No sé por qué algunos se empeñan en resaltar lo trágico, las catástrofes y el lado negativo de la vida. Parece como si hubiera un hilo maléfico entre los bastidores de la información que rigen el mundo, que les llevase inexorablemente a empeñarse en hacemos ver que "la botella está medio vacía". Así, parece que solo es noticia lo que conlleva tintes trágicos, negativos o inusuales, como las catástrofes, las guerras, la violencia, la muerte y las más variadas atrocidades. No es que haya que ocultarlo, puesto que son realidades que están ahí, pero tengo la impresión de que hay un desfase desorbitado entre las noticias preñadas de fracaso, descorazonamiento, impotencia y frustración y aquellas que conllevan futuro, esfuerzo y signos evidentes de esperanza. Así, por ejemplo, raramente sale a la palestra la fidelidad, mientras que se vierten regueros de tinta para perpetuar y subrayar cualquier tipo de infidelidad. Se sacan a relucir las masacres de Ruanda pero no se escribe una línea sobre los esfuerzos de reconciliación de cientos de personas.
Hay una monja budista en Taiwan, llamada Chen Yen, fundadora de la asociación Tzu Chi, que, a través de dos cadenas de televisión emite noticias con marcado acento positivo, subrayando el lado optimista de los acontecimientos. En las noticias que se emiten diariamente, se resaltan las acciones cargadas de esperanza más que el lado catastrófico y negativo de lo que sucede en un mundo donde parece sobresalir el estiércol y donde ver las flores resulta difícil. Así, por ejemplo, muere Idi Amin, el carnicero de Uganda, y sale la noticia en los medios de comunicación. El mismo día son asesinados dos misioneros combonianos en Uganda, entregados a los más pobres, y nadie se entera.
Creo que si por algo se debiera distinguir al cristiano de hoy es por su capacidad de optimismo y esperanza en un mundo que tiende a pintar las cosas de color oscuro. Para el misionero, la tarea es todavía mucho más compleja, ya que por definición se desenvuelve en contextos donde para mentes chatas no es fácil apostar por la esperanza. La capacidad misionera de optimismo y de esperanza es propia de aquel que ve "la botella medio llena", es decir, del misionero que ve los acontecimientos y lo que sucede en la aldea global con esperanza y optimismo.
El misionero de la botella medio llena es aquel que ve y confía en Dios tanto en los momentos de presencia como en los de su aparente ausencia. Es aquel que va por la vida con la fuerza del que actúa como si viera a Dios y percibiendo que todo viene de Él, y se distingue incluso por vivir la persecución como bienaventu ranza y arde con un deseo cada vez mayor de entregar su vida por los más necesitados. Se deja guiar por las opciones, actitudes y visión de Jesucristo, ve las cruces como "sello de las obras de Dios" y reconoce que la Misión es obra del Espíritu que actúa en y a través de Él.
El de "la botella medio vacía", en cambio, piensa que el mal tiene la ultima palabra. Se resiste a ver la historia en clave providencial y se mueve con una visión atea del mundo. Sustituye el reino de Dios por su reinado y con harta frecuencia se paraliza cuando hay que remar en mar brava o en medio de la tormenta y con su crítica des tructiva no deja títere con cabeza.
No quiero ocultar la presencia del mal en el mundo. Es obvia y por eso tenemos un Cristo perseguido y crucificado, prueba evidente de la fuerza y persistencia del mal. Pero el misionero, incluso en medio del estiércol y de los aparentes "imposibles" de la vida, sigue apostando por la esperanza y reconoce que si en algún momento Dios parece callar es porque algo nuevo se está gestando. El talante del proverbio chino: "Vale más encender una vela que maldecir la oscuridad" puede dar un poco de luz cuando la aparente ausencia de Dios parezca eclipsar todo signo de esperanza.
P. Daniel Cerezo