamente qué hacemos, adónde vamos vamos, ni de qué hablamos siquiera.

¿No les ha pasado nunca que empiezan a debatir sobre un determinado tema, casi siempre polémico, y la discusión se desliza rápidamente hacia la semántica? No, no es que yo frecuente las tertulias de filólogos, ni que la semántica esté de moda, sino que, de repente, la gente necesita discutir de lo que quieren decir las palabras y así ¡qué lejos queda un acuerdo sobre el fondo, si ni siquiera podemos coincidir en la forma, en el código, en las palabras y en nuestra imagen mental de cada concepto! Este tema, de un interés absoluto en lo que se refiere al análisis de la cultura actual, y que sin duda la sociología irá desentrañando en años venideros (si logra escapar al proceso) lo trataremos en un número posterior de Punto de Encuentro; es un fenómeno muy extendido. Tiene que ver tanto con la deficiente formación en las escuelas y universidades, como con la falta de honestidad en la conducta. Lo podemos comprobar fácilmente analizando cualquier discurso político, por ejemplo, pero es aplicable a infinidad de campos. La cultura actual (en especial la presente en los medios de comunicación) se sirve de la mentira (no de frente sino mimetizándose tras una larga fila de eufemismos y términos fangosos) para crear confusión y en la confusión lograr determinados objetivos: la manipulación de la voluntad de las personas (o mejor decir consumidores), la conversión de la mentira en verdad aparente; la consecución, en definitiva, del engaño. ¿Creen que soy muy pesimista?

El significado de tolerar, en español, se refiere al respeto por las ideas ajenas, aunque sean diferentes o incluso contrarias a las nuestras, pero también tiene un sentido negativo o peyorativo cuando habla de permitir algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expre­samente. En esta segunda acepción,

“ Por lo visto nadie parece creer en el respeto a las creencias ajenas s in tener que renunciar a las propias ”

comprendamos que hoy día el espacio imaginario donde metemos lo moralmente malo (o no lícito) ha menguado hasta límites nunca conocidos. Casi pareciera que lo malo no existe, se ha volatilizado, como también lo han hecho las ideas que iban unidas a lo malo: el demonio, el infierno, el castigo, el pecado. Pero como ya nos dijo Einstein, que la energía ni se crea ni se destruye, hemos transformado mucho de lo malo en “diferente”. Así, este espacio mental de lo diferente ha crecido como un gran agujero negro que lo traga todo. Y este cambio de residencia, créanme, es importante: todo lo que estaba en el espacio de lo malo, al pasar al espacio de lo diferente consiguió una amnistía total. Se convirtió en lícito.

De modo que la tolerancia, aun siendo un término parcialmente peyorativo y que nos hace arrugar el entrecejo, es valor obligado y dado por supuesto en la sociedad políticamente correcta, aunque parcialmente desvirtuado en su significado. Se tolera lo que haga falta, a excepción, claro está, de lo que se oponga a los valores sagrados de la religión dominante: precisamente, el relativismo. El dios de esta nueva religión en realidad no es otro que una utopía encomiable y bellísima: acabar con las guerras, con la división y el desencuentro. ¿Qué mejor manera de acabar con el desacuerdo humano que dando la razón a todo el mundo? Se trata del viejo truco, ése que practicamos con los amigos pesados, de dar la razón “como a los locos”. Sí, sí, sí.... Por supuesto. Y aquí paz y después gloria.

Los intelectuales comprometidos o las viejas instituciones que se empeñan en seguir advirtiendo que lo malo sigue siendo malo, como la Iglesia , han caído, según los ayatolás del relativismo, en un profundo trasnoche, en el ridículo y el descrédito. Porque, ¿qué es el mal? ¿Qué es la verdad?, decía Pilato mientras se lavaba las manos. Ah... la verdad no existe. Y donde no hay verdad, ¿no hay mentira? ¿O todo es mentira? Cada uno tiene su verdad y su mentira, y difícil es que podamos compartirlas. Mejor dejarlas en el silencio oscuro de lo privado, en un rincón del alma, que cantaba María Dolores.

Y pobre del que alce la voz en la liturgia diaria del relativismo. Por lo visto, nadie parece creer en el respeto de las creencias ajenas sin tener que renunciar a las propias. Y miren que es sencillo, señores. Y eso es, para mí, el verdadero respeto, la verdadera tolerancia: respetar y amar sinceramente a quienes piensan diferente, pero sin renunciar nunca a lo que nosotros pensamos. Porque respeto no es capitulación, ni desvirtuación, ni bajada de pantalones, ni falsa fraternidad, ni falta de valores, ni vacuidad moral.

Juan Presa Rioboo

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003