| Acabamos de pasar un mes en Ruanda. No es fácil resumir en un folio lo que he mos visto, oído y sentido.
Hemos visto un país perfectamente controlado y "pacificado" por un régimen militarizado que ya se siente tan seguro como para organizar unas elecciones que le vistan (o disfracen) de civil. Hemos constatado grandes transformaciones en la capital, donde se exhibe progreso y modernidad (supermercados bien surtidos, coches, móviles, villas ...) en el centro de la ciudad y en selectos barrios a la vez que un caótico crecimiento de barriadas "populares", en las que se instalan miles de ruandeses, fugitivos del abandonado mundo rural. Por el contrario, pocos cambios se observan en éste último; más bien, un retroceso en algunas conquistas de tipo social (educación y sanidad), con el agravamiento de graves carencias nutricionales.
El contraste entre la pobreza y la riqueza, entre el mundo rural y el capitali no, es patente y escandaloso. Pasearse por las calles de Kigali significa también descubrir un nuevo paisaje humano: parece evidente que la comunidad tutsi ha tomado posesión del entorno urbano, donde las perspectivas de futuro aparecen más reales.
Nos cuentan
Nuestros amigos ruandeses nos han contado, sin aspavientos, como quien relata hechos banales, muchas historias estremecedoras: las de sus avatares y vidas durante estos últimos años; como la de esa amiga que acaba de salir de la cárcel, donde ha pasado seis años, en condiciones de gradantes; como la de la compañera de trabajo, que, gracias a su aspecto de campesina ignorante, pudo salvar su vida y la de sus hijos, cuando a su lado eran asesinados compañeros “con pinta de intelectuales” o la de la antigua alumna, única superviviente del genocidio de su familia. Sentimos que todos tienen una historia trágica y una imperiosa necesidad de contarla y de ser escuchados. Oficialmente, sólo se reconoce y se trata de reparar (también manipular) el sufrimiento de unos, mientras se ignora, oculta y prolonga el de los otros. Sin embargo, lo hemos podido compro bar, es difícil en contrar un rwandés que no pertenezca a la etnia de los su frientes, de las víctimas del odio y de la venganza. Quizás por eso mismo, la inmensa mayoría pertenece también a la etnia de los que han optado por el NUNCA MÁS y por los caminos de la convivencia pacífica. No parece, sin embargo, el camino emprendi do por el poder actual, el cual, si bien man tiene y vende un discurso integrador, practica políticas discriminatorias en el interior y agresivas en el exterior, persigue y elimina implacablemente a quienes osan disentir. Por eso, nos parece vergonzoso tanto el apoyo explícito que recibe por parte de EEUU y Gran Bretaña como la complacencia y pasividad ante tantos desmanes por parte de la UE.
Pero la vida sigue y debe seguir; es algo que los ruandeses lo cumplen admirablemente. En un entorno más bien de sesperanzado ha sido reconfor tante para nosotros reencontrarnos con la vitalidad africana. Quizás el símbolo de esta capacidad de resurrección sea lo que comprobamos en Goma (ciudad congoleña fronteriza con Ruanda, arrasada hace un par de años por la erupción del volcán Nyragongo): sobre ríos y explanadas de lava solidificada, y en medio de restos de la catástrofe, brotan como hongos extraños centenares de casas de madera, mercados hormigueantes de gentes, que no renuncian a seguir peleando por la vida. Algo así como una locura a nuestros ojos o una apuesta in sensata.
Alicia Marticorena
Ramón Arozamena |