ENSAYO
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Punto de Encuentro. Marzo 2004. Nº 18

Hemos conocido el amor

Cuando me planteé escribir algo referente al amor, pensé que hablar del amor hoy en día no es fácil. Y no es fácil porque en nuestra sociedad amor es sinónimo de relación de pareja, de sexo, de todo aquello que se refiera a la vida afecti va y sexual de las personas. Pero no obstante acepté el reto de hablar del amor y empecé a recordar una serie de experiencias vividas con nuestra gente. Me acordé de aquellos padres, residentes en un pueblo del interior de la isla, que estuvieron viniendo durante bastante tiempo a Proyecto Hombre para recuperar a su hijo dro gadicto; me acordé de Juan Manuel, que no podía vivir tranquilo fuera de su casa mientras su madre estaba en ferma en cama; me acordé de Rocío, con una enfermedad grave, que un día me reveló que daría su vida para que su hijo encontrara el camino de la felicidad; me acordé de las Hermani tas de los Ancianos Desamparados, que no tienen tiempo para sí mismas, sino que están enteramente entrega das a su servicio; me acordé de Ma riano y Lolina, que pusieron en juego su propia salud por atender a su ma dre mayor y enferma, dedicándole el mejor de su tiempo; me acordé de los responsables de la Obra Social, que en distintas ocasiones por mí conocidas, expresaban la misma actitud ante una solicitud respecto a un caso de extre ma necesidad: "envíamelos, que ya buscaremos un sitio"; me acordé de Francisco, ya jubilado, que sigue trabajando para pagar la deuda contraí da por un hijo; me acordé de los vo luntarios de la obra de atención a los drogadictos de Jinámar: con qué cari ño y acogida les reciben sin exigir na da a cambio; me acordé de Rosa, mu jer creyente, madre y esposa, que cuando asesinaron a su marido repetía constantemente: "yo les perdono, pero que los detengan para que no si gan haciendo tanto daño". Y me acor dé de tantos y tanto nombres y ros tros que estarán grabados en mi cora zón para siempre y que viven profun damente el amor de esa forma tan sencilla que consiste en dar algo de sí mismos sin esperar nada a cambio.

Todas estas experiencias vividas nos están diciendo que el amor es mucho más que relación de pareja o sexo. Ama el padre y la madre a su hijo; ama el hijo y la hija a sus padres; ama el hermano a su hermano; se aman los esposos; se aman los amigos; ama el que dedica su vida a una obra a fa­ vor de los demás; ama el célibe que consagra su corazón por entero a Dios y se derrama en el amor desinteresa do a los demás.

Pero, ¿qué tiene el amor que da sen tido a todo esto?, ¿en qué consiste en definitiva el amor?. El amor es amor en cuanto es fuente de todo lo demás y se expresa en todo lo demás. Por eso, para entender algo lo que es el amor, quiero acudir a la Revelación de Dios, pues es allí donde encontra mos la explicación de lo que es el amor.

San Juan, en su primera Carta nos dice: "Dios es amor. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó." (Cfr. 4, 8-10). Es decir, que la fuente de todo amor es Dios; aunque no lo sepamos, aunque no lo acepte mos. Dios es amor y todo amor proce de de Él. Y el nacimiento de todo amor procede de Dios, quien "nos amó primero". Por eso el amor es al go que se nos regala: es sentirnos amados y a su vez capacitados para amar. El gran problema de muchos hombres y mujeres aparentemente in capaces de amar, es que no se han sentido amados. Cuando no nos senti mos amados, difícilmente podremos amar. La capacidad de amar y sentir nos amados es algo que se nos regala. Dios está en el origen de ese regalo, porque Dios es amor. Es por ello que la primera característica del amor es que es un don que se nos da y que lo recibimos por mediaciones humanas.

El amor es en cierto sentido indefini ble. Es una realidad que pertenece al misterio. No podemos decir el amor es esto o aquello. Lo podemos descu­brir por los procesos que desencade na, porque empuja a actuar de una determinada forma. Es que el amor es la realidad fontal de todo lo demás. Es la fuente de donde brota toda vida. Es algo que se nos da, que nos hace dar vida y no muerte. Por eso, cuan do el amor no está presente, se hace más palpable el egoísmo y todo el mal que nos lleva a la muerte. Es que el origen es Dios, porque Dios es Amor.

Encontramos también en San Juan, en su evangelio: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna." (3, 16). Igual nos recuerda el Señor: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". Jn. 15, 13). La otra característica esencial del amor es la entrega, la do nación que uno hace de su persona a los demás. Cuando no hay donación, cuando no hay entrega, hay que du dar de la existencia del amor. El amor se demuestra dándose. Dios se nos ha entregado en su Hijo, y de esa forma nos ha demostrado que nos ama sin medida, que cada hombre y mujer es en cierto modo "su hijo amado, su predilecto" (Mc. 1,11). Y esta entrega supone cargar con la cruz, pues esa es la mayor prueba del amor. El que ama y no quiere aceptar la cruz que la vida le va poniendo delante, destruye lo que significa el amor, pues la prue ba del amor es dar la vida por el otro.

El amor es todo lo contrario al egoís mo. Significa estar abierto a los de más. El hermano o la hermana es en cierto sentido lo más importante de mi vida. Ya lo dice el Señor "Hay más alegría en dar que en recibir". Y si lo que se da es la propia persona, la pro pia vida, la alegría es plena. Y siendo verdad esta afirmación, el amor exige también cierta reciprocidad. Es decir, que lo más importante es dar, pero se requiere también recibir. El Señor nos dice: "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado".(Jn. 15,12). Ese amor "unos a otros" supone la reciprocidad para que sea pleno. Es decir, que en el amor yo debo ser capaz de dar, y también de recibir, como signo de ese amor. Ahí llega la plenitud. Una per sona que realiza una acción buena a otra persona como signo de su amor, pero no acepta recibir a cambio ningún signo de amor, tendría que cues tionar la calidad de su amor que se asemeja más a un voluntarismo a ul tranza que al auténtico amor. El amor necesita reciprocidad. Pensemos en los esposos, en los amigos, en los pa dres e hijos, etc. Pero otra cosa distin ta es que se esté buscando como lo más importante el recibir. Cuando una persona en la relación de amor busca recibir por encima de dar, está desnaturalizando el amor y lo está convirtiendo en una relación egoísta, que nada tiene que ver con el amor. No olvidemos que lo esencial en el amor es sobre todo dar, darse uno mismo, dar la propia vida. Cuando eso esencial no se da, desaparece el amor.

Además hay que tener en cuenta lo siguiente: que uno se entregue y dé su propia vida por los demás, y apa rentemente no recibe nada a cambio. Aquí surge la cuestión del origen del amor: Dios nos amó primero. Mi en­ trega a los hermanos, de quienes apa rentemente no recibo compensación, no es otra cosa que mi respuesta agra decida al amor de Dios que nos amó primero. Hay por tanto reciprocidad.

Estas son las dos características fun damentales del amor: don que se reci be y que se expresa en darse a los de más. Unido a éstas, nos encontramos con una serie de notas necesarias tam bién en el amor, como son: la gratui dad. El amor no se compra ni se ven de, no se puede tasar, no se da por in tereses, cuando eso ocurre, se vicia el amor. La libertad es también una nota fundamental. No se puede amar obli gado. El amor es lo más libre que existe, y cuando la libertad está ausente, desaparece el amor. Igualmente el amor requiere una cierta madurez. Por eso es necesario un proceso de madurez en el que ama. Muchos amo res han comenzado viciados por el egoísmo personal, por intereses contrarios al amor, pero poco a poco, en un proceso paciente, han ido despo jándose de todo ese lastre y ha apare cido el auténtico amor, hecho de don y de entrega desinteresada.

San Pablo expresa las características del amor de modo magistral. En el co nocido himno sobre el amor, después de señalar que el amor es lo que da sentido a todo lo que hacemos, por muy bueno y honesto que sea, nos di ce que "el amor es paciente, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lle va cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la ver dad. El amor disculpa sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca." (1ª Cor. 13,4- 8). Sin pretender explicar estas pala bras del Apóstol, descubrimos que el amor auténtico, el que hunde sus raí ces en Dios, es paciente, porque se cree sin derechos ya que el derecho es de Dios; es servicial, porque todo lo recibe como gracia; no presume ni se engríe, porque el dolor que produce el amor le ha hecho humilde; no lleva cuentas, porque no sabe calcular. Dis culpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre, porque todo lo espera del Señor que es fiel.

Ya hemos recordado que el amor ex presa el misterio de Dios que es Amor, y que nos ama hasta entregar a su propio Hijo, entregarse a Sí mismo en definitiva. Y ese amor inmenso de Dios lo expresamos en todas nuestras entregas: de los esposos, de los hijos, los padres, los amigos, los vecinos, la atención a los que más necesitan, etc. Pero hay un amor, que por su radica­ lidad, quisiera resaltar: es el amor cé libe. El amor del hombre o la mujer célibe que ha sentido la llamada a vivir sólo para Dios, a hacer de Dios mismo el objeto de su amor, a consa grarse "en cuerpo y alma" al Señor. Esto supone la conciencia de que Dios es para él el amor mayor, la perla pre­ ciosa, el tesoro escondido, que hace que deje todo lo demás para quedarse sólo con Dios. Y este amor a Dios su pone todo un proceso interior de transformación que lleva al célibe a ir despojándose de todo lo que no sea Dios. Es un proceso interior llevado por la gracia. Porque el célibe ama a Dios, que no es una idea, sino que es un Ser personal, pero que es espíritu. ¿cómo amar a quien no tiene cuerpo que tocar?. El celibato muestra que es posible. El célibe es un enamora do de Dios, es alguien que se ha sentido seducido por el Señor: "Me sedu jiste Señor y me dejé seducir" (Jer. 20, 7). Y este amor a Dios afecta a toda su vida: está comprometido con el Señor. Así como la fidelidad es la señal del amor del esposo a la esposa, la fideli dad en el celibato es la señal del amor del célibe por su Señor.

Ahora bien, este amor del célibe por el Señor no es lo mismo que el amor de pareja, que viven en mutua com placencia. Es verdad que el célibe pa sará toda su vida buscando al Señor a quien ama: "Muéstrame, por favor tu rostro" (Ex. 33,18), y estará deseando esos espacios de silencio donde se en contrará de forma especial con el Se ñor. Pero la manifestación más palpa ble del amor del célibe, es el amor re al a los hermanos. Intentará durante toda su vida, a pesar de los cansan cios y aparentes fracasos, amar a los hombres y mujeres a los que se vaya encontrando en su camino, e incluso buscará, siguiendo la ruta del Señor, a los más desgraciados, los débiles, los marginados, los que no cuentan. Por que su amor a los demás es con el amor mismo de Dios. O mejor, Dios está amando por medio del célibe a toda la humanidad.

Todo lo que hemos expresado del amor, su fuente y sus características, tiene que darse en toda expresión de amor: el amor de la pareja, el amor de los esposos, el amor de los padres y los hijos, el amor a los demás, especial mente a los más desamparados. Cuan do no se da todo lo que hemos descu bierto, entonces una relación de amor es simplemente una caricatura del amor, o peor aún, la expresión más diabólica del egoísmo, porque utiliza lo más sagrado para manifestarse.

La experiencia y toda nuestra vida nos manifiestan que el amor auténtico es una realidad en medio de nuestro mundo. El amor no es simplemente un deseo, sino una realidad palpable. Porque el amor de Dios se ha derra mado en todo nuestro mundo. Y esto lo afirmamos porque lo creemos y porque lo hemos visto. Por eso hemos querido titular estas pequeñas refle xiones con esa afirmación tan querida de San Juan en su primera Carta: "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él".(4,16).

“No podemos decir del amor es esto o aquello. Lo podemos descubrir en los pro cesos que desencadena, porque empuja a actuar de una determinada forma”
Agustín Sánchez

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003