El
reto de los últimos
La actual recesión económica,
unida a patrones de conducta individual y colectiva que generan
exclusión y que ya han sido fruto de muchos análisis,
ponen de manifiesto que la pobreza se sigue estratificando.
Como hemos visto anteriormente, surgen nuevos tipos de pobreza
que parecen robar protagonismo a los colectivos tradicionales,
sin que por el momento, puedan todavía cuantificarse.
Esta realidad, ¿a dónde
conduce? Nos sitúa ante colectivos de personas sin
acceso a un mercado laboral, sin posibilidad de integrarse
en ninguna escala de la sociedad y que se ven relegados, la
mayor parte de las veces sin su consentimiento, a espacios
única y exclusivamente de supervivencia.
La realidad de aquellas personas
y colectivos cuya situación de exclusión se
hace crónica ante las limitaciones del sistema de protección
y ante la ausencia de recursos y procesos de inserción
alternativos a los que se han generado en los últimos
años, conforma esa nueva identidad que denominados
«los últimos». Viven una pobreza encubierta,
enmascarada por el modelo de sociedad en el que vivimos preocupada
por la imagen, el culto a la felicidad instantánea
y la sonrisa permanente. Es una pobreza incluso maquillada
por quienes son víctimas de la exclusión, en
muchos casos, para evitar la vergüenza de darla a conocer.
Son, entre otros muchos casos, los ancianos que soportan la
carga de un hijo, enfermo mental, que no reciben ningún
tipo de ayuda ni apoyo para sobrellevar una tarea que ya no
pueden asumir; son también los ancianos del medio rural,
que ven, desde una soledad impuesta, cómo la población
más joven emigra al medio urbano, convirtiendo a los
núcleos vecinales que van quedando en pequeños
islotes con escasos recursos para salir adelante y nulas oportunidades
de emprender ese mismo viaje en pos de una prosperidad que
nunca va a llegar.
¿De
quiénes estamos hablando?
Hombres y mujeres que carecen de
recursos económicos, viven con rentas mínimas,
pensiones no contributivas o prestaciones por desempleo, por
debajo de la cuantía que en Europa se considera umbral
de la pobreza o precariedad laboral.
• Enfermos mentales, enfermos
de SIDA, drogodependientes, discapacitados..., especialmente
los carentes de apoyo familiar, con un sentimiento de impotencia
para afrontar su situación y el agotamiento de los
recursos personales para continuar resistiendo.
• Mujeres y hombres «sin
techo», que ya alcanzan la cifra de 30.000 personas
y se mueven de un lado a otro en un nomadismo sin expectativas.
• Reclusos confinados en las
cárceles españolas, de los cuales en torno a
45.000 son jóvenes, sin posibilidad de reconstruir
un futuro rehabilitado, al que en ocasiones no pueden acceder
porque son, además de reclusos, inmigrantes e n situación
irregular.
• Son los que habitan en las
zonas rurales deprimidas, en los barrios marginales, donde
la sociedad esconde lo que no quiere ver y donde la Administració
npública no invierte en servicios por ser poco rentables
desde el punto de vista económico, político
y social.
• Son aquellos que no entran
en procesos de rehabilitación, inempleables y parados
crónicos y todos aquellos en los que se superponen
problemas diferentes.
• Son aquellos «últimos»
más allá de nuestras fronteras, aquellos excluidos
en los países del Sur, personas en riesgo y situación
de emergencia, en riesgo de muerte por hambre, enfermedad,
guerra, son los desplazados, las víctimas de las emergencias
olvidadas...
Estas circunstancias ya no inciden
en un único colectivo concreto, en un grupo social.
Todo está mucho más interrelacionado. Las nuevas
pobrezas son menos específicas, si pudiéramos
decirlo así. Los colectivos tradicionales parecen difuminarse
y una misma persona o grupo concentra realidades de exclusión
muy heterogéneas
Esta realidad que empieza a perfilarse con diversos y nuevos
matices implica, principalmente para la Administración,
los servicios públicos y las organizaciones sociales,
la necesidad de abordar y tratar los problemas de estas personas
ideando nuevas formas de trabajo y recursos, ya que las alternativas
actuales no responden a las carencias que presentan estos
grupos.
También
hay últimos en el sur
En el proceso globalizador, que como
especie hemos acometido, ya no cabe la dicotomía Norte-Sur.
Somos una sola especie, la humana, con un destino común:
o la riqueza se distribuye por igual y el desarrollo se globaliza,
o la exclusión nos afectará a todos y nuestro
sistema se tambaleará hasta caer y arrastrarnos con
él.
Ya no es posible pensar que la miseria del Sur, con toda las
connotaciones del término, no nos afecta. Ahora el
Sur vive en el Norte, en las plazas y calles de nuestras ciudades,
en el piso de arriba; su realidad nos afecta, nos impregna
y configura nuestra vida sumergiéndola en un proceso
de cambio continuo que necesita un esfuerzo permanente para
poder adaptar las respuestas a las nuevas necesidades.
Los últimos del Sur son los
más desfavorecidos, los que ya lo eran antes y los
que el fenómeno de la globalización ha transportado
a un status de invisibilidad, en el que no cuentan, no están.
Los últimos del Sur no son un fenómeno típico
de ciertos rincones olvidados del planeta, sino que se ha
convertido en un problema mundial. Una verdadera medición
de la pobreza real en nuestro planeta, una auténtica
evaluación de los últimos en el mundo debe tener
en cuenta, más allá de los criterios monetarios,
un acceso real al agua, a la alimentación, a la vivienda,
a la asistencia médica, a la educación, a las
nuevas tecnologías y a la justicia. Un acceso real
a unas condiciones de vida dignas, en paz, sin tener que soportar
conflictos que se perpetúan a lo largo de los años,
sin que a nadie parezca interesarle que tengan fin.
Cáritas apuesta, de manera
firme, por aunar esfuerzos con otras organizaciones sociales
para transformar no sólo las situaciones que viven
los últimos sino también las causas que generan
estas situaciones. Causas y situaciones que desde Cáritas
analizamos, denunciamos y luchamos por transformar, desde
la perspectiva de una sociedad más justa que ha de
provocar y animar a la comunidad de creyentes.
Estar con los «últimos»,
atender a aquellos que más sufren, procurando que se
conviertan con nosotros en agentes de cambio, en agentes de
Cáritas, es una tarea que nos cuestiona a cada uno
de nosotros y a nuestra propia Institución.
Una tarea, que no está orientada
por la búsqueda de eficacia, por los resultados a corto
plazo, sino por la lealtad a los valores evangélicos
sobre los que se asienta la identidad de Cáritas.
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