ENSAYO

Punto de Encuentro. Junio 2004. Nº 19

El alcance de la libertad en lo social, político y religioso

1. La libertad es el derecho de hacer lo que no perjudique a los demás (J.B. Lacordaire).
2. La libertad es el instrumento que puso Dios en manos del ser humano para que realizase su destino (Emilio Castelar).
3. La libertad política, bien analizada, es una fábula imaginada por los políticos, para "adormecer" a sus gobernados (Napoleón).
4. La verdadera libertad es la que se vive cum pliendo la voluntad de Dios. Dios respeta nuestra libre voluntad, pero no la usamos bien cuando no respetamos libre y enteramente la suya (Catecismo de la Iglesia Católica ).

El sentir y el vivir de la conciencia en nuestros tiempos se caracterizan por esta doble afirmación que nace de lo más hondo del espíritu humano: la libertad y la igualdad. Este despertar ha sido muy lento en la historia de la humanidad, pero todavía podemos afirmar que no ha cambiado mucho el ritmo. Ciertamente se está intensificando su reivindicación con más fuerza que nunca. Hoy la libertad y la igualdad son metas que cuanto más se reivindican -sobre todo en política- más se falsean en no pocos sectores cívicos. Pero esta situación, por más que pese, no debe restar esfuerzo de aquéllos que deseamos vivir y transmitir con las obras el valor de la libertad.

El objetivo directo que intentamos exponer en esta comunicación es la libertad considerada tanto en el ser humano como en la sociedad. Previamente creemos necesario exponer algunas ideas sobre la libertad natural, pues, si bien ésta es totalmente distinta de la libertad moral, es, sin embargo, la fuente y el principio de donde nacen y derivan espontáneamente toda clase de libertades.

Libertad en la vida natural

El juicio recto y el sentido común de todos los seres humanos, voz segura de la naturaleza, reconoce esta libertad solamente en los seres que tienen inteligencia o razón; y esta libertad es la que hace al ser humano responsable de sus actos. Es una realidad y no puede ser otra posible. Los animales obedecen solamente a sus sentidos y bajo el impulso exclusivo de la naturaleza buscan lo que les es útil y huyen de lo que les es perjudicial, mientras que el ser humano tiene la razón como guía en todas y cada una de las acciones de su vida. Pero la razón a la vista de los bienes de este mundo juzga de todos y cada uno de ellos, que lo mismo pueden existir que no existir, y ninguno es absolutamente necesario . De esta manera, la razón da a la voluntad el poder elegir lo que ésta quiera. Ahora bien, el ser humano puede juzgar de la contingencia de estos bienes que hemos citado, por que tiene un alma de naturaleza simple, espiritual, capaz de pensar; un alma que, por su propia entidad, no proviene de las cosas corporales, no depende de éstas en su conversación sino que, creada inmediatamente por Dios y muy superior a la común condición de los cuerpos, tiene un modo propio de vida, un modo menos propio de obrar; esto es lo que explica que el hombre, con el conocimiento intelectual de las inmutables y necesarias esencias del bien y de la verdad, descubra con certeza que estos bienes particulares no son en modo alguno necesarios. De esta manera, afirmar que el alma humana está libre de todo elemento mortal y dotada de la facultad de pensar, equivale a establecer la libertad natural sobre su más sólido fundamento.

Libertad en la vida moral

Como acabamos de mostrar, la libertad es patrimonio exclusivo de los seres dotados de inteligencia y razón, considerada en su misma naturaleza, para elegir entre los medios que son aptos para alcanzar un fin determinado. Esto nos está indicando que el ser humano es dueño de todos sus actos, y todo lo que uno elige como medio para obtener otra cosa pertenece al querer del dominador bien útil y el bien por su propia naturaleza tiene la facultad de mover la voluntad. Por eso tenemos que reconocer que la libertad es propia de la voluntad, o más exactamente es la voluntad misma, en cuanto que ésta, al obrar, posee la facultad de elegir. Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha; luego el bien deseado por la voluntad es así necesariamente reconoci do en cuanto lo ha sido previamente por la razón. El juicio es, sin duda, acto de la razón, no de la voluntad. Por eso, si la libertad reside en la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón, es por lo que la libertad, lo mismo que la voluntad tiene por objeto un bien conforme a la razón. Pero como la razón y la voluntad son facultades imperfectas puede suceder, y sucede muchas veces, que la razón proponga a la voluntad un objeto que, siendo una realidad mala, presenta una engañosa apariencia de bien, y aceptado por la voluntad. De esta situación se sigue que, así como la posibilidad de errar y el error de hecho es un defecto que arguye un entendimiento imperfecto, así también adherirse a un bien engañoso y fingido, aun siendo indicio de libre albedrío, como la enfermedad es señal de vida, constituye, sin embargo, un defecto de libertad. Igualmente, la voluntad, por el solo hecho de su dependencia de la razón, cuando apetece un objeto que se aparta de la recta razón incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad.

La posibilidad que tiene el ser humano de pecar, cuando cae en esta situación pierde la libertad y vive en la esclavitud. El que comete pecado, dice Cristo, es siervo del pecado. Santo Tomás de Aquino, recordando estas palabras evangélicas, afirmó: "Todo ser es lo que le conviene ser por propia naturaleza. Por esto, cuando es movido por un agente exterior no obra por su propia naturaleza sino por un impulso ajeno, que es propio de un esclavo. Ahora bien, el ser humano, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza. En esto consiste la libertad. Pero cuando peca, obra al margen de la razón y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al dominio ajeno. Antiguamente ya decían los filósofos, particularmente los que se dedicaban a enseñar, que sólo el sabio era libre, entendiendo por sabio aquel que había aprendido a vivir según su naturaleza, es decir, de acuerdo con la moral y la virtud.

Libertad en la vida social y política

La consideración que hemos dado sobre la libertad individual se puede extender a la libertad moral social, es decir, a las personas unidas en la sociedad civil. Porque en cada ser humano obran la razón y la ley natural, y esto mismo sucede en los asociados, la ley humana, promulgada para el bien común de los ciudadanos. Entre estas leyes humanas, algunas cuyo objetivo consiste en lo que es bueno o malo por naturaleza, añadiendo el precepto de practicar el bien y evitar el mal.

El origen de estas leyes no es en modo alguno el Estado, porque así como la sociedad no es origen de la naturaleza humana, de la misma naturaleza la sociedad no es fuente tampoco de la concordancia del bien y de la discordancia del mal con la naturaleza. Todo lo contrario. Estas leyes son anteriores a la misma sociedad, y su origen hay que buscarlo en la ley natural y en la ley eterna. En esta clase de leyes la misión del legislador civil se limita a lograr, por medio de una disciplina común, la obediencia de los ciudadanos, castigando a los perversos y viciosos, para apartarlos del mal y devolverlos al bien, o para impedir, al menos, que perjudiquen a la sociedad y dañen a sus conciudadanos. Existen otras disposiciones del poder civil que no proceden del derecho natural inmediato y no próximamente, sino remota e indirecta mente, determinando una variedad de cosas que han sido reguladas por la naturaleza de un modo general y en conjunto: que los ciudadanos cooperen con su trabajo a la tranquilidad y prosperidad públicas. Pero la medida, el modo y el objeto de esta colaboración no están determinados por el derecho natural, sino por la prudencia humana.

Estas reglas peculiares de la convivencia social, determinadas según la razón y promulgadas por la legítima potestad constituye el ámbito de la ley humana, propiamente dicha. Esta ley ordena a todos los ciudadanos a colaborar con el fin que la comunidad se propone y les prohíbe desertar de este ser vicio; y mientras sigue sumisa y se confirma con los preceptos de la naturaleza, esa ley conduce al bien y aparta del mal. Para asegurar esta garantía de la libertad social moral hay que poner en la Ley Eterna de Dios -los Mandamientos- la norma reguladora de la libertad, no sólo de los particulares sino también de la comunidad social. En una sociedad del nivel que sea, la verdadera libertad no consiste en hacer el capricho personal de cada uno o comunitariamente, pues esto provocaría una extrema confusión y una perturbación que acabaría destruyendo al propio Estado, sino que consiste en que, por medios de las leyes civiles, pueda cada cual vivir con plena normalidad según los preceptos de la ley eterna. Y finalmente, los gobernantes; la libertad no está en vivir y disponer al azar, a su capricho. Esto es un proceder criminal que implicaría, al mismo tiempo, gran des daños para el Estado.

La libertad en la vida de fe cristiana

La eficacia de las leyes humanas está en su reconocida derivación de la ley eterna y en la sanción exclusiva de todo lo que está contenido en esa ley eterna como fuente radical de todo el derecho. San Agustín lo dejó bien expresado: "Pienso que comprendes que nada hay justo y legítimo en la ley temporal que no lo hayan tomado los hombres de la ley eterna. Por eso cuando una ley está dictada y pasa por una au toridad cualquiera y es contraria a la recta razón y perniciosa para el Estado, su fuerza legal es nula, porque no es norma de justicia y porque aparta a los seres humanos del bien para cuya misión está constituido el Estado."

Como nota final de esta comunicación, la naturaleza de la libertad humana, sea cual fuere el campo en el que la consideremos, en los particulares o en las comunidades, en los gobernantes o en los gobernados, incluye la necesidad de obedecer a una razón suprema y eterna, que no es otra que la autoridad de Dios en el cumplimiento de sus Mandamientos y prohibiciones. Y este justísimo dominio de Dios sobre los seres humanos está lejos de suprimir o debilitar ni siquiera la libertad humana, que hace precisamente todo lo contrario: defenderla y perfeccionarla; porque la perfección verdadera de todo ser creado consiste en tender a su propio fin y alcanzarlo. Ahora bien, el fin supremo al que debe aspirar la libertad humana no es otro que el mismo Dios, que es amor, al que puede decidir el ser humano, o rechazarlo precisamente por el don de la libertad que le distingue de los demás seres creados.

Dios ha creado al ser humano racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. "Quiso Dios dejar al ser humano en manos de su propia decisión (Si 15, 14), de modo que busque a su creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección" (Gs 17). El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos (S. Ireneo 130-200).

¿Valoramos de verdad la importancia que tiene la enseñanza de la religión cristiana para las personas y la sociedad? ¿Cabe mayor peligro para las personas y para la sociedad que la intención caprichosa e ideología política de aquellos gobernantes de que en las escuelas, colegios y comunidades se dedique más tiempo "para los deportes" y menos para enseñanza de la Religión ?

PADRE FERNANDO LORENTE • CAPELLÁN DE LA CLÍNICA DE SAN JUAN DE DIOS EN TENERIFE *El Padre Fernando fue Provincial de la P Bética

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003