OPINIÓN
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Punto de Encuentro. Marzo 2004. Nº 18

¿Que qué es el amor? ¡Pues amar!

Cuando me solicitaron ayuda para reflexionar sobre "a qué llamamos Amor" desde mi opción de vida contemplativa, como "una joven monja de clausura", sentí una gran alegría al tiempo que una gran responsabilidad...

Han tocado el tema esencial, la ra zón que me conduce a estar aquí, ha ciendo un camino de vida (donde "me caigo y me levanto" sucesiva mente...) con otras mujeres que tam bién han descubierto quién las ama y por Amor compartimos una misma vocación, o sea: una llamada all Amor.

Permítanme, entonces, aportar luz. Me encanta hacerlo desde la vida mis ma y una VIDA EN-AMOR-ADA.

Nada más recibir el correo electróni co de mi querido Hno. Jesús, quise preguntar a varias hermanas qué es para ellas el Amor con mayúscula. Pues bien, palabra arriba o palabra abajo siempre salía esta: "amar". Creo que no es casualidad.

Cuando conocí a esta fraternidad, de camino a Santiago de Compostela, lo que me quedó grabado de ellas fue el amor con que trataron a unos "pere grinos" que sin avisar se presentaron por el convento. Era algo más que buena educación:

"Y amándoos mutuamente por la caridad de Cristo, mostrad exteriormen te con las obras el amor que interior mente os tenéis, para que, estimula das las hermanas con este ejemplo, crezcan siempre en el amor de Dios y en la caridad mutua" (Testamento de Santa Clara).

Invito a todos ustedes que busquen la auténtica raíz para saber por sí mismos, sin trampa ni cartón, qué es el Amor.

Los conventos y monasterios que hay por la Isla desbordan de Amor. Puedes preguntar a los contemplati vos o contemplativas que habitan esos edificios. Seguro que ellos te contesta rán, sobre todo, con el gesto de la sonrisa de quien ha encontrado un te soro escondido allá adentro en lo más profundo de su ser como persona (Evangelio de San Mateo, capítulo 13, 44 ss ).

Los contemplativos, los religiosos en general, vivimos del MISTERIO DEL AMOR, que gratuitamente nos hace sentir amadas y elegir nuestra opción de vida: "Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él.

El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros... (1Jn 4, 9-10)" ¿Quién lleva, entonces, la iniciativa en mi historia de amor? Análogamente lo ven y sienten así numerosísimas per sonas (no sólo religiosas), pero no puedo pasar por alto las palabras de Santa Teresa de Lisieux (Santa Teresi ta, toda una doctora de la Iglesia y, sobre todo, un gran ejemplo de cris tiana contemplativa) cuando descu brió el sentido de su vida y vocación, llegándolo a expresar en sus escritos: "Por fin, he encontrado mi vocación, ¡mi vocación es el AMOR!... Sí, he en contrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, ¡Oh, Dios mío, tú mismo me lo has dado...: en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el AMOR!...

¿Por qué no?, ¿por qué no hablar con algún contemplativo o religioso sobre "qué es el Amor"? Les aseguro que, más que hablar, experimentarían algo de ese verdadero Amor.

"Abriéndonos al amor donde quiera que lo encontremos, dondequiera que él nos encuentre, la castidad nos per mite a los religiosos ver lo que otros, con la vista centrada en cosas más concretas, puede que no vean. El reli gioso apasionado se enamora de la gente que acude a los comedores de beneficencia, de los niños sucios, de las viudas afligidas, de los moribun dos a causa del SIDA, de los grises y hoscos veteranos de la vida que no aman a nadie porque apenas han sido amados.

Más aún, el religioso promete amar a los demás libremente para liberar a quienes ama. El religioso ama sin atar a nadie a sí mismo. La castidad es amor dado con las manos abiertas. Y los efectos pueden ser asombrosos" (JOAN CHITTISTER, OSB., El fuego en estas cenizas (Espiritualidad de la vida religiosa hoy). Editorial: Sal Te­ rrae, 1999; pág. 160)

En efecto, los contemplativos somos envidados por Cristo y el Espíritu Santo para acoger a cada persona, re velándole este misterio del Amor del Padre (que también es Madre) y del Hijo. Pero no de modo abstracto. Nuestra sociedad (somos conscientes de ello) necesita sentir y experimentar que el amor, la ternura, la amistad, el hogar, los lazos familiares y de amis tad existen, que son posibles hoy en este mundo tan convulsionado.

Nuestro modo de vivir pretende manifestar que todos pertenecemos a la única familia de Dios: que ya no hay razas ni colores, ni credos ni opinio nes incompatibles, porque todos so mos hermanos ante ese Dios (que se hizo humanidad en Belén), que nos ahija con Dios y nos desengaña de todo lo que no sean los valores definiti vos del Amor. Queremos ser, dentro de nuestros carismas contemplativos, pro clamación y testimonio vivo de que el hombre o la mujer puede encontrarse con Dios que sale a su encuentro en la historia humana y quiere colmar las esperanzas de cada uno, iluminar sus tinieblas, colmar su indigencia.

¿Podrías "releer" tu historia personal desde el Amor divino, que respeta enormemente tu libertad?

Ahora les digo algo importante: me juego la vida libremente. Es un juego arriesgado, porque, si no, perdería emoción. Y es que las emociones pro porcionan el combustible que nos im pulsa en la vida. Nunca aprendemos a vivir para aquello que no aprenda mos a amar, recuerdo que leí una vez.

"Sonríanse los unos a los otros; son ríe a tu mujer, sonríe a tu marido; sonrían a sus hijos, sonríanse sin que les importe a quién, y eso les ayudará a que crezca su amor por el otro" (Madre Teresa de Calcuta)

MARIA DEL CARMEN ORTEGA • MONJA DE CLAUSURA CLARISA
Monasterio de Cuéllar (Segovia) - Orden de las Religiosas Clarisas

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003