Hablar
de la Iglesia y de los laicos, es hablar de mi familia, de
mis hermanos por lo que desde mi pequeña experiencia,
tengo el atrevimiento de escribir. Concretarlo en la vocación
laical es pensar en la vocación cristiana personal,
y a la vez comunitaria, con una espiritualidad que trata de
integrar la fe con la vida en todas sus dimensiones.
Como vocación personal respeta la singularidad, pero
nos capacita y nos reta a buscar constantemente respuestas
para las necesidades de nuestro tiempo, a la vez que nos invita
a tener como referencia a la comunidad de hermanos que comparten
la misma llamada.
LA VOCACIÓN CRISTIANA, con mayúsculas, surge
de un deseo constante de encontrar y seguir a Jesús,
de una relación orgullosa de mi familia la Iglesia
personal y profunda, y de la experiencia de sentirse pecador,
pero al mismo tiempo amado, perdonado, elegido y enviado por
Cristo, como ocurre en todos y cada uno de los miembros de
la Iglesia fundada y encabezada por ÉL.
Miembros de la misma familia.
Como miembro integrante de esta gran familia, respeto, admiro
y quiero a los “padres”, o lo que es lo mismo
a los pastores – obispos y presbíteros- en todos
sus ministerios de servicio; y también a los religiosos
y religiosas porque con su compromiso de por vida, su entrega
y sus renuncias son un sacramento de la fidelidad de Dios,
y van por delante apostando en serio por el mensaje de Jesús.
Pero también creo que los hijos – hermanos, en
este caso los laicos, y siempre desde dentro de la “casa”,
tenemos que participar en la vida de la Iglesia renovando,
impulsando, dialogando y quizás “empujando”,
cuando en ella el peso de la tradición, que es necesario
y obligado, se pueda convertir un poco en lastre. Porque en
todas las familias los hijos ayudan a rejuvenecer y miran
al futuro, mientras que los padres se encargan de preservar
los valores fundamentales, y en este equilibrio también
andamos nosotros.
Todos corresponsables
Igual ocurre con el inmenso número de hermanos laicos
a los que nos une lo esencial en la vida: la persona de Jesús,
la misma familia y una misión común. Nos separan
pequeños matices, y a veces, como con el resto de los
hombres, el pecado que nos convierte en seres miopes y no
nos deja ver más allá de nosotros mismos y nuestros
círculos más pequeños, haciendo “corros”
en una Iglesia que es universal.
Me siento más cerca de aquellos con los que he convivido
y más se parecen a mí, como ocurre en todas
las familias, y hasta tengo que reconocer y confesar que a
veces me encuentro un poco extraña con otros por desconocimiento.
Pero todos estos recelos se disuelven cuando trabajo con ello
en cualquier tarea conjunta que nos haya sido encomendada
y compartimos los sacramento en el banquete común.
Nuestra responsabilidad como seglares nos lleva a estar e
incidir en el mundo, dando testimonio con nuestras actitudes,
palabras y acciones. A causa de la diversidad de dones del
Espíritu, de las múltiples necesidades de los
hombres y mujeres de hoy, y de nuestra propia pluralidad,
debemos tener presencia activa en todos los ámbitos
de la sociedad, sin olvidar el compromiso socio-político
que nace de la fe.
Una tarea apasionante
Estamos llamados a denunciar y trabajar en las situaciones
de pobreza y marginación, atajando sus causas estructurales,
pero también es necesario dar respuestas inmediatas
ante necesidades urgentes. Debemos vivir nuestra misión
en el trabajo y en el estudio, pero también tenemos
que colaborar con el voluntariado y potenciar los fondos de
solidaridad, promover la vida familiar, como espacio preferente
de crecimiento y transmisión de la fe, acompañar
a los jóvenes, etc. Los campos son numerosos, las formas
y modos también son múltiples, y ahí
es donde podemos ir poniendo rostro y reconociendo los distintos
movimientos, organizaciones y carismas del a Iglesia y desde
donde la pluralidad permite responder. El estilo de vida es
único: el que nace del Evangelio de Jesús.
Doy gracias a Dios por mi vocación laical dentro de
la Iglesia que el seguimiento de Jesús me compromete
en la sociedad con los valores humanos y evangélicos
esenciales, y también agradezco su diversidad, que
acogen las distintas llamadas, sin los cuales faltaría
la riqueza que existe en esta mi gran familia, pensada y querida
así por Él.
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