Diario de misión
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Mundo negro. Enero 2004

LO POCO ES MUCHO

En ocasiones, viendo por televisión documentales de África, he observado cómo las moscas se adueñaban de las personas, Para mis adentros pensaba: "¿Por qué no las espantan?" Aquí, en mi misión de Parakou, en contré muchas veces la respuesta práctica a mis tontas preguntas: es inú_ til hacerlo, vuelven una y otra vez...

Ayer mismo fui al campo con un grupo de mujeres y una nube de moscas se adueñó de mi carne blanca. Luché durante un buen tiempo, manotazos, soplidos, movimientos ridículos, hasta que me di cuenta que era inútil ha_ cerlo.

Mi día de campo, mejor dicho, mi día en el campo no fue un picnic progra_ mado, sino un día de tra bajo compartido, duro, despojado, en contacto con la tierra húmeda, rica y receptiva. Con curiosidad, dudas y un poco de ansiedad, empecé a recorrer los campos. A simple vista, no se veía mucho. Me invadía una sensación de tristeza y frustración y no me animaba a preguntar por la cosecha. Ahí estaban mis mujeres, como hormigas, agachadas, trabajando...

Las mujeres africanas son fuertes. De ellas de pende la economía fami_ liar. No sólo intervienen en la cosecha. Su tarea es mucho más amplia: sacan las hierbas con machetes, azadas e incluso con las manos; preparan los surcos en la tierra y siembran las semillas con un sistema coordinado de a tres.

Una va por delante con un palo haciendo huecos en la parte alta del surco, otra deja caer casi con arte la semilla dentro y una tercera, utilizando sus pies, cierra el hueco. Una danza para la tierra en la que se combinan las risas, los cantos y los movimientos del cuerpo para realizar el trabajo.

Claro que esto suena muy lindo y poético para quien observa desde lejos; pero cuando el trabajo se hace rutina y repetición incesante, cuando el sol implacable cae a plomo sobre las personas y deja huellas de sudor y can sancio, el trabajo se vuelve duro, muy duro.

Dice la Biblia: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Pero no sólo suda la frente. Es el ser completo el que está empapado y dolorido. Los músculos comienzan a pro testar y lo que comienza con bríos se termina a fuerza de voluntad. La voluntad de sobrevivir, de arrancarle a la madre tierra el alimento para los hijos. Simple y llana su pervivencia. No es una terapia ocupacional para es tar en armonía con la naturaleza. Es la dignidad del trabajo en su versión más humilde y esencial.

Las mujeres con las que trabajo plantan cacahuetes y maíz juntas proyectamos campos comunitarios en un intento de acabar con situaciones de extrema pobreza. "Ahora -me dicen, saboreando ya el fruto de su trabajo-, queremos aprender mejor el francés. Nuestras hijas irán a la escuela. Podre mos mejorar las cosechas y elaborar aceite".

Planes futuros. En una sola palabra: esperanza, Con mi mente calculadora, mientras caminaba ha cia ellas, pensaba: A tanto la bolsa, el campo no po drá dar más que 7 sacos... Eso significa tanto por hectárea, lo que, dividido entre las que están traba jando, les toca a... ¡Huy, qué miseria!

¿Por qué están tan felices? En realidad, no es casi nada en proporción a lo que les costó el trabajo. Se han roto las espaldas y las manos en el intento. Ganan un poco, sólo un poco. Ahí está la diferencia para ellas y para los pobres que no tienen nada: "poco es algo; poco es mucho".

Hna. María Silva

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© Parroquias: El Dulce Nombre de Jesús. La Guancha y San José. San Juan de la Rambla. Tenerife (Canarias). 2003