Palabras del párroco en el programa de las fiestas de 2006
"¡Basta Señor, basta! ¡Que me vas a matar de tanta alegría!"
Estimados feligreses:
Los santos son relicarios donde podemos admirar lo que Dios hace con un alma que se abandona en sus manos, y al mismo tiempo la belleza que el hombre puede conseguir cooperando a la gracia. Pero los santos, como las estrellas, se diferencian en magnitud y claridad. ¿Qué hechos de la vida de San Felipe Neri nos podrían hacer reflexionar este año? ¿Cuál era el origen de su alegría que contagiaba a todos los que le oían
Las fiestas de San Felipe en el Barrio de la Vera, en nuestra parroquia de San José, ya están de nuevo entre nosotros. Más de una vez nos hemos preguntado por qué su imagen tiene un corazón en llamas en su mano. Su fiesta nos da la oportunidad de conocerlo. El Papa Benedicto XVI en su reciente Encíclica “Dios es caridad” nos dice: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona…. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16).
Claro tenía el santo el amor de Dios al mundo, pero ¿Cómo podía corresponder a ese amor tan grande de Dios? Continúa el Papa: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: « Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas » (6, 4-5)”.
Pues bien lo que más pedía Felipe al cielo era que se le concediera un gran amor hacia Dios. Y la vigilia de la fiesta de Pentecostés, estando aquella noche rezando con gran fe, pidiendo a Dios el poder amarlo con todo su corazón, éste se creció y se le saltaron dos costillas. Felipe entusiasmado y casi muerto de la emoción exclamaba: "¡Basta Señor, basta! ¡Que me vas a matar de tanta alegría!". En adelante nuestro santo experimentaba tan grandes accesos de amor a Dios que todo su cuerpo de estremecía, y en pleno invierno tenía que abrir su camisa y descubrirse el pecho para mitigar un poco el fuego de amor que sentía hacia Nuestro Señor. Cuando lo fueron a enterrar notaron que tenía dos costillas saltadas y que estas se habían arqueado para darle puesto a su corazón que se había ensanchado notablemente.
Que todos los que celebramos las fiestas de 2006 a ejemplos de San Felipe podamos responder al amor de Dios con nuestro amor hacia Él y hacia los demás.
El Párroco
Sebastián García Martín |