PUNTO FINAL
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Mundo Negro. Nº 482. Febrero 2004

COMPARTIR EXIGE ORGANIZACIÓN

Brasil, uno de los mayores exportadores de productos agrícolas del mundo, es también uno de los campeones mundiales de la miseria y del hambre. Se habla de 44 millones de hambrientos. Lo que sucede en Brasil, ocurre en muchas partes del mundo. A pesar de tener una producción muy superior a las necesidades de la población, hoy, en el mundo, más de 800 millones de personas pasan hambre. Para dar una respuesta a este grave problema, la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil lanzó el "Mutirao (trabajo comunitario) nacional para la superación de la miseria y del hambre". El lema de esta campaña es: Alimento, don de Dios, derecho de todos".

El Gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva está promoviendo también un proyecto muy ambicioso llamado "Hambre Cero". Las comunidades cristianas se han sumado con entusiasmo a estas iniciativas. Para ello, encuentran fuerza, entusiasmo y motivación en la Palabra de Dios.

Para mí, fue muy interesante asistir, hace tiempo, a una reflexión de una comunidad del interior sobre el Evangelio de la multiplicación de los panes, reflexión que aquí sintetizo: "Una multitud inmensa de gente había salido de casa para escuchar a Jesús. Ya era tarde y todos continuaban allí. Tenían hambre. Preocupados, los apóstoles querían despedir a la gente, para que fuesen a comer a sus casas".

Una multitud de gente hoy padece hambre y necesidades de todo tipo, sin saber a dónde ir y cómo encontrar soluciones. La tentación es tener la misma actitud de los Apóstoles: que la gente se las apañe para solucionar sus propios problemas. "¡Que cada cual mire por sí mismo, que Dios mirará por todos!'.

Una sorpresa. Jesús ordena a los Apóstoles: "¡Dadles vosotros mismos de comer!" La orden les pareció absurda: "¿Dónde vamos a conseguir el dinero para comprar comida para toda esta gente?" Ellos sólo confiaban en la fuerza del dinero: con esa lógica, era imposible hacer lo que Jesús mandaba.

La misma orden es válida también para nosotros: debemos encontrar oportunidades de vida mejor para el pueblo que pasa necesidad. Aferrados como los apóstoles al poder del dinero, pensamos que es imposible atender la voluntad del Señor.

Jesús da una sugerencia: "Mirad lo que hay para comer". Descubrieron que había alguien con algunos peces y unos panes. Y añadió: "Organizad a la gente en grupos de cincuenta personas y distribuidles los panes y los peces". Llegó el milagro: todos comieron y todavía sobró comida.

El milagro se repite cuando cada uno reparte lo que tiene para resolver las necesidades de los pobres. Dios está presente donde se comparte y multiplica lo que hacen sus hijos. Igual que en el milagro realizado por Jesús hace dos mil años, hoy también el compartir exige la organización del pueblo: la sociedad debe estar organizada para favorecer a todos.

La cultura de nuestro pueblo es muy rica en formas espontáneas de compartir: hospitalidad y acogida, ayuda en la enfermedad y en las dificultades, amistad en lo cotidiano... Son semillas del Reino de Dios en la vida del pueblo. Son las bases seguras para una nueva sociedad solidaria. Pero esto no basta. Es necesario un compartir organizado: movimientos y prácticas que re hagan el tejido social.

Queda mucho por hacer. Es necesario un cambio radical de nuestra sociedad consumista. Parece que se está afirmando una nueva religión en la cual el Dios - amor está siendo sustituido por el dios-dinero. En esta nueva religión hay nuevos mandamientos: 1. Produ cir sin parar. 2. Tener cada vez más. 3. Poder gastar a voluntad. 4. Aparentar. 5. Triunfar en la vida y hacer carrera. 6. Divertirse. 7. Eliminar la lucha y el sacrificio. 8. Pensar sólo en sí mismo. 9. Dominar a los otros. 10. Violentar la naturaleza para satisfacer los propios intereses.

En esta religión idolátrica, el adoctrinamiento lo hacen la publicidad y los medios de comunicación social, que nos quieren convencer de que la felicidad consiste en la riqueza material, el poder y en el pla cer desordenado. Las nuevas catedrales son los bancos y los supermercados. Las consecuencias son evidentes: la exclusión, la miseria y el hambre, dentro de un sistema sin corazón, en el que los mecanismos económicos y sociales hacen que prevalecezca el más fuerte sobre el más débil, el país más poderoso sobre el país más pobre.

Nosotros, cristianos, discípulos de Jesús que multiplicó los panes, estamos llamados a luchar para construir una nueva convivencia social fundada en relaciones de fraternidad y de justicia, y a crear iniciativas solidarias que actúen en profundidad para transformar la sociedad, para que todos "tengan vida" Un 10,10).
Mons. Franco Masserdott, obispo de Balsas (Brasil)

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003